Nuestra Señora de Guadalupe: Misterios de Dios

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Virgen de Guadalupe © Cathopic. Moisés Becerra

El sacerdote José Miguel Bracero ofrece este artículo sobre la fiesta de la Virgen de Guadalupe, cuya fiesta es celebrada hoy, 12 de diciembre de 2021 y titulado “Nuestra Señora Guadalupe: Misterios de Dios”.

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Queridos hermanos, hijos de María la Virgen:

Este domingo III de Adviento, domingo de gaudete, de alegría y gozo porque el Señor está cerca, coincide con el día 12 de diciembre, fiesta de nuestra Señora de Guadalupe, Patrona de México y Madre de Dios y de todos los hombres.

Actualmente más de 20 millones de peregrinos visitan su templo en México DF, es venerada con grandísima devoción y los milagros atribuidos a su intercesión alcanzan cotas insospechadas. El Papa Pío X la proclamó “Patrona de América Latina”, Pío XI de “todas las Américas”, Pío XII la nombró como “Emperatriz de las Américas” y ya Juan XXIII como “Misionera Celeste del Nuevo Mundo” y “Madre de las Américas”.

La historia de esta aparición al indio Juan Diego en el año 1531, precisamente en estos días, está llena de misterio y de evidencias científicamente inexplicables, una manifestación más de los constantes misterios de Dios en el mundo a través de la Virgen Santísima, Señora nuestra, que viene a traernos siempre algún mensaje de esperanza, de aliento, de amor y misericordia.

Cuenta la historia, que, en aquellos días de invierno, yendo de camino al amanecer de su pueblo a la ciudad de México para recibir su catequesis y escuchar Misa, y subiendo un cerro llamado Tepeyac, escuchó aquel humilde campesino una voz que lo llamaba por su nombre. Se le apareció la visión de una Señora de extraordinaria belleza, cuyo vestido era brillante como el sol, que dulcemente le decía: “Juanito: el más pequeño de mis hijos, yo soy la siempre Virgen María, Madre del verdadero Dios, por quien se vive. Deseo que se me construya aquí un templo, para en él mostrar y mi amor, compasión y protección a los moradores de esta tierra que confíen en mí y me invoquen. Dile al señor obispo que deseo un templo en este llano. Anda, pon en ello todo tu esfuerzo”.

Juan Diego fue a contar lo que le pasó al obispo, pero no le creyeron, y le pedían una señal, una prueba de que aquello realmente había ocurrido. Volviendo de nuevo a la Virgen para exponer su fracaso, lo citó nuevamente para el día siguiente y le dijo que allí le daría esa señal que le pedían.

Pero al enfermar su tío Bernardino gravemente, no pudo acudir a su cita y, a petición de su tío, marchó a buscar a un sacerdote para recibir los sacramentos. Era la madrugada del 12 de diciembre y Juan Diego salió a toda prisa a cumplir la misión encomendada. Al llegar al lugar donde se esperaba la aparición, cambió de sendero para no encontrarse con Ella dada la emergencia de aquella petición.

De repente, la Virgen salió a su encuentro, preguntándole adónde iba. Él, avergonzado, le explicó su difícil situación y la Virgen le aseguró que su tío no iba a morir, que no se preocupara porque ya estaba curado. Sorprendido pero lleno de fe, le pidió a nuestra Madre aquella señal que el obispo Zumárraga le exigía. Ella dijo que subiera a un cerro donde encontró unas bellas rosas frescas que él cortó, puso dentro de su tilma (especie de poncho) y se las llevó al obispo. Ante él, abrió su tilma, y de ella cayeron las rosas, que ya de por sí era un hecho milagroso por ser invierno, pero, además, en su tilma, quedó grabada la imagen de aquella Señora, la que hoy se conoce como Virgen de Guadalupe y cuya imagen todos conocemos.

El obispo quedó maravillado y convencido, llevó aquella misteriosa imagen a la iglesia mayor y construyó una ermita en el lugar donde Juan Diego había dicho, siguiendo instrucciones de la propia Virgen.

Sin duda alguna, aquel acontecimiento del que muchos dudan, ha provocado lo que hoy día ya todos conocemos: el increíble amor de un pueblo a la Madre de Dios y Madre de todos los hombres. Y es que las evidencias son irrefutables. Si entramos a considerar científicamente algunos hechos, también quedaremos perplejos. Veamos algunas evidencias.

La tilma que se venera, la que llevaba puesta el indio Juan Diego y que actualmente se expone con la imagen grabada de la Virgen de Guadalupe, representa una imagen preciosa “impresa” sobre un tejido llamado magüey, de origen vegetal, que no suele durar más de 20 años, sin embargo, ya son casi 5 siglos los que lleva entre nosotros.

No hay rastro alguno de pintura en la tela, ni qué tipo de coloración se usó ni cómo quedó grabada, habiendo estudios que afirman que “el material que origina los colores de la tilma no corresponde a ninguno de los conocidos en la tierra” (Prof. Jody Brant, catedrático en la Universidad de Pensacolla). En varias ocasiones, durante todos estos siglos, la mano del hombre ha ido agregando o enmendando la imagen. Milagrosamente, estos arreglos han ido desapareciendo, quedando el diseño original al descubierto.

En 1791, durante una restauración, cayó accidentalmente ácido muriático en el lado superior derecho y en el plazo de un mes, sin tratamiento alguno, se reconstruye milagrosamente el trozo de tela dañado. Las estrellas que aparecen en su imagen, corresponden exactamente a la configuración y posición del cielo de México en aquella noche de su aparición.

Otra evidencia asombrosa y desconcertante la hallamos en sus ojos, que analizados con un oftalmoscopio de alta potencia, se aprecia en ellos profundidad, como si de un ojo humano se tratara. En ellos aparece el efecto llamado Purkinje-Sansom, es decir, se triplica la imagen en la córnea y en las dos caras del cristalino, fenómeno que es exclusivo del ojo vivo.

Además, y siendo un enigma todavía si cabe más inexplicable, en esos ojos se encuentran reflejados los testigos de aquel milagro guadalupano: Juan Diego enseñando la tilma al obispo, se puede apreciar un indio sentado que mira hacia lo alto; el perfil de un anciano con barba blanca, que sería el propio obispo Zumárraga; un joven que sería el intérprete de la conversación; una mujer de rasgos morenos, sirvienta del obispo y otro hombre de rasgos españoles que mira pensativo y se acaricia la barba con la mano. Es como si se tratase de una foto justamente en aquella sala donde todos estaban reunidos contemplando las maravillas del Señor obradas de la mano de la Virgen.

Podríamos seguir escribiendo libros y libros, faltarían las palabras a la vista de tantas evidencias inexplicables por la ciencia, y no solo a nivel material, sino espiritual: la cantidad de milagros, curaciones, favores y gracias concedidas por la Virgen de Guadalupe.

Es verdad que las apariciones marianas no son dogma de fe, por lo que ni siquiera sería pecado no creer en ellas. Actualmente la Iglesia reconoce en torno a una veintena de ellas, algunas más conocidas como la del Pilar, Medalla Milagrosa, Fátima, o Lourdes en la Iglesia universal, otras a nivel local diocesano, y algunas más recientes están en proceso de reconocimiento.

Pero yo no me iría tanto a la evidencia científica, que ya el Señor se encargará de darnos esas “señales” o signos de los tiempos que necesitamos para creer, porque somos débiles. Yo más bien me preguntaría ¿qué quiere decirnos el Señor a través de su Madre a los hombres? ¿Qué estamos haciendo mal y debemos corregir en nuestra vida?

Normalmente las apariciones han tenido lugar en momentos críticos, difíciles, hostiles para la fe, y los mensajes de la Virgen giran en torno a un hilo conductor: la conversión de los corazones, la oración por los pecadores y los enfermos, la acción de gracias y la petición, la misericordia de Dios y su perdón, y sobre todo, que recemos, que recemos mucho, y de manera muy especial y cariñosa, el Santo Rosario, y nos enamoremos cada día más de la Eucaristía, la confesión y los sacramentos de nuestra Madre Iglesia.

¿Acaso es poca evidencia o señal la que tenemos en la imagen de nuestra Señora de Guadalupe? ¿Queremos más todavía? ¿Y si probamos a rezar un poquito más, a nuestra Madre la Virgen, a los santos y mártires? ¿Desde cuándo no confesamos o pedimos perdón por aquel daño que hicimos o aceptamos al que nos ofendió?

Es seguro que la Virgen de Guadalupe hoy nos está pidiendo precisamente eso: no hay nadie que nos presente rosas en invierno, ni telas misteriosamente impresas o imágenes inexplicables, pero ¿nos hacen falta para saber lo que ya sabemos? Que sólo con la fe en Jesucristo, presente en cada Eucaristía, nuestra devoción a su bendita Madre la Santísima Virgen María, en la advocación que más amemos, podremos caminar en este vida, mientras estemos peregrinos, hacia la luz que no se apaga, la que no ciega, sino que alumbra las tinieblas de nuestra vida, hasta que alcancemos la eterna.

Así se lo pedimos hoy a la Virgen de Guadalupe, que está en el Cielo en cuerpo y alma, que nos proteja y nos conceda la gracia de ver más con los ojos del corazón que con los ojos de la cara.

Feliz Adviento y preparemos nuestros corazones al Señor, que ya viene.