Imagen Oficial del X Encuentro Mundial de las Familias

Obra del padre Marko Ivan Rupnik

imagen x encuentro familias
Imagen oficial del X Encuentro Mundial de las Familias © Vaticano

El Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida y la diócesis de Roma dieron a conocer ayer, miércoles 28 de julio de 2021, la imagen oficial del X Encuentro Mundial de las Familias, que se celebrará en Roma del 22 al 26 de junio de 2022. El icono, con título “Este es un gran misterio”, ha sido creado por el padre Marko Ivan Rupnik, artista, teólogo y director del Centro Aletti.

A raíz de este acontecimiento, el sacerdote jesuita confiesa su esperanza en que “a través de esta pequeña imagen podamos entender que, para nosotros, los cristianos, la familia es la expresión del Sacramento” del matrimonio y “esto cambia totalmente
su significado, porque un sacramento siempre implica transformación”. Es posible conocer más sobre la obra del autor a través de su vídeo explicativo, compartido por la diócesis romana.

El icono diseñado por el P. Rupnik es el tercer símbolo que se publica en referencia al encuentro mundial, después de la oración y el logotipo, como herramienta pastoral para la preparación y el camino de las familias hacia los actos que se celebrarán el año que viene.

Elementos del cuadro

La nota de la Santa Sede aclara que la imagen, en la que predominan los colores cálidos, tiene un formato de 80×80 centímetros, y fue realizado con pinturas vinílicas sobre tiza aplicadas sobre madera. El fondo corresponde al episodio de las bodas de Caná de Galilea. A la izquierda, los esposos aparecen cubiertos por un velo. El sirviente que sirve el vino tiene el rostro con los rasgos de San Pablo, según la antigua iconografía cristiana.

Es él quien descorre el velo con su mano y, refiriéndose al matrimonio, exclama: “¡Este es un gran misterio; y yo digo que se refiere a Cristo y a la Iglesia!” (Ef 5,32). La imagen revela así, cómo el amor sacramental entre el hombre y la mujer es un reflejo del amor indisoluble y la unidad entre Cristo y la Iglesia: Jesús derrama su sangre por ella.

“En Caná”, explica el Rupnik, “en la transformación del agua en vino se abren los horizontes del sacramento, es decir, del paso del vino a la sangre de Cristo”. “Pablo está derramando, de hecho, la misma sangre que la Esposa recoge en el cáliz”.

Explicación del icono

A continuación, compartimos el desarrollo del análisis que el artista de la obra para el X Encuentro Mundial de las Familias hace de su creación.

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La familia en sí misma pertenece a la existencia según la naturaleza. Sabemos que también en el mundo animal hay familias. Incluso los pájaros y los peces tienen familia.

Así que la familia expresa la forma de existir de los seres vivos, es algo que pertenece a la naturaleza de la creación.

Pero, según nuestra fe, según nuestra tradición cristiana, no es así, porque por el Bautismo los cristianos recibimos una vida nueva, una vida no según la existencia de la naturaleza, sino según una vida que pertenece a Dios. Dios nos da en participación su forma de ser.

Para nosotros, los cristianos, la familia es la expresión de un sacramento, que es el Matrimonio. Y esto cambia totalmente su significado, porque un sacramento siempre implica transformación. Es dentro de la vida natural donde el Espíritu Santo realiza la transformación del modo de existencia. Y lo hace transfigurando la vida natural, no negándola, sino asumiéndola y transformándola, porque la primacía ya no es de la naturaleza, sino de la relación.

Así que, para configurar esta imagen, con motivo de este gran encuentro de familias, he pensado de qué partir. Lo que me parecía importante era mostrar la novedad de la familia según la Iglesia, según el Bautismo, según la vida en Cristo, según el hombre nuevo.

Por eso me acordé del gran padre de la Iglesia siríaca, san Jacobo de Sarug, que habla del “velo de Moisés”. San Jacobo hace una hermosa homilía en verso sobre el pasaje del libro del Génesis cuando se dice que “Dios creó al hombre y a la mujer” y luego dice que “el hombre dejará a su padre y a su madre y se unirá a su mujer para que de dos se conviertan completamente en uno”, es decir, una sola realidad, una sola carne.

