Mentalidades inquisidoras

Vivir más de los logros propios que de las “desgracias” de los demás

El sacerdote y psicoterapeuta Alfons Gea ofrece este artículo en el que reflexiona sobre las mentalidades inquisidoras que imperan en la sociedad actual, fenómeno no exclusivo de la Iglesia.

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Es probable que, si la máquina del tiempo funcionara, los señores del tribunal de la Inquisición se quedarían sorprendidos y con estupor de los nuevos métodos de condenar y destruir la reputación y a veces también la vida de los nuevos condenados por el pueblo, azuzados sobre todo por la prensa amarilla y los programas de reality show. Digo esto a raíz del suicidio en España de una famosa actriz después de ser degradada públicamente.

Nuevamente, siguiendo el hilo del anterior artículo “Síndromes religiosos cristianos” puedo afirmar que la mentalidad inquisitorial no es un fenómeno exclusivo de la Iglesia sino que, más bien, ésta en su día fue la catalizadora de un fenómeno social que se da en todas las culturas y tiempos.

Cuando nuestra personalidad se resiente por falta de logros personales o sociales, la necesidad de autoafirmarnos pasa a menudo por degradar al que investimos como adversario.

La religión católica en concreto pasa por un momento que más que inquisidora sirve hoy día como chivo expiatorio que canaliza las críticas de aquellos que necesitan justificar su falta de compromiso o implicación social. Si ellos, los católicos, son los malos, yo estoy en el extremo opuesto piensan. Este fenómeno no es tampoco exclusivo de la Iglesia.

A menudo ante el cuidado de los padres ancianos o enfermos que requieren cuidados se puede dar la circunstancia de que uno de los hijos o hijas carga con el peso de la atención a los progenitores, sucediendo que algún otro de los hijos o hijas que se inhibe carga las tintas sobre quien les cuida criticando su proceder, según él deficiente. El refranero español nos obsequia con el dicho “quien acusa se excusa”.

A veces también cuando la vida transcurre llena de frustraciones y alguien cae en la desgracia de cometer algún error se carga igualmente contra la víctima, para saciar con la venganza lo que no se consigue con el bienestar conseguido por uno mismo.

Recientemente ha fallecido una feligresa que hacía poco que se había acercado a la Iglesia después de llevar una vida no muy de acuerdo con la moral católica. Desde niña había tenido una vida difícil. Para mí, como párroco, fue una alegría porque me llevó al mismo Evangelio. No obstante, tuve que oír críticas de algunas otras feligresas que censuraban que viniera a Misa.

Últimamente hemos asistido a la destitución del arzobispo de París por hechos censurables del pasado. Como ha dicho el Santo Padre Francisco en referencia al hecho, que cataloga de injusto, “los pecados de la carne no son los peores”. Comentario que lejos de ser exculpatorio nos habla de la hipocresía o silencio ante otros pecados, como puede ser la acumulación de riquezas y que no entran en la condena inquisitorial de nuestros días.

Quizás ahora las condenas no son por motivos de fe o de ortodoxia como en la Edad Media. Sabemos que la sociedad se vuelve indiferente ante el hecho religioso. Las condenas inquisitoriales vienen por el lado sexual. Hay conductas condenables sin paliativos como la pederastia. Pero condenar a toda la Iglesia y a todo el clero como pederastas no solo es un error injusto, sino que la mentalidad inquisitorial hacia un colectivo deja sin resolver el problema que poco a poco se va descubriendo que en su mayor parte es familiar y social. La Iglesia no tiene la exclusiva de la pederastia. Sin embargo, estas nuevas inquisiciones no lo admiten.

Recientemente he tratado un caso de una señora que cuando niña fue violada por el entorno familiar. El agresor aún vive, el delito ha prescrito, no se admite la denuncia y las cartas que ha enviado a diversos medios no han sido publicadas.

Jesús luchó contra el espíritu de condena de la época, no era un fenómeno local o temporal. Convertirnos al amor del Padre supone también vivir de una manera más sana psicológicamente, vivir más de nuestros logros que de las “desgracias” de los demás.

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