04 abril, 2026

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En defensa de la Iglesia

Frente a la posverdad y el ataque ideológico, la Iglesia sostiene la cruz de la verdad, la vida y el bien

En defensa de la Iglesia

En el mundo actual, que es un mundo pasional, tiene mucho eco la dictadura del relativismo, el pensamiento postmoderno, la posverdad, etc. Para muchos, la verdad está desvalorizada. Se comprende, pues, que muchas ideologías se sirvan usualmente de la falsedad y de la mentira. Así, sus “programas informativos” son, en realidad, meros medios de manipulación.

Cada día nos topamos con que, en no pocos lugares del mundo, existen influyentes corrientes ideológicas dotadas de las cinco propiedades que siguen. Primera, para ellas lo único que vale es lo que dice su grupo, y únicamente porque lo han dicho ellos, sea o no verdadero o bueno lo que han afirmado. Segunda, son muy contrarias a algunos importantes principios éticos. Muchas de ellas promueven la cultura de la muerte, y, en particular, el aborto provocado. No raramente carecen de principios religiosos, o teísticos. Tercera, influyen mucho en el poder, la política, la economía y el periodismo. Eso les permite manipular: no respetar ni la verdad ni el bien. Cuarta, para triunfar se apoyan en imposiciones, presiones, fuerzas, acoso y derribo del contendiente, demagogia y paganización, etc., en vez de en la verdad y el bien. Quinta, a veces, como, por ejemplo, en las promesas electorales, se sirven de la mentira.

La doctrina cristiana, en fuerte contraste con esto, sirve a la verdad y al bien. La religión católica posee la plenitud de la verdad moral. La Iglesia católica es la principal defensora de la vida. De aquí que, por ejemplo, condene el aborto provocado.

No causa ninguna extrañeza, pues, que algunas de esas ideologías se enfrenten con la Iglesia. Revestidas con piel de oveja, no la atacan por motivos de verdad y de bien, sino porque ella, a diferencia de ellas, defiende la verdad, la moralidad y el derecho a la vida.

Con sus arremetidas, pretenden, más que denunciar a aquellos católicos concretos que han delinquido, lo cual les sabría a poco, convertir a la Iglesia misma en la gran acusada. En este gran proceso contra la Iglesia lo que quieren conseguir es hacer creer que en ella y en la religión católica es donde de manera destacadísima se dan muchos y graves males. Sus críticas son injustas e ilógicas, ya que son puramente negativas y no están dispuestas a aceptar que haya nada positivo en la Iglesia. No pueden afirmar que si han delinquido unos cuantos han delinquido todos, pues se vería la falsedad de su aserto. Pero, entonces adoptan una táctica, que hace mucho daño: la sospecha. Tienen la audacia de crear la sospecha generalizada de que hay mucho más mal y mucho más extendido de lo que realmente hay. Se logra así que no se perciba el atractivo y el interés de la Iglesia, que las personas no corran tras sus perfumes, tras el buen olor de Cristo. Más aún, que la Iglesia quede desacreditada, y se la rechace. Añádase a esto que a algunos les parece que la fe sobrenatural es un añadido extraño y ajeno a la condición humana. Se logra así que muchas personas ingenuas, y carentes de espíritu crítico, vivan al margen de la Iglesia.

Pero, esta persecución anticlerical resulta muy curiosa. Pues, las probabilidades no están a favor de que las cosas sean como ellos quieren que sean.

En efecto: la realidad es que Cristo ha predicado la moral más pura. La religión católica es la verdad. El que se deja modelar por la fe es un santo. Todo el mundo reconoce la grandeza de santos tales como santa Teresa de Calcuta, que son meros frutos de la Iglesia católica. El verdadero rostro de la Iglesia son los santos. Además, Cristo, santísimo, Dios-Hombre, el Salvador del mundo, es el fundador y la cabeza de la Iglesia, que es su Cuerpo y su Esposa. El Espíritu Santo es el alma de la Iglesia. Así pues, la santa Iglesia no es separable de los resplandores infinitos de la divinidad. Y, Cristo, habiendo subido al cielo, ha dejado a la Iglesia como continuadora de su obra de salvación. El hombre, pues, en definitiva, encuentra su bien y su perfección en la religión católica y en la Iglesia. Basta dar una mirada al mundo para ver que la Iglesia es una fuente en medio de un desierto.

Además, la historia demuestra que el mejor humanismo teocéntrico, esto es, el cristianismo, ya desde sus orígenes, ha hecho más humana la sociedad.

Incluso en muchos católicos poco fervientes, se conservan más principios éticos y más buenas costumbres, que en muchos otros seres humanos. Porque, aunque se han bajado un trozo de la altura de esa religión, resulta que, al ser dicha altura muy alta, les queda aún mucho en herencia. Además, si un cristiano obra mal, no actúa así por ser cristiano, sino por no ser cristiano en cuanto a aquello, o sea, por haber actuado contra una regla cristiana. Estadísticamente se constata que en aquello en que la Iglesia católica ha sido últimamente más acusada, únicamente delinquió una minoría de católicos, y ese delito ha ocurrido mucho menos que en otros colectivos.

La historia muestra también que, al descristianizarse una sociedad, aumentan mucho los delitos. Así mismo, la llamada “muerte de Dios” ha llevado a la “muerte del hombre”. El hombre del siglo XX, que se creía independiente de Dios, ha sido el causante de las guerras mundiales.

Además, ocurre a veces que, al darse en ciertas ideologías anticlericales algún escándalo público, político o económico, recurren éstas, para desviar la atención, a atribuir algún hecho malo, sea este real o ficticio, a la Iglesia, confiando en la mansedumbre de ésta.

Vemos, pues, que actualmente la Iglesia camina por en medio de muchas contrariedades. Se calumnia lo bueno. Esto, pero, también le es timbre de gloria. Pues, sembrar en este mundo la verdad y el bien, no es camino que carezca de muchos obstáculos. Cristo, por haber hecho esto mismo, fue crucificado. Si así pasó con Él, así había de pasar con la Iglesia, que sigue sus sendas. Pues, no es más el discípulo que el maestro. Eso es pues lo natural y lo lógico. La Iglesia, sencillamente, sigue sosteniendo en alto la cruz.

Los que la atacan, olvidan que Aquel, que su corazón fue traspasado por una lanza, ha resucitado, y que, con su fuerza omnipotente ayuda a la Iglesia, contra la cual no podrán las puertas del infierno. Sí, hay tribulaciones, pero ¡hay Espíritu Santo! Por esto, la Iglesia tiene futuro. No así sus atacantes, que únicamente corren hacia sus propias derrotas. ¡Despierten de su sueño los ingenuos! ¡Todo el que es de la verdad, escucha la voz de Cristo!

José María Montiu de Nuix

Nacido en Cervera, Lérida, España, en 1960 y bautizado ese mismo año. Ordenado sacerote en 1992. Doctor en Filosofía. Licenciado en Filosofía y Ciencias de la Educación por la Universidad de Barcelona (UB). Licenciado (especialidad: Matemática Fundamental), cursos de doctorado y suficiencia investigadora en Ciencias Exactas por la UB. Licenciado en Filosofía por la Universidad de Navarra. Licenciado en Estudios Eclesiásticos por la Facultad de Teología San Vicente Ferrer, Valencia. Docente e investigador con más de medio millar de publicaciones.