El termostato de la frustración

Los umbrales de tolerancia al calor y a las otras incomodidades de la pobreza

Mike van Schoonderwalt
Mike van Schoonderwalt

El sacerdote y psicoterapeuta Alfons Gea ofrece este artículo titulado “El termostato de la frustración”.

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Una de las músicas que tocan en los entierros me preguntaba el por qué en las iglesias hacía calor. La artista estaba acostumbrada a tocar en salas de concierto con aire acondicionado. Hablamos sobre las prioridades de la iglesia, que no era el confort sino la oración, del espíritu de sacrificio de los cristianos y lo que la convenció más fue la economía que es austera. Esto me ha hecho pensar en los umbrales de tolerancia al calor y a las otras incomodidades de la pobreza.

Hace ya muchos años una tía mía mayor se pasaba el verano en la iglesia del pueblo porque allí se estaba fresquito. En su casa no había ventilador, pues era un aparato muy caro, consumía mucha energía eléctrica y provocaba resfriados. Mi tía, a diferencia de la amiga música, estaba acostumbrada al calor.

La comunidad económica europea nos recomienda ahora el ahorro de energía y, por tanto, poner los termostatos tanto para verano como para invierno a unos grados que harán que la temperatura cause una cierta incomodidad.

Esperemos que sea una medida que favorezca el bien de todos. Pienso además que pedagógicamente puede aportar una madurez y aumento de la capacidad de sacrificio y esfuerzo. Es decir, de abandonar la sensación de prepotencia oceánica donde todo se puede y entrenarnos para tolerar las incomodidades como algo natural. En clave de termostato regular la frustración hacia mayores grados de tolerancia.

Ahora mismo la tolerancia a la incomodidad es muy baja. Esta semana viajando en transporte público, en trenes locales concretamente, se notaba ya la regulación térmica. Eso hacía que dentro del vagón se buscara la sombra. Me llamó la atención el comentario de una joven. llena de vida, que al tomar asiento vociferó su queja: “p. conductor sube el p. aire”. Eludo escribir la palabra entera que sigue a la “p” , fácil de comprender por otro lado. Nadie le prestó atención y mucho menos el conductor, que en caso de que hubiera – podía ser el tren automático- difícilmente la oiría tres vagones atrás de la cabina.

Se pueden argüir varios aspectos que las medidas que se van a tomar nos enseñarán:

1.- Una vuelta a la racionalidad. La chica del tren expresa una sensación o rabia al verse
frustrada su comodidad. No le importa si el conductor no la oye, ella expresa sin más. Son los
demás que deben dar respuesta a sus necesidades.


2.- Una práctica de asumir límites. Por mucha teoría que pongamos, hasta no experimentar la
incomodidad forzosa no integramos la posibilidad de pasar un poco de calor en verano y un
poco de frío en invierno.

3.- Un contacto con nuestra fragilidad corporal. Quizás nos pueda ayudar a ser más humildes y
por tanto más cercanos a los demás.

4.- Huyendo de los excesos, sobre todo con los más débiles, nuestro cuerpo se ejercitará más
con la regulación térmica. Facilitará que tengamos menos frío o calor a la larga.

5.- Se potenciarán las regulaciones térmicas naturales. Bajada de persianas por el día, por
ejemplo, fibras naturales, comidas saludables. Quizás se salga más a la calle y en invierno se
compartan más los espacios.

6.- Nos ayudará a valorar más los recursos energéticos como un bien perecedero.

7.- Nos puede ayudar a ser más éticos con los bienes naturales. Benedicto XVI decía en
septiembre de 2011 “el relativismo moral, generado por la falta de valores objetivos, genera
frustración, egoísmo y desprecio por la vida.

La lista es más larga, invito a continuarla. Para ello debemos primero regular el termostato de
la frustración, que en la actualidad es muy bajo.