San Jacobo de Sarug dice que Moisés hablaba de hombre y mujer, pero en sí mismo él veía en ello esta realidad: una realidad más profunda de la que no se atrevía a hablar. Por eso puso un velo sobre él, para que nadie pudiera ver realmente lo que sus ojos habían contemplado. ¿Por qué? Porque la humanidad aún no estaba preparada para acoger este gran Misterio.

Como se trata de la unión de un hombre y una mujer, he elegido la imagen de las bodas de Caná. Sabemos por los textos sapienciales -como el Eclesiástico- que el vino es lo que da sabor a la vida, porque el vino es el amor que contiene el sentido de la existencia humana. Así, en el episodio de Caná, cuando María dice “Ya no tienen vino”, en ese momento, María en realidad le está diciendo a Cristo: “Estos son esposos, pero ya no tienen Amor”.


Y como la relación entre Dios y el hombre se veía en la imagen hombre-mujer (basta pensar en el Cantar de los Cantares), de este pasaje se desprende que la relación entre el hombre y Dios está agotada, es decir, ya no se vive, ya no se funda en el Amor.

De hecho, la tradición patrística ve en las seis tinajas la ley de Moisés que debía servir para la purificación. Pero las seis tinajas están vacías. Además, son de piedra. Así, prácticamente, en el episodio de las bodas de Caná se produce un paso enorme en la relación entre el hombre y Dios: se acaba una relación basada en la ley que viene de fuera y que progresivamente se ha leído y entendido de forma moralista, y se manifiesta una nueva relación entre Dios y el hombre, que es una relación entre el Padre y el Hijo, en la que participan todos los que hacen suya la vida del Hijo.

Es una relación que está verdaderamente fundada en el Amor y que se convierte en una expresión de Amor. Así que tomé la imagen de Caná y me dirigí a Jacobo de Sarug.

Cualquiera que entienda un poco de iconografía cristiana antigua reconoce inmediatamente en este sirviente de la boda el rostro de San Pablo.

Alguien podría decir: “Pero, ¿qué tiene que ver San Pablo con las bodas de Caná, si Pablo no estuvo presente en Caná de Galilea durante las bodas?”. Pues, sí que tiene que ver. ¡Veamos!

Quisiera leer algunos pasajes de Jacobo de Sarug.

Dije que Jacobo velaba esta imagen. De hecho, Jacobo dice: “El profeta Moisés introdujo el relato del hombre y su mujer / porque a través de ellos se habla de Cristo y su Iglesia. / Con el ojo arrebatado de la profecía, Moisés vio a Cristo, / y cómo Él y su Iglesia serían uno en las aguas del bautismo; / lo vio a Él llevándola en el vientre virginal / y a ella llevándolo a él en el agua bautismal”.

¡Este intercambio es formidable! Se encarna y, como Hijo de Dios, se hace hombre y luego manifiesta en las aguas bautismales al hombre revestido de Cristo.

“… el Esposo y la Esposa se han convertido espiritualmente en uno, / y fue de ellos que Moisés escribió’ ‘Los dos serán uno’… Entonces Moisés, evidentemente velado, «vio a Cristo y lo llamó hombre, / vio también a la Iglesia y la llamó mujer”. Es formidable: llamó hombre a lo que era Cristo y la humanidad asumida por Cristo la llamó Iglesia. “Y como estaba el velo tendido, / nadie sabía qué era esa gran pintura, ni a quién representaba”.

Pero ahora viene lo mejor.

“Después del banquete de bodas [por tanto, después de la Pascua de Cristo], Pablo entró y vio / el velo allí extendido, lo tomó y lo apartó de la hermosa pareja. / Así descubrió y reveló a todo el mundo a Cristo y a su Iglesia / que el profeta Moisés había descrito en su profecía. / El Apóstol se estremeció y gritó: ‘Este misterio es grande’, / y comenzó a mostrar lo que era la pintura cubierta: / “En los llamados «hombre y mujer» en las escrituras proféticas / reconozco a Cristo y a su Iglesia, los dos que son uno”. / El velo del rostro de Moisés ya se ha quitado; / venid todos y ved un esplendor que nunca se cansa; / el gran misterio que estaba velado ya ha salido a la luz. / Que los invitados a la boda se regocijen en el Esposo y la Esposa, tan hermosos. / Se entregó a ella, y nació de una pobre muchacha; / la hizo suya, y ella está ligada a él y se alegra con él. / Descendió a las profundidades y elevó a la humilde doncella a las alturas, / porque son uno, y donde él está, allí está ella con él. / El gran Pablo, esa gran profundidad entre los apóstoles, / expuso el misterio, que ahora se cuenta claramente. / La gran belleza que había estado velada ahora salió a la luz, / y todos los pueblos del mundo vieron su esplendor. / El Esposo prometido llevó a la hija del día a un nuevo vientre, / y las aguas de prueba del bautismo se pusieron de parto y la dieron a luz: / Él permaneció en el agua y la invitó: ella bajó, se vistió con Él, y subió; / en la eucaristía lo recibió, y así se probaron las palabras de Moisés de que los dos serán uno. / Del agua surge la unión casta y santa / de la Esposa y el Esposo, unidos en espíritu en el bautismo. / La mujer no está unida a su marido de la misma manera / que la Iglesia está unida al Hijo de Dios. / ¿Qué esposo muere por su esposa, excepto nuestro Señor? / ¿Qué esposa eligió a un hombre masacrado por su marido? / ¿Quién, desde el principio del mundo, ha dado alguna vez su sangre como regalo de bodas, / excepto el Crucificado, que selló el matrimonio con sus propias heridas? / ¿Quién ha visto alguna vez un cadáver colocado en medio de un banquete de bodas, / con la novia abrazada a él, esperando ser consolada por él? / ¿En qué banquete de bodas, excepto en éste, se partió / el cuerpo del esposo para los invitados en lugar de otra comida? / La muerte separa a las esposas de sus maridos, / pero aquí es la muerte la que une a esta Esposa con su Amado. / Murió en la cruz y dio su cuerpo a la Esposa hecha gloriosa, / que lo toma y lo come cada día en su mesa. / Abrió su costado y unió su copa a la sangre santa / para dársela a beber y que olvidara sus muchos ídolos. / Lo ungió con aceite, lo vistió con agua, lo consumió en Pan, / lo bebió en Vino, para que el mundo supiera que los dos son uno. / Murió en la cruz, pero ella no lo cambió por otro; / está llena de amor por su muerte, sabiendo que por ella tiene vida”.

Es muy fuerte que el hombre y la mujer en el sacramento del Matrimonio se injerten en la unidad del Hijo de Dios con la humanidad, con la Iglesia. Nunca más Cristo sin el cuerpo, sino que es el cuerpo de la gloria, el cuerpo resucitado. El Matrimonio es, pues, partícipe de esta unidad indisoluble e inquebrantable entre Dios y el hombre.

Parafraseo, pero muy levemente, a san Juan Crisóstomo, que afirma algo que quizá pueda ser rebatido por muchos hoy en día. Afirma que el sacramento del Matrimonio es un testimonio también para las personas consagradas que siguen el camino de la virginidad. De hecho, les atestigua lo que quizá no capten tan inmediatamente, es decir, que el Matrimonio realiza y es la expresión en la vida y en la historia de esa unidad de Cristo con su esposa, de Cristo con la Iglesia. Por tanto, a través de los esposos, las personas consagradas comprenden también que también ellas, gracias a su vocación bautismal, participan de esta unidad de Cristo, Hijo de Dios, y de la humanidad.

Pienso que Nikolai Berdjaev, en este contexto histórico nuestro, tiene realmente una gran cosa que decir. Una vez escribió que, en las tradiciones cristianas, el matrimonio aún no ha sido explorado, porque lo hemos cubierto demasiado rápido con la familia, pero según la naturaleza. Espero que, a través de este texto y también de esta pequeña imagen, podamos comprender que, para nosotros, los cristianos, la familia es la expresión del sacramento y que tiene una dimensión eclesial, por lo que es inseparable de la Iglesia.

En ella, el vínculo de la sangre no puede competir con nuestra participación en la sangre de Cristo, aunque sea fácil que gane la sangre según la naturaleza y no la sangre de la Eucaristía. Pero, como dice otro gran padre, Nicolás Cabasilas, “somos verdaderamente consanguíneos con Cristo”. Los padres nos dieron la sangre, pero nuestra sangre no es la de los padres. En cuanto nos la dieron, nuestra sangre ya no es suya. Mientras nos alimentamos de la vida, es decir, de la sangre de Cristo que se hace nuestra.

La familia para los cristianos es, pues, expresión del sacramento y de la eclesialidad y nos hace ver en este mundo cómo vive el hombre cuando está unido a Dios. Se convierte en una expresión de la divina humanidad de Cristo.