San José de Cupertino, 18 de septiembre

Santo místico

San José de Cupertino
San José de Cupertino © Santoportal.com

Giuseppe Desa, humilde franciscano, a sí mismo se denominaba fray asno. José de Cupertino nació el 