La Ascensión del Señor: Reflexión de Mons. Enrique Díaz

VII Domingo de Pascua

Cathopi Rita Laura

Mons. Enrique Díaz Díaz comparte con los lectores de Exaudi su reflexión sobre el Evangelio con ocasión del VII Domingo de Pascua, titulado “La Ascensión del Señor”.

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Hechos de los Apóstoles 1, 1-11: “Se fue elevando a la vista de sus apóstoles”

Salmo 46: “Entre voces de júbilo, Dios asciende a su trono”

Hebreos 9, 24-28; 10, 19-23: “Cristo entró en el cielo mismo”

San Lucas 24, 46-53: “Mientras los bendecía, iba subiendo al cielo”

Si durante muchos años los cristianos fuimos acusados de haber puesto demasiado los ojos en el cielo y casi habernos olvidado de la tierra, en los últimos tiempos parecería lo contrario: nos hemos centrado tanto en la tierra que hemos olvidado buscar el cielo. Entiéndase bien: no se trata de manipular con la esperanza del cielo, pues es cierto que una esperanza mal entendida ha conducido a muchas personas a abandonar la construcción del Reino o a cuestionar toda felicidad o logro terrestre. Pero también es cierto que la esperanza cristiana consiste precisamente en buscar y esperar la plenitud y realización total de esta tierra, en el cielo. Creer en el cielo, no es abandonar la tierra, sino todo lo contrario: es querer ser fiel a esta tierra hasta el final, sin defraudar o desesperarse de ningún anhelo o aspiración verdaderamente humanos. La fiesta de la Ascensión de Jesús a los Cielos nos permite descubrir ese punto de encuentro entre el cielo y la tierra. Es unirse a los Apóstoles que han descubierto a su Señor glorificado a la derecha del Padre, y que pueden retornar llenos de gozo para permanecer constantemente unidos al mismo Jesús en oración, en actividades y testimonios.


 Cuando los Apóstoles pretenden reconstrucción y poderío material, Jesús eleva sus aspiraciones y los lanza a ser testigos de ese Reino que Él ha iniciado. Es muy significativa la forma en que concluye el Evangelio de San Lucas refiriéndose a la Ascensión, y su continuación en el inicio del libro de los Hechos de los Apóstoles, retomando la misma escena, pero resaltando una presencia nueva de Jesús en medio de su Iglesia. Con la Ascensión, Jesús no abandona a su Iglesia, sino que se hace presente de una manera distinta y sosteniendo la fe y el camino de sus discípulos y convirtiéndolos en sus testigos. No se aleja de ellos, sino modifica su manera de estar presente. Ahora toca a sus discípulos, ahora nos toca a nosotros, hacer presente a Jesús. Sí, a nosotros que aún dudamos, nos envía a continuar su obra; nos envía porque nos ama, nos envía a proclamar y a realizar la buena noticia. Nos envía para que salgamos de nuestras mezquindades y estrecheces tomando conciencia del horizonte infinito del amor de Dios. El verdadero creyente espera con firmeza un mundo nuevo y definitivo y no puede tolerar ni conformarse con esta sociedad llena de odios y mezquindades, manchada hasta la saciedad de sangre e injusticias, mentiras y violencia. Quien no lucha contra la injusticia no puede decirse verdadero testigo de Jesús.

La «Ascensión» de Jesús al cielo significa que Jesús se ha liberado de las ataduras de este mundo y ha hecho posible, con su muerte y glorificación, que el mismo mundo y los hombres puedan liberarse, es decir, ser hijos de Dios. Se va al Padre, pero el Padre está en medio de nosotros, así que se queda con nosotros para que nosotros vivamos con los hermanos. Se va y se queda para infundirnos su Espíritu y enrolarnos en su causa. No es hora de andar con dudas y pasivismo. Es la hora de salir a la plaza pública, de recorrer los caminos y las ciudades para dar a todos la Gran Noticia. La oración y la contemplación, indispensables en la vida cristiana, tienen sentido como alimento de la fe, para que nuestras obras sean las obras de la fe, y no las de los intereses o conveniencias. Creer en la Ascensión de Jesús no es quedarse con la boca abierta y los brazos cruzados. Es entrar en acción, es hacerse cargo de la misión recibida, es poner a trabajar la esperanza hasta que el Señor vuelva y se manifieste la gloria de los hijos de Dios. Si le seguimos con la cruz a cuestas llegaremos a la gloria: por la cruz a la luz. Creer en la Ascensión del Señor es encontrar el punto exacto donde se unen el cielo con la tierra, donde se ancla la esperanza del que lucha por un mundo nuevo, sostenido no por sus propias fuerzas sino por el Espíritu que nos ha concedido el Resucitado. La Ascensión es la conclusión triunfal de la vida terrena de Jesús y la culminación de su itinerario; y es el comienzo del “tiempo de la Iglesia”, inaugurada con el Espíritu Santo, prometido por Jesús.

 Quien no tiene referencias ni puntos de apoyo, se pierde y queda suspendido en el vacío. Hay a quien el cielo y el Reino de Dios no le dicen nada; solamente piensa en el dinero, el placer, el poder, la diversión, gozar y derrochar la vida. Sus ambiciones y sus metas no pasan de lo terreno y tangible. Otros, por el contrario, desconocen la realidad humana, se olvidan del dolor y sufrimiento de los hombres y presentan el cielo como única realidad. Así el hombre pierde su sentido. La propuesta de Jesús está expresada en el kerigma que ofrece a los discípulos: a través del dolor y la muerte llegar a la resurrección. Partir desde el suelo para llegar al cielo. Seguir el camino de quien se ha encarnado y ha compartido con los hombres para llevarlos a una vida divina, que se tiene que hacer realidad desde ahora. La tierra es el único camino que conocemos para ir al cielo y así nos lo ha mostrado Jesús. Tendremos, pues, que ser constructores de esperanza y forjadores de sueños que se encarnen en nuestra realidad concreta.

En esta fiesta de la Ascensión: ¿Cómo asumo mi identidad de discípulo de Jesús que debe dar testimonio de un Reino posible, que se construye desde aquí en la tierra? ¿Conozco y acepto el camino de entrega que Jesús nos enseñó? ¿Soy portador de buenas noticias y anuncio esperanza a quienes sufren y padecen? ¿En qué se nota que soy discípulo de Jesús?

Dios, Padre Bueno, descúbrenos que más allá de nuestros límites egoístas hay un Cielo posible, ilumínanos para que comprendamos cuál es la esperanza a la que nos llamas y fortalece nuestros pasos para que cumplamos la tarea de construir un nuevo mundo. Amén.