Nigeria: Sacerdote relata secuestro a manos de pastores fulani

El padre Bako Francis Awesuh permaneció secuestrado más de un mes

Nigeria Sacerdote relata secuestro
Padre Bako Francis Awesuh © ACN

En Nigeria un sacerdote relata su secuestro a manos de pastores fulani. Los secuestros son una de las señas de identidad de grupos terroristas nigerianos como Boko Haram y el Estado Islámico de la provincia de África Occidental, y uno de sus objetivos cada vez más preferentes es el clero. Durante más de un mes, en la primavera de 2021, el padre Bako Francis Awesuh, de 37 años, sacerdote de la parroquia de San Juan Pablo II en Gadanaji (gobierno local de Kachia, estado de Kaduna), permaneció secuestrado por pastores fulani musulmanes, que son responsables de ataques mortales contra campesinos cristianos en el Cinturón Medio de Nigeria. El P. Awesuh ha descrito su calvario en una reciente entrevista con ACN, Ayuda a la Iglesia Necesitada.

Los pastores Fulani © Secretariat of Nigeria (CSN) Directorate of Social Communications

“Sucedió el 16 de mayo, exactamente a las 11 de la noche. Oí disparos y apagué rápidamente el televisor. Al apagar la luz, vi sombras y oí pasos. Abrí con cuidado la cortina para ver qué pasaba y vi a cinco pastores fulani armados; los reconocí por su vestimenta y por su forma de hablar. Me quedé sin saber qué hacer, sabía que estaba perdido. Llamaron a la puerta. Se me congeló la sangre y mi cuerpo se puso rígido. Sudaba a mares.

“Siguieron llamando, pero, asustado, me negué a abrir la puerta. Entonces la derribaron, entrando por la fuerza. Uno de los hombres me empujó al suelo, me ató y me golpeó sin piedad, diciéndome ka ki ka bude mana kofa da tsori (“te torturamos porque nos has tenido mucho tiempo fuera y te has negado a abrir la puerta cuando llamábamos”). Me desnudaron hasta dejarme en calzoncillos.

“Me secuestraron junto con diez de mis feligreses. Caminamos durante tres días por el monte sin comida ni agua, alimentándonos únicamente con mangos. Estábamos hambrientos, cansados y débiles. Nos dolían mucho las piernas y teníamos los pies hinchados porque caminábamos descalzos. El segundo y el tercer día llovió, pero nos obligaron a seguir avanzando.

“Al tercer día, llegamos a un campamento en lo profundo del bosque. Allí, nos metieron en una pequeña cabaña y nos sirvieron arroz con aceite y sal, como a prisioneros. Eso fue todo lo que comimos durante nuestra estancia en el monte. Las mujeres que fueron secuestradas conmigo se encargaban de cocinar. Pasamos un mes y cinco días en el monte.

“No se nos permitió bañarnos durante todo nuestro cautiverio, y teníamos que orinar y defecar en la cabaña. Olíamos a muerto y la cabaña olía como un depósito de cadáveres.

“Nos torturaron y amenazaron de muerte si no se pagaba por nosotros un rescate de 50 millones de nairas (unos 109.000 euros),  así se lo hicieron saber a nuestras familias. Estas suplicaron y negociaron con nuestros secuestradores, hasta que finalmente aceptaron la suma de 7 millones de nairas (15.200 euros).

“Entretanto, algunos de mis feligreses intentaron rescatarnos,  tres personas perdieron la vida en el intento porque consiguieron localizarlos : Jeremiah Madaki, Everest Yero -nuestro secretario parroquial- y un anciano.

“Oh, qué dolor me produjo ver cómo mataban a sangre fría a tres de mis feligreses, delante de mis ojos, y yo sin poder hacer nada. Fue un tormento. En ese momento me sentí impotente, desesperado e inútil. Ansiaba morir, pues la escena de estos asesinatos seguía reproduciéndose en mi cabeza. No podía rezar porque estaba en shock. Cada vez que abría la boca para rezar, las palabras me fallaban. Lo único que acertaba a decir era: ‘Señor, ten piedad’.

“Finalmente, nuestras familias lograron pagar el rescate y, gracias a Dios, nos liberaron y salimos vivos. Yo me libré por poco de la muerte, pues sé de muchos sacerdotes secuestrados, antes y después de mí, que fueron asesinados incluso después de que se pagara el rescate por ellos.

“A raíz de todo ello quedé traumatizado, recibí tratamiento, también pasé algún tiempo en el hospital. Hoy, sigo escondido por razones de seguridad y para recuperarme totalmente. El amor que he recibido por parte de mi familia, mis amigos y, sobre todo, de la Iglesia, ha sido enorme.

“Los ataques de los fulani se han vuelto muy habituales en el estado de Kaduna. Por eso ruego a la comunidad internacional que, por favor, acuda a nuestro rescate”.