Cardenal Arizmendi: Otro país, en fraternidad y paz

“Primero los pobres”

Cardenal Arizmendi país fraternidad
Huida de migrantes © Canva

El cardenal Felipe Arizmendi Esquivel, obispo emérito de San Cristóbal de Las Casas y responsable de la Doctrina de la Fe en la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM), ofrece a los lectores de Exaudi su artículo semanal titulado “Otro país, en fraternidad y paz”.

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VER

Nos llama la atención y nos preocupa la gran cantidad de migrantes que huyen de la violencia y de la pobreza en sus países, y tratan de llegar a Estados Unidos; pero lo mismo sucede con paisanos nuestros, que igualmente escapan de las amenazas de muerte que reciben por parte de grupos armados, narcotraficantes o extorsionadores. Hay jóvenes que, para no ser reclutados para fines ilegales y arbitrarios, dejan su pueblo natal y se esconden en otras ciudades o en El Norte. Nuestro gobierno federal no enfrenta con toda la fuerza institucional este problema, que no es privativo de algunos lugares, sino casi generalizado en el país. Se dice que “primero los pobres”, pero éstos son quienes más están sufriendo los abusos de esos grupos, que van tomando más y más fuerza, pues no hay quien los contenga. Esa es la peor amenaza a la democracia. ¡Sin paz social, no es posible la vida!

Nuestros pueblitos vivían en paz y tranquilidad. Hay pobrezas y carencias, pero se podía trabajar y disfrutar sin tantas angustias. Había convivencia social y pacífica. Se hacían las fiestas sin sobresaltos. Ahora todo ha cambiado. Vivimos con desconfianza, porque en cualquier momento pueden llegar esos grupos antisociales a extorsionarte, a amenazarte, a secuestrarte y a exigirte cantidades de dinero para dejarte vivir y trabajar. Si te dejan trabajar, es para que periódicamente les entregues, en efectivo, la cantidad que ellos arbitrariamente te imponen. Se hace lo que ellos determinan y casi nada se puede mover sin su consentimiento. Viven del trabajo de los demás, incluso del trabajo de los pobres. Y como andan con armas largas, todos nos sentimos indefensos y desprotegidos. Muchos de nuestros parientes y paisanos que viven en las ciudades ya no quieren venir a su pueblo, ni siquiera para las fiestas. Las autoridades oficiales, que debieran protegernos, se defienden diciendo que nadie pone una denuncia para que ellos puedan proceder. Les hemos dicho que no esperen esas denuncias, pues nadie se atreve a hacerlas, ya que se expondrían a ser asesinados. Eso de “atacar las causas de la violencia y la migración facilitando trabajo y estudio para los jóvenes” está muy bien, y ojalá se siga haciendo, pero mientras nuestros pueblos viven en zozobra constante, y ni quién los defienda.

Por lo contrario, ¡qué bonito es convivir en paz en la familia y en el pueblo! Aunque con las restricciones impuestas por la pandemia actual, disfrutamos mucho cuando nos reunimos para celebrar tanto Navidad y Año Nuevo, como cumpleaños, aniversarios y otras fiestas. Cualquier motivo es bueno para estar juntos. Comentamos sobre esos grupos que alteran nuestra paz familiar y comunitaria, pero nos sentimos fuertes y animados estando juntos y unidos. ¡Nada se compara a vivir en paz y unidad! Es lo mejor que podemos desear y anhelar para nuestras familias y para todos los demás.

PENSAR

El Papa Francisco, en su encíclica Fratelli tutti, nos dice:

“En el mundo actual los sentimientos de pertenencia a una misma humanidad se debilitan, y el sueño de construir juntos la justicia y la paz parece una utopía de otras épocas. Vemos cómo impera una indiferencia cómoda, fría y globalizada” (30).

“No tenemos que esperar todo de los que nos gobiernan; sería infantil. Gozamos de un espacio de corresponsabilidad capaz de iniciar y generar nuevos procesos y transformaciones. Seamos parte activa en la rehabilitación y el auxilio de las sociedades heridas. Hoy estamos ante la gran oportunidad de manifestar nuestra esencia fraterna, de ser otros buenos samaritanos que carguen sobre sí el dolor de los fracasos, en vez de acentuar odios y resentimientos. Sólo falta el deseo gratuito, puro y simple de querer ser pueblo, de ser constantes e incansables en la labor de incluir, de integrar, de levantar al caído. Que otros sigan pensando en la política o en la economía para sus juegos de poder. Alimentemos lo bueno y pongámonos al servicio del bien” (77).

“Es posible comenzar de abajo y de a uno, pugnar por lo más concreto y local, hasta el último rincón de la patria y del mundo. Busquemos a otros y hagámonos cargo de la realidad que nos corresponde sin miedo al dolor o a la impotencia, porque allí está todo lo bueno que Dios ha sembrado en el corazón del ser humano. Renunciemos a la mezquindad y al resentimiento de los internismos estériles, de los enfrentamientos sin fin” (78). “Es posible aceptar el desafío de soñar y pensar en otra humanidad” (127).

“Los creyentes pensamos que, sin una apertura al Padre de todos, no habrá razones sólidas y estables para el llamado a la fraternidad. Estamos convencidos de que sólo con esta conciencia de hijos que no son huérfanos podemos vivir en paz entre nosotros” (272). “Los líderes religiosos estamos llamados a ser auténticos “dialogantes”, a trabajar en la construcción de la paz, como auténticos mediadores. Cada uno de nosotros está llamado a ser un artesano de la paz, uniendo y no dividiendo, extinguiendo el odio y no conservándolo, abriendo las sendas del diálogo y no levantando nuevos muros” (284).

 ACTUAR

Los gobernantes tienen obligación constitucional de proteger al pueblo de esos grupos armados que siembran miedo y terror por todas partes. Pero cada quien hagamos lo que podamos, empezando por conservar la paz en nuestra propia familia y nuestro pueblo, evitando violencias, ofensas y golpes. Si alguien puede hablar con una autoridad, hágale sentir lo que sufren nuestros pueblos. Si podemos entrevistarnos con algún líder de esos grupos, invitémosle a la conversión. Y hagamos nuestra la oración compuesta por el Papa Francisco, sobre todo con ocasión del nuevo año que está por iniciar, y que anhelamos sea de paz y fraternidad.

Señor y Padre de la humanidad,
que creaste a todos los seres humanos con la misma dignidad,
infunde en nuestros corazones un espíritu fraternal.
Inspíranos un sueño de reencuentro, de diálogo, de justicia y de paz.
Impúlsanos a crear sociedades más sanas
y un mundo más digno,
sin hambre, sin pobreza, sin violencia, sin guerras.

Que nuestro corazón se abra
a todos los pueblos y naciones de la tierra,
para reconocer el bien y la belleza
que sembraste en cada uno,
para estrechar lazos de unidad, de proyectos comunes,
de esperanzas compartidas. Amén.