Enterrar sin ceremonia

Qué diferente es un entierro en la parroquia, participando la comunidad

©Charly Loredo
©Charly Loredo

El sacerdote y psicoterapeuta Alfons Gea ofrece este artículo titulado “Enterrar sin ceremonia”, sobre esta práctica cada vez más extendida.

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Una conocida me cuenta que por casualidad se enteró del fallecimiento de un familiar y se personó en el Tanatorio para dar el pésame a los deudos. Éstos, extrañados, sorprendidos y hasta cierto punto incómodos le cuestionaron su visita. El entierro era sin ceremonia, directo a incinerar a la hora convenida y los pocos familiares no pensaban asistir a la cremación.

Tal como dijimos en otra ocasión, van en aumento los  entierros sin ceremonia. Un signo de cómo evoluciona la idea de la muerte en las sociedades modernas. No es cuestión económica puesto que no hay diferencia en el precio. Es un tema de pertenencia a la “tribu”, al grupo que nos identifica.

La muerte en sí no asusta más que la vida, y no es que se hayan sacado los entierros de las ciudades trasladándolos fuera de la ciudad, en lujosos tanatorios, y al muerto se le maquilla de vivo para esconder el rigor de la muerte, no es solo eso, sino que al entrar en crisis la fe y con ello la necesidad de implorar la misericordia de Dios, el objetivo de la ceremonia queda reducido al enaltecimiento del difunto y del ambiente del difunto, o bien a consolar a los que lloran su muerte con la esperanza de una vida más allá de la muerte en las múltiples formas que ofrece la espiritualidad sin Dios.

Como consecuencia, cuando no es necesario enaltecer al difunto puesto que la muerte social, donde el difunto, a pesar de estar vivo, ya hacía años que no era significativo para nadie, ni tampoco es necesario consolar a los más allegados dado que la muerte se ha convertido en un trámite esperado hacía años, se hace entonces innecesaria la ceremonia. De ahí que cada vez va en aumento esta modalidad.

De hecho, además de la crisis religiosa, en la que Dios es superfluo, no necesario y la salvación se convierte, como mucho, en un puro deseo ante el miedo al abismo de la nada, lo que entra en crisis es el concepto de “tribu” de comunidad, de pueblo.

En tiempos pretéritos el muerto, como los demás miembros, pertenecía a la tribu, clan, familia, vecindad o pueblo. Se compartía la vida. Importaba lo del otro. Ahora se comparte en cantidad exagerada – tenemos miles de contactos en nuestras aplicaciones informáticas –, pero a la vez es tan superficial que el leve roce de un dedo por la pantalla táctil las borra.

No sé si es un problema que aumenten los entierros sin ceremonia, sí que es un indicativo de la soledad en qué vivimos.

Morir solo, vivir solo y ser enterrado solo. Hay indicadores que debieran ser tenidos en cuenta para la ecología emocional. Hemos sido creados para ser seres relacionales. La iglesia sigue siendo precisamente signo de comunidad. Qué diferente es un entierro en la parroquia, participando la comunidad con una liturgia donde el centro es Cristo resucitado que nos une y vivifica en la tierra y en el cielo.