Cardenal Arizmendi: ¿Por qué tanta violencia?

“Dejarnos guiar más por Dios y educarnos por su Palabra”

Cardenal Arizmendi violencia
Paloma, símbolo de la paz © Pexels. Julio Nery

El cardenal Felipe Arizmendi Esquivel, obispo emérito de San Cristóbal de Las Casas y responsable de la Doctrina de la Fe en la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM), ofrece a los lectores de Exaudi su artículo semanal titulado “Por qué tanta violencia”, una reflexión sobre sus causas y la manera de actuar para que deje de aumentar.

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Hace un año, una bala atravesó el parabrisas del vehículo en que yo iba a mi pueblo natal, incrustándose una parte en mi cuello, sin afectar milagrosamente cuerdas bucales. No era un ataque a mi persona, sino algo accidental: una banda de asaltantes perseguía a una camioneta para robarle, y como ésta no se detenía, a balazos la pararon. Yo pasaba por allí en ese momento, y una bala nos llegó. Lo platico de nuevo para insistir en que vivimos en medio de una violencia que cada día se incrementa en todo el país. El fin de semana pasado, fue asesinado un sacerdote franciscano de la Prelatura de El Nayar, Tepic, porque le tocó un fuego cruzado entre dos bandas criminales.

Nuestro Gobierno no está enfrentando esta descomposición social con todos los recursos a su disposición, sino que ha dejado crecer a estos grupos, que cada día extorsionan, amenazan, cobran y hacen lo que quieren, imponen sus leyes, designan candidatos a puestos de gobierno, talan montes y trasladan impunemente la madera, asaltan y matan a quien no se ciñe a sus arbitrariedades. En algunos territorios, parece que el Gobierno está rebasado, o ausente, porque allí impera el crimen organizado. Sus líderes enrolan a jovencillos, incluso adolescentes, que se sienten muy poderosos por las armas largas que les hacen portar. No sabemos las razones profundas del gobierno central para no llevar a cabo un combate más efectivo contra estos grupos, y nuestro pueblo pobre se siente indefenso, sufriendo la inseguridad.

Antes de las elecciones pasadas en nuestro país, un periodista me preguntó qué pensaba sobre esta violencia creciente y a qué causas la atribuía. Esta fue mi respuesta:

Esta situación refleja el deterioro de los valores tradicionales de nuestro pueblo. Algunas de las causas que originan este clima de inseguridad social son: La violencia verbal de algunos líderes, la descomposición de la familia, la ausencia o carencia de un padre responsable y trabajador, la ausencia también de una madre que, por necesidad, tiene que salir a trabajar y deja solos a sus hijos, la falta de trabajo, agravada por la pandemia, el alejamiento de Dios y de la Iglesia, la pobreza de muchos y su ambición de tener el dinero que nunca han tenido.

Los pastores de la Iglesia invitamos a practicar la justicia, la paz, el trabajo y la fraternidad, pero muchos, a pesar de declararse creyentes, no nos hacen caso, sino que obedecen a sus jefes territoriales, que obligan a todos a acatar sus órdenes, so pena de muerte. Hay quienes se enrolan como “halcones”, para ganar dinero, sin estudiar ni trabajar. El Presidente del país insiste en que hay que combatir las causas que originan esta violencia, como la carencia de estudio y trabajo, y para ello se centra en sus programas sociales. Esto es correcto y hay que seguirlo haciendo, pero esos programas son para un muy largo plazo, mientras los pueblos se quedan indefensos y sienten que el gobierno máximo no hace lo suficiente para revertir la situación. Esto explica, en parte, que haya perdido votos en algunas entidades, no sólo entre clases medias y altas.

Pensar

Desde el principio de la humanidad, aparece Caín, como símbolo de las envidias, odios y abusos contra los demás. Es el ser humano que quiere ser superior a los demás, que no tolera que otros sean mejores y ejerce su poder sobre ellos, llegando hasta el asesinato. Dios no está de acuerdo con esas actitudes, sino que nos invita a amarnos como hermanos, perdonarnos y ayudarnos solidariamente, para no dejarnos dominar por la violencia. Recuerdo sólo algunos textos:


“Les doy un mandamiento nuevo: Ámense unos a otros. Así como yo los he amado, ámense unos a otros. Todos conocerán que son mis discípulos si se aman unos a otros” (Jn 13,34-35). “El que quiera ser el primero entre ustedes, que sea su servidor” (Mt 20,27). “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc 23,34).

“No te dejes vencer por el mal, sino que vence el mal a fuerza de bien” (Rm 12,21). “Si no tengo amor, no soy nada” (1 Cor 13,2). “No nos cansemos de hacer el bien” (Ga 6,9). “Si se enojan, no lleguen a pecar; que la puesta del sol no los sorprenda en su enojo… Destierren de ustedes la amargura, la ira, los enfados e insultos y toda la maldad” (Ef 4,26.31). “Dios resiste a los soberbios, pero da su gracia a los humildes” (1 Pedro 5,5).

 Quien dice que está en la luz, mientras aborrece a su hermano, está aún en las tinieblas” (1 Jn 2,9). “Este es el mensaje que oyeron desde el principio: que nos amemos los unos a los otros. No como Caín, que por ser del Maligno asesinó a su hermano… Nosotros sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida porque amamos a los hermanos. Quien no ama, permanece en la muerte. Todo el que aborrece a su hermano es un homicida, y ya saben que en ningún homicida permanece la vida eterna” (1 Jn 3,11-12.14-15).

 Actuar

¿Qué hacer? Dejarnos guiar más por Dios y educarnos por su Palabra, que nos lleva por caminos muy distintos; recomponer las familias y no deshacerlas por la violencia o la irresponsabilidad; educar a los hijos en una noble austeridad y que aprendan a trabajar; no cumplir todos sus antojos. Pero también que nuestras máximas autoridades civiles, ante el poderío de los grupos criminales, no abandonen a nuestros pueblos; que los protejan y defiendan; que utilicen más la tecnología virtual para detectarlos e impedirles que sigan dañando a la sociedad.