La necesidad de nuevos interlocutores en un mundo polarizado

Por una cultura del diálogo

Históricamente la Iglesia Católica como institución ha desempeñado roles claves en diversos procesos de diálogo, gracias a su reconocida diplomacia, siendo solicitada su intervención como mediadora en diversos escenarios de conflicto. Sin embargo, recordando que la iglesia la conformamos todos, quienes deben llevar adelante el diálogo y la conservación de la paz en el día a día de la política, no es únicamente la Iglesia en su jerarquía eclesiástica, sino todos los católicos que estamos llamados a responder a una vocación de liderazgo y servicio.

En un mundo cada día más dividido por ideologías políticas y visiones opuestas sobre una misma realidad, es lamentable encontrar frecuentemente una limitación en la capacidad de dialogo en muchos líderes, referentes políticos y sociales. Esta realidad genera sus propios efectos por dentro de la Iglesia, ya que ésta, compuesta por el cuerpo místico de Cristo y toda su humanidad en cada uno de quienes la conformamos, no puede mantenerse indiferente a los desafíos de nuestros tiempos.

Los líderes católicos y la política

Durante el último año, los diversos procesos electorales en América Latina nos han planteado el desafío de comprender y leer la voluntad del pueblo a través de las urnas. El “giro a la izquierda” en parte importante de los gobiernos de la región, es observada con preocupación por ciertos sectores sociales y dentro de la misma iglesia. Sin embargo, es pertinente resaltar que este presunto “giro a la izquierda” forma parte de un fenómeno social complejo, que responde a diferentes elementos de la realidad y que no debemos reducir su análisis a afirmaciones simplistas que se limitan a descalificar ciegamente a gobiernos predecesores o juzgar administraciones que apenas comienzan.

Como líderes católicos es importante sentar una postura sobre nuestra opinión política, pero así también es importante, mantener una altura de mirada ante los acontecimientos sociales y políticos de nuestros pueblos, de modo que ante cualquier cambio de gobierno o de dirigencia, podamos mantenernos firmes como interlocutores válidos para el diálogo y no como agentes que extrapolan los postulados políticos o ideológicos por sobre la realidad que viven las personas y sus familias.

Un reto muy personal que vivirán (o viven actualmente) algunos líderes católicos probablemente será el ser acusado de pecar de tibieza, por buscar alternativas dialogantes en ciertos escenarios. La tibieza, recurso extraído del Apocalipsis 3, 16; muchas veces es utilizado como un arma de doble filo. Por un lado, es posible que quien utilice este pasaje de la palabra, lo cite exigiendo que un líder siente una posición clara de conformidad a la doctrina de la iglesia. Sin embargo, cuando a pesar de responder al magisterio de la Iglesia, la posición o actuar del líder no responda a las exigencias moralistas del interlocutor, el recurso de la tibieza es utilizada como un medio de cancelación y censura contra aquellos que no se corresponden a interpretaciones sesgadas o particulares de lo que es ser, un buen cristiano.

El moralismo, como todo extremismo, es un peligro para todo líder católico, desde el momento en el que esta forma de interpretar la realidad pierde de vista la fuente de la conducta de la moral cristiana, cual es Cristo mismo y, por ende, la correspondencia a su amor. Si alejarse de una presunta tibieza, implica que un líder católico se aleje del diálogo y de la construcción de la paz, probablemente esta es una señal de que tras la acusación de tibieza se esconde una distorsionada interpretación de la palabra de Dios.

La constante búsqueda de Cristo en las personas


Un líder católico no puede validar violencia de ningún tipo, ni física, verbal, simbólica o sistemática, así como tampoco puede avalar formulas políticas o ideológicas que desfiguren el fin más esencial de la política y la norma, cual es la protección de la dignidad humana en todas sus dimensiones.

Un líder católico en un escenario polarizado se enfrentará frecuentemente no solo al escrutinio público de la prensa o de los medios y grupos seculares, sino al escrutinio de sus hermanos, entre los cuales, algunos probablemente manifestarán estas mismas conductas polarizadas que vemos en el escenario político. Como mencionábamos en un inicio, es difícil que esta actual polarización no se repercuta al interior de nuestra iglesia.

Sin embargo, es importante resaltar que la templanza, aquella virtud que muchos líderes han aprendido a forjar con el tiempo, es la que mantiene firme el constante y abnegado trabajo que muchos realizan en el escenario político actual. Es de resaltar como los agentes pastorales, líderes comunitarios y hasta catequistas, cumplen roles sociales claves en todas las comunidades de nuestra región, este es el punto de partida para una construcción de sociedades más dialogantes y pacíficas.

La mayor fortaleza de un líder católico en nuestro tiempo es la constante búsqueda de Cristo en las personas, en sus hermanos y en todo aquel al que sirve. Aquel líder que no vea en la ciudadanía y sus manifestaciones sociales el rostro de vivo de Cristo estará perdiendo de vista la manifestación viva de su cuerpo encarnado en la necesidad del otro. Sin esa aproximación física y concreta hacia el otro, hacia los necesitados de justicia, paz y dignidad, el rostro de Cristo puede desdibujarse y comenzar a tomar características de ideologías o radicalismos que sesgan la realidad.

Los nuevos interlocutores que necesita nuestro mundo polarizado son aquellos que puedan ver en el rostro del otro a Cristo, al hermano, y no al enemigo. Una postura clara ante un acontecimiento o circunstancia jamás debe alejarnos de la humanidad del otro, porque en cuanto despojamos de humanidad al que tenemos en frente, por más que no estemos de acuerdo o pensemos lo opuesto totalmente, corremos el riesgo de observar las manifestaciones o expresiones del otro y la sociedad, como una idea y no como una realidad, con personas, con vidas tras ella.

Confiemos que los líderes de hoy, aquellos líderes católicos que trabajan viendo en el rostro del otro, el rostro vivo de Cristo, encuentren en sus hermanos aliados y colaboradores de paz, para juntos construir una sociedad más justa y pacífica. En tiempos de polarización, necesitamos constructores de paz y diálogo, cuando la división y el rechazo al otro genera heridas profundas que, en los tiempos actuales, luego de una pandemia y con una crisis económica, pueden representar grandes retos para reconstruir un tejido social dañado y frágil, donde la hermandad y la unidad necesita ser restaurada.

Marcela A. Bordón L. Magíster en Ciencias Políticas mención RR.II y miembro de la Academia Latinoamericana de Líderes Católicos