Mensaje del Papa para la Jornada Mundial del Enfermo 2021

Se celebra el 11 de febrero

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El Papa saluda a una enferma en Loreto, marzo 2019 © Vatican Media

En su mensaje por la Jornada Mundial del Enfermo de este año 2021, celebrada el 11 de febrero, el Papa Francisco ha explicado que esta 29ª edición es un “momento propicio para brindar una atención especial a las personas enfermas y a quienes cuidan de ellas, tanto en los lugares destinados a su asistencia como en el seno de las familias y las comunidades”.

“Pienso, en particular, en quienes sufren en todo el mundo los efectos de la pandemia del coronavirus. A todos, especialmente a los más pobres y marginados, les expreso mi cercanía espiritual, al mismo tiempo que les aseguro la solicitud y el afecto de la Iglesia”, señala el Santo Padre en el texto, publicado el 12 de enero de 2021.

Detenerse y escuchar

En el primer punto del mensaje, el Papa remite al pasaje evangélico en el que se inspira esta jornada y en el que Jesús “critica la hipocresía de quienes dicen, pero no hacen”. “Cuando la fe se limita a ejercicios verbales estériles, sin involucrarse en la historia y las necesidades del prójimo, la coherencia entre el credo profesado y la vida real se debilita”, explica. Este es un riesgo “grave” por el que el Maestro se expresa con dureza, para advertir del “peligro de caer en la idolatría de nosotros mismos”.

Esta crítica de Jesús, indica Francisco, “es beneficiosa, siempre y para todos, pues “nadie es inmune al mal de la hipocresía”, un mal grave que impide “florecer como hijos del único Padre llamados a vivir una fraternidad universal”. Ante la condición de necesidad del hermano, Cristo muestra un modelo completamente opuesto a la hipocresía, y propone “detenerse, escuchar”, crear una “relación directa y personal con el otro, sentir empatía y conmoción por él o por ella, dejarse involucrar en su sufrimiento hasta llegar a hacerse cargo de él por medio del servicio (cf. Lc 10,30-35).”.

El sentido de la enfermedad

El Pontífice esclarece que la “experiencia de la enfermedad” hace sentir “nuestra propia vulnerabilidad y, al mismo tiempo, la necesidad innata del otro”. La condición de criaturas “se vuelve aún más nítida y experimentamos de modo evidente nuestra dependencia de Dios”.

Del mismo modo, la enfermedad “impone una pregunta por el sentido, que en la fe se dirige a Dios; una pregunta que busca un nuevo significado y una nueva dirección para la existencia”, que a veces “puede ser que no encuentre una respuesta inmediata” y en cuya búsqueda amigos y familiares “no siempre pueden ayudarnos”.

A este respecto, para el Obispo de Roma, la figura bíblica de Job “es emblemática”. Su mujer y sus amigos “no son capaces de acompañarlo en su desventura” y lo acusan, “aumentando en él la soledad y el desconcierto”. No obstante, en esta fragilidad, “hace llegar su grito insistente a Dios, que al final responde, abriéndole un nuevo horizonte” y “le confirma que su sufrimiento no es una condena o un castigo, tampoco es un estado de lejanía de Dios o un signo de su indiferencia”.

El rostro del enfermo

El Papa Francisco destaca que la enfermedad tiene el rostro de los enfermos y también “de quienes se sienten ignorados, excluidos, víctimas de injusticias sociales”. La pandemia, ilustra, ha “sacado a la luz numerosas insuficiencias de los sistemas sanitarios y carencias en la atención”.

Los ancianos, los más débiles y vulnerables “no siempre tienen garantizado el acceso a los tratamientos, y no siempre es de manera equitativa”, algo que depende de “las decisiones políticas, del modo de administrar los recursos y del compromiso de quienes ocupan cargos de responsabilidad”, se lee en el texto.

Invertir en la atención de las personas enfermas, recuerda el Santo Padre, “es una prioridad vinculada a un principio: la salud es un bien común primario” y la pandemia también ha manifestado la “entrega y generosidad” de sanitarios, voluntarios, trabajadores, sacerdotes y religiosos al servicio de enfermos y familiares.

Por otro lado, para Francisco, la cercanía, señala, es un “bálsamo muy valioso” que ofrece “apoyo y consuelo” al enfermo, y que los cristianos “vivimos la projimidad como expresión del amor de Jesucristo, el buen Samaritano (…)”. Se trata de vivir una cercanía hacia todo ser humano, de “manera personal” y también “comunitaria”.

Pacto entre enfermo y cuidador

“Para que haya una buena terapia, es decisivo el aspecto relacional, mediante el que se puede adoptar un enfoque holístico hacia la persona enferma”, apunta el mensaje del Santo Padre. Dar valor a este aspecto, apunta el Papa, ayuda al personal sanitario a hacerse cargo de los que sufren y acompañarles “en un camino de curación, gracias a una relación interpersonal de confianza”.

Se trata, por lo tanto, “de establecer un pacto entre los necesitados de cuidados y quienes los cuidan; un pacto basado en la confianza y el respeto mutuos, en la sinceridad, en la disponibilidad, para superar toda barrera defensiva, poner en el centro la dignidad del enfermo, tutelar la profesionalidad de los agentes sanitarios y mantener una buena relación con las familias de los pacientes”.

Para el Santo Padre, esta relación obtiene su inagotable motivación en “la caridad de Cristo”, del misterio de la muerte y resurrección de Cristo “brota el amor que puede dar un sentido pleno tanto a la condición del paciente como a la de quien cuida de él”.

El mandamiento del amor

Por último, el Sucesor de Pedro alude al mandamiento del amor que Jesús dejó a sus discípulos, realizable igualmente en la relación con los enfermos. Y subraya que “una sociedad es tanto más humana cuanto más sabe cuidar a sus miembros frágiles y que más sufren, y sabe hacerlo con eficiencia animada por el amor fraterno”: “Caminemos hacia esta meta, procurando que nadie se quede solo, que nadie se sienta excluido ni abandonado”, desea.

A continuación, el mensaje del Santo Padre por la Jornada Mundial del Enfermo de 2021, ofrecido por la Oficina de Prensa de la Santa Sede.

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Mensaje del Papa para la Jornada Mundial del Enfermo 2021

Queridos hermanos y hermanas:


La celebración de la 29.a Jornada Mundial del Enfermo, que tendrá lugar el 11 de febrero de 2021, memoria de la Bienaventurada Virgen María de Lourdes, es un momento propicio para brindar una atención especial a las personas enfermas y a quienes cuidan de ellas, tanto en los lugares destinados a su asistencia como en el seno de las familias y las comunidades. Pienso, en particular, en quienes sufren en todo el mundo los efectos de la pandemia del coronavirus. A todos, especialmente a los más pobres y marginados, les expreso mi cercanía espiritual, al mismo tiempo que les aseguro la solicitud y el afecto de la Iglesia.

El tema de esta Jornada se inspira en el pasaje evangélico en el que Jesús critica la hipocresía de quienes dicen, pero no hacen (cf. Mt 23,1-12). Cuando la fe se limita a ejercicios verbales estériles, sin involucrarse en la historia y las necesidades del prójimo, la coherencia entre el credo profesado y la vida real se debilita. El riesgo es grave; por este motivo, Jesús usa expresiones fuertes, para advertirnos del peligro de caer en la idolatría de nosotros mismos, y afirma: “Uno solo es vuestro maestro y todos vosotros sois hermanos”(v. 8).

La crítica que Jesús dirige a quienes “dicen, pero no hacen” (v. 3) es beneficiosa, siempre y para todos, porque nadie es inmune al mal de la hipocresía, un mal muy grave, cuyo efecto es impedirnos florecer como hijos del único Padre, llamados a vivir una fraternidad universal.

Ante la condición de necesidad de un hermano o una hermana, Jesús nos muestra un modelo de comportamiento totalmente opuesto a la hipocresía. Propone detenerse, escuchar, establecer una relación directa y personal con el otro, sentir empatía y conmoción por él o por ella, dejarse involucrar en su sufrimiento hasta llegar a hacerse cargo de él por medio del servicio (cf. Lc 10,30-35).

2. La experiencia de la enfermedad hace que sintamos nuestra propia vulnerabilidad y, al mismo tiempo, la necesidad innata del otro. Nuestra condición de criaturas se vuelve aún más nítida y experimentamos de modo evidente nuestra dependencia de Dios. Efectivamente, cuando estamos enfermos, la incertidumbre, el temor y a veces la consternación, se apoderan de la mente y del corazón; nos encontramos en una situación de impotencia, porque nuestra salud no depende de nuestras capacidades o de que nos “angustiemos” (cf. Mt6,27).

La enfermedad impone una pregunta por el sentido, que en la fe se dirige a Dios; una pregunta que busca un nuevo significado y una nueva dirección para la existencia, y que a veces puede ser que no encuentre una respuesta inmediata. Nuestros mismos amigos y familiares no siempre pueden ayudarnos en esta búsqueda trabajosa.

A este respecto, la figura bíblica de Job es emblemática. Su mujer y sus amigos no son capaces de acompañarlo en su desventura, es más, lo acusan aumentando en él la soledad y el desconcierto. Job cae en un estado de abandono e incomprensión. Pero precisamente por medio de esta extrema fragilidad, rechazando toda hipocresía y eligiendo el camino de la sinceridad con Dios y con los demás, hace llegar su grito insistente a Dios, que al final responde, abriéndole un nuevo horizonte. Le confirma que su sufrimiento no es una condena o un castigo, tampoco es un estado de lejanía de Dios o un signo de su indiferencia. Así, del corazón herido y sanado de Job, brota esa conmovida declaración al Señor, que resuena con energía: “Te conocía sólo de oídas, pero ahora te han visto mis ojos” (42,5).

3. La enfermedad siempre tiene un rostro, incluso más de uno: tiene el rostro de cada enfermo y enferma, también de quienes se sienten ignorados, excluidos, víctimas de injusticias sociales que niegan sus derechos fundamentales (cf. Carta enc. Fratelli tutti, 22). La pandemia actual ha sacado a la luz numerosas insuficiencias de los sistemas sanitarios y carencias en la atención de las personas enfermas. Los ancianos, los más débiles y vulnerables no siempre tienen garantizado el acceso a los tratamientos, y no siempre es de manera equitativa. Esto depende de las decisiones políticas, del modo de administrar los recursos y del compromiso de quienes ocupan cargos de responsabilidad. Invertir recursos en el cuidado y la atención a las personas enfermas es una prioridad vinculada a un principio: la salud es un bien común primario. Al mismo tiempo, la pandemia ha puesto también de relieve la entrega y la generosidad de agentes sanitarios, voluntarios, trabajadores y trabajadoras, sacerdotes, religiosos y religiosas que, con profesionalidad, abnegación, sentido de responsabilidad y amor al prójimo han ayudado, cuidado, consolado y servido a tantos enfermos y a sus familiares. Una multitud silenciosa de hombres y mujeres que han decidido mirar esos rostros, haciéndose cargo de las heridas de los pacientes, que sentían prójimos por el hecho de pertenecer a la misma familia humana.

La cercanía, de hecho, es un bálsamo muy valioso, que brinda apoyo y consuelo a quien sufre en la enfermedad. Como cristianos, vivimos la projimidad como expresión del amor de Jesucristo, el buen Samaritano, que con compasión se ha hecho cercano a todo ser humano, herido por el pecado. Unidos a Él por la acción del Espíritu Santo, estamos llamados a ser misericordiosos como el Padre y a amar, en particular, a los hermanos enfermos, débiles y que sufren (cf. Jn 13,34-35). Y vivimos esta cercanía, no sólo de manera personal, sino también de forma comunitaria: en efecto, el amor fraterno en Cristo genera una comunidad capaz de sanar, que no abandona a nadie, que incluye y acoge sobre todo a los más frágiles.

A este respecto, deseo recordar la importancia de la solidaridad fraterna, que se expresa de modo concreto en el servicio y que puede asumir formas muy diferentes, todas orientadas a sostener al prójimo. “Servir significa cuidar a los frágiles de nuestras familias, de nuestra sociedad, de nuestro pueblo” (Homilía en La Habana, 20 septiembre 2015). En este compromiso cada uno es capaz de “dejar de lado sus búsquedas, afanes, deseos de omnipotencia ante la mirada concreta de los más frágiles. […] El servicio siempre mira el rostro del hermano, toca su carne, siente su proximidad y hasta en algunos casos la “padece” y busca la promoción del hermano. Por eso nunca el servicio es ideológico, ya que no se sirve a ideas, sino que se sirve a personas” (ibíd.).

4. Para que haya una buena terapia, es decisivo el aspecto relacional, mediante el que se puede adoptar un enfoque holístico hacia la persona enferma. Dar valor a este aspecto también ayuda a los médicos, los enfermeros, los profesionales y los voluntarios a hacerse cargo de aquellos que sufren para acompañarles en un camino de curación, gracias a una relación interpersonal de confianza (cf. Nueva Carta de los agentes sanitarios[2016], 4). Se trata, por lo tanto, de establecer un pacto entre los necesitados de cuidados y quienes los cuidan; un pacto basado en la confianza y el respeto mutuos, en la sinceridad, en la disponibilidad, para superar toda barrera defensiva, poner en el centro la dignidad del enfermo, tutelar la profesionalidad de los agentes sanitarios y mantener una buena relación con las familias de los pacientes.

Precisamente esta relación con la persona enferma encuentra una fuente inagotable de motivación y de fuerza en la caridad de Cristo, como demuestra el testimonio milenario de hombres y mujeres que se han santificado sirviendo a los enfermos. En efecto, del misterio de la muerte y resurrección de Cristo brota el amor que puede dar un sentido pleno tanto a la condición del paciente como a la de quien cuida de él. El Evangelio lo testimonia muchas veces, mostrando que las curaciones que hacía Jesús nunca son gestos mágicos, sino que siempre son fruto de un encuentro, de una relación interpersonal, en la que al don de Dios que ofrece Jesús le corresponde la fe de quien lo acoge, como resume la palabra que Jesús repite a menudo: “Tu fe te ha salvado”.

5. Queridos hermanos y hermanas: El mandamiento del amor, que Jesús dejó a sus discípulos, también encuentra una realización concreta en la relación con los enfermos. Una sociedad es tanto más humana cuanto más sabe cuidar a sus miembros frágiles y que más sufren, y sabe hacerlo con eficiencia animada por el amor fraterno. Caminemos hacia esta meta, procurando que nadie se quede solo, que nadie se sienta excluido ni abandonado.

Le encomiendo a María, Madre de misericordia y Salud de los enfermos, todas las personas enfermas, los agentes sanitarios y quienes se prodigan al lado de los que sufren. Que Ella, desde la Gruta de Lourdes y desde los innumerables santuarios que se le han dedicado en todo el mundo, sostenga nuestra fe y nuestra esperanza, y nos ayude a cuidarnos unos a otros con amor fraterno. A todos y cada uno les imparto de corazón mi bendición.

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