Amar la vida, el drama del aborto

Vídeo semanal de Se Buscan Rebeldes

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Mujer embarazada con su hija © Cathopic

Desde Exaudi ofrecemos a los lectores el vídeo semanal del canal de evangelización católico Se buscan Rebeldes, en el que Santiago Mazzuchelli reflexiona sobre el drama del aborto provocado como la mayor causa de mortalidad del mundo, y por ello de la necesidad de pensar en amar la vida y la dignidad de cada persona.

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¿Sabías que la primera causa de mortalidad en el mundo es el aborto provocado? Qué necesario es pararnos a pensar que todas las vidas son dignas sin necesidad de entrar en discusiones sobre esto. Quédate con nosotros. Vamos a darte respuestas a algunas de las preguntas más comunes sobre el aborto.

San Juan Pablo II, uno de los santos mas influyentes de los últimos tiempos, ya nos hablaba del valor incomparable de la vida humana: “¡Respeta, defiende, ama y sirve a la vida, a toda vida humana! ¡Sólo siguiendo este camino encontrarás justicia, desarrollo, libertad verdadera, paz y felicidad!”.

Vamos a partir de una base con la que creo todos podemos estar de acuerdo. Las madres tienen innato un sentido de protección hacia sus hijos. Y los hijos, y más cuando son pequeños, buscan la seguridad en sus padres y muy especialmente en la madre. Este instinto viene “de serie” en los genes de toda persona humana.

Cuando no pasa esto, es decir, cuando una madre no quiere a su hijo, o mejor dicho, se plantea acabar con la vida de su hijo, hecho totalmente anti natura, hay que ir un poco más allá, hay ver qué es lo que está ocurriendo, porque en esta reacción, en esta decisión tan desgarradora, se esconden otras circunstancias que seguramente nada tengan que ver con la decisión de la madre.

Pueden ser problemas sociales, económicos, laborales, familiares, de salud….. no sé…, pero lo peor es que la madre puede llegar pensar que, debido a sus circunstancias, ha decidido libremente acabar con la vida de su hijo y es, precisamente esta, la base del engaño. No solamente no es libre para tomar una decisión, sino que es radicalmente esclava de sus miedos y circunstancias.

Ya sabemos que el demonio es el príncipe de la mentira y, en el caso del aborto, se ha ocupado mucho de intentar engañarnos para que pensemos que, con el nacimiento de un hijo, perderemos nuestra comodidad, nuestra independencia, nuestro dinero, no encontraremos trabajo…en definitiva, que perderemos nuestra vida y que para defendernos tendremos que eliminar la amenaza.

¿Cómo? Acabando con la vida de nuestro hijo. Es pensar que, destruyendo una vida, matando una vida, salvaremos la nuestra; es el pecado del egoísmo humano, querer salvarnos sin confiar en Dios, matar la voz de Dios que está dentro de nuestros corazones. “La vida humana debe ser respetada y protegida de manera absoluta desde el momento de la concepción. Desde el primer momento de su existencia, el ser humano debe ver reconocidos sus derechos de persona, entre los cuales está el derecho inviolable de todo ser inocente a la vida” (Catecismo de la Iglesia católica n. 2.270).

Lo primero que debemos tener claro es que una madre no es madre en el momento del nacimiento, sino que lo es desde la concepción. Lo único que puede decidir a partir de ese momento es si quiere ser madre de un hijo vivo o de uno muerto. Pero, independientemente de lo que decida, la maternidad no está en cuestión.

Si decide que su hijo viva, será la decisión más importante de su vida, porque las circunstancias cambiarán, todas las circunstancias cambian a lo largo de nuestra vida y disfrutará de una vida, con sus cruces, porque todas las vidas las tienen, pero al lado de su hijo. Le verá crecer, disfrutará de sus éxitos y le acompañará en sus caídas. Tendrá lo más importante de su vida… el amor de un hijo, que es lo más grande que pueden tener un padre o una madre. 

No será así si, en cambio, decide abortar. Esta decisión ya no tendrá marcha atrás y, por mucho que se arrepienta en un futuro, ya no lo podrá cambiar. Ese hijo jamás nacerá. Cada hijo es único e irrepetible y decidir acabar con la vida de su bebé es algo que le acompañará durante el resto de su vida.

Creedme, porque todas las asociaciones de acompañamiento a mujeres que han abortado coinciden en lo mismo. Es muy difícil de superar. Señoras de 60 y 70 años lloran todavía por haber decidido, 40 años antes, no continuar con su embarazo. Sólo con la gracia y el perdón de Dios se puede llegar a superar. 

¿Qué hacer cuando alguien de nuestro entorno decide abortar? Lo primero que debemos hacer es intentar dar luz a una situación que está en la más absoluta oscuridad. ¿Cómo? Haciendo ver a esa madre que lo que lleva en sus entrañas es su mismo hijo, que está vivo, con un corazón que late y que de su decisión depende que su hijo viva.

Mirad, los hijos no son propiedad de los padres, como la mujer no es propiedad del marido, ni el marido de la mujer. Los hijos, como la mujer, como el marido, son regalos que nos pone Dios en nuestra vida. Nadie tiene el derecho de acabar con una vida pensando que es de “su propiedad”. Dios tiene un propósito para cada hombre desde antes de nuestro nacimiento. Como dice la Sagrada Escritura: “Antes de haberte formado yo en el seno materno, te conocía, y antes que nacieses te tenía consagrado” (Jr 1, 5).

De la realidad del aborto pocas veces se habla. Es importante dar visibilidad al dolor y sufrimiento que provoca participar en la muerte de nuestros hijos, porque es algo de lo que, en nuestra sociedad, se habla muy poco. Las técnicas utilizadas son terribles. El 85% de los abortos en el mundo se llevan a cabo por el método de succión, donde se inserta un tubo hueco con borde afilado conectado a un potente aspirador que succiona al bebé llegándolo a desmembrar. Estudios demuestran el sufrimiento del bebé, siendo luego necesario hacer un legrado para acabar de sacar las partes del cuerpo del niño que han quedado dentro de la madre. ¡Es terrible!

Está claro que ser madre o padre no es tarea fácil y, dependiendo de las circunstancias, mucho menos. Pero nada de lo verdaderamente importante en esta vida es fácil. No es fácil estudiar una carrera, no es fácil prepararte para unos juegos olímpicos, no es fácil ser Premio Nobel, no es fácil alcanzar la santidad y tampoco es fácil algo tan importante como prepararte para la paternidad o maternidad. Pero normalmente todo lo difícil de conseguir en esta vida tiene algo en común y es que merece la pena

Ser padre o madre es lo más grande que seguramente podremos vivir en nuestra vida y es, por regla general, lo que nos manda Dios y para lo que hemos nacido. “Creced y multiplicaos, y llenad la tierra” (Génesis 1:28). También es algo divino, ya que coparticipamos con la acción creadora de Dios y el don de la vida mediante la procreación entre un hombre y una mujer. “La vida que Dios ofrece al hombre es un don con el que Dios comparte algo de sí mismo con la criatura” (Evangelium vitae, Juan Pablo II).

Piensa en una cosa: desde los 14 hasta aproximadamente los 50 años, de manera cíclica el organismo de una mujer sufre una serie de cambios biológicamente desfavorables e incluso hasta podríamos decir “desagradables”, que tienen como único fin preparar la llegada de un bebé: Su hijo. 

Mes a mes las mujeres se preparan de manera natural para ser hogar del no nacido, pasan a ser las “casas más seguras”. El ser madre cambia tanto la vida que incluso cambia la propia perspectiva y le da sentido a todo: A todos los dolores, sacrificios y sufrimientos que se puedan haber pasado.

Ya nada de lo pasado importa. Todo lo recompensa el poder mirar a los ojos al hijo recién nacido. Es algo que hay que vivir, que no se puede explicar, es el amor, es la entrega, es buscar la propia felicidad a través de la felicidad del amado, es saberte la persona más importante para tu hijo, es encontrar el verdadero amor. 

La familia es sinónimo de generosidad. En nuestras casas, con el ejemplo de nuestros padres, es donde de verdad nos formamos en valores, donde encontramos una seguridad emocional que tal vez no podamos encontrar en ningún otro lugar del mundo. De nuestros hermanos aprendemos a compartir, a ser generosos, a relacionarnos con amor. Decía san Juan Pablo II  que “El futuro de la humanidad se juega en la familia”. 

Y el mundo de hoy y en concreto ciertas ideologías nos intentan convencer de todo lo contrario, pretenden vendernos una cultura superficial, sin raíces, que impone el ideal de individuos desvinculados de sus familias. Una cultura de la muerte donde la vida de quien no se puede defender no es importante: Ni la de un bebé, ni la de un anciano, ni la de un enfermo. Sólo importa la comodidad, la búsqueda de placer, el corto plazo, sin moral, sin valores. Mi cuerpo es mío y hago lo que me apetezca en cada momento. Solo me preocupo de buscar mi propio interés.

Pues hoy en día y a pesar de mi juventud, si tengo algo claro porque lo he visto ya demasiadas veces es que, cuando solo te preocupas de buscar tu propia felicidad, lo único que encontrarás será infelicidad. Porque es solamente cuando damos que recibimos, es la locura del Amor de Dios. Como nos dice el mismo Jesucristo, “hay más alegría en dar que en recibir”, y “quien pierda su vida, la encontrará”. No tengas miedo a entregarte. ¡No tengas miedo de entregar tu vida por amor! 

Como dijo Madre Teresa: “El mayor destructor de la paz hoy en el mundo es el aborto y ¿cómo podemos convencer a una mujer de no abortar? Como en todo debemos persuadirla con amor y recordemos que amar significa amar hasta que duela”. 

Y como ejemplo el “Fiat– Hágase” de la Virgen María que, a partir de un embarazo no previsto, supo reconocer la intervención de Dios. Con su: “Hágase en mí según tu palabra” que dijo al arcángel Gabriel, permitió que el Hijo de Dios se encarnase en sus virginales entrañas.

No lo tuvo fácil, no estaba casada, no tenía recursos, sabía que la podrían difamar, abandonar e incluso que su decisión podría costarle la muerte, pero decidió entregarse por amor. Decidió decir “sí” a la vida a pesar de la incertidumbre y con ello permitió que el mismo Dios se hiciese hombre para la salvación del mundo.

¿Qué hacer cuando alguien ya ha abortado?

En estos casos, lo único que podemos hacer es, sin juzgar, acompañar a esta persona para que se acerque a Jesucristo y conozca su Misericordia infinita, que perdona todo. El mismo san Pablo, que tenía el propósito firme de destruir el Cristianismo, fue perdonado por el Señor y se convirtió. Pasó de matar cristianos a seguir a Jesucristo y evangelizar el mundo, porque, como el mismo apóstol nos dice en su carta a los Romanos, “donde abundó el pecado sobreabundó la gracia”.

Siempre es consolador saber que si, con humildad y arrepentimiento, acudimos al perdón de Dios, el Señor nos perdona y puede sacar hasta cosas buenas de nuestras peores faltas. Dios hace nuevas todas las cosas y Jesucristo, con su resurrección, nos ha revelado que la muerte no tiene la última palabra.

La Iglesia acompaña a estas personas hacia el perdón de Dios. El mismo Papa Francisco ha hablado al respecto de la absolución para este tipo de pecados. Cuando una madre acude a la confesión, rota de dolor, arrepentida, como en la parábola del hijo pródigo, es el mismo Dios el que sale a su encuentro y la recibe con el abrazo de Padre Misericordioso, que perdona todo y celebra un banquete en el cielo para darle una nueva vida.

¿Qué podemos hacer los jóvenes?

Nosotros los jóvenes tenemos mucho qué hacer y qué decir. Lo primero, lo que depende de nosotros, es saber que podemos vivir un noviazgo cristiano. Donde entregarnos en cuerpo y alma de forma acompasada y no dar una parte o la otra sin estar preparados para la entrega verdadera. Nuestro cuerpo y nuestra alma están íntimamente ligadas y sólo se separarán en el momento de nuestra muerte.

No podemos pensar que lo que hagamos con nuestro cuerpo no afecta a nuestra alma, porque esto no es verdad. Lo más valioso que tenemos en nuestra relación de pareja es la capacidad de paternidad o maternidad. Es decir, cuando amas tanto a una persona que no sólo comprometes tu futuro, sino que además le regalas tu capacidad de ser padre o tu capacidad de ser madre y cuando llega ese momento se engendra una nueva vida. Un auténtico milagro. 

Que no nos engañen. No es comparable el bebé que crece en el vientre de una madre con un “grupo de células”, el lenguaje no puede crear una nueva realidad. Un bebé no es parte del cuerpo de nadie, un bebé no nacido es eso, un bebé. No es un apéndice, no es un riñón ni un órgano, es una vida nueva separada de la de su madre. Cuando una madre embarazada entra en una clínica abortista, por la puerta entran dos corazones latiendo y, lamentablemente, solo sale uno.

Cuando nos oponemos al aborto, no nos oponemos ni al progreso ni a los derechos de la mujer, todo lo contrario, estamos defendiendo los derechos de toda mujer a ser madre, independientemente de sus circunstancias. No hay nada que esclavice más a una persona que el miedo y muchas veces este miedo te puede obligar a tomar decisiones que van incluso en contra de tus propios intereses o los de tu hijo, pero uno es verdaderamente libre cuando decide siempre hacer el bien, independientemente de miedos y circunstancias. Es la verdadera libertad interior. 

Ama a tu novio o novia con todo tu corazón, vive la alegría del noviazgo cristiano para entregaros totalmente cuando sea la hora y, en todo caso, acoge la vida porque Dios es vida, vida en abundancia. No te dé miedo entregarte por amor, porque será la decisión más importante de tu vida.

Es tiempo de rebeldes, de jóvenes rebeldes con ganas y que quieran apostar, que apuesten por tu vida, que apuestan por su vida y que en general apuestan por la vida en mayúsculas, que algo que es evidente es que la vida es alucinante. Y no lo olvides: Dios te quiere, y te quiere feliz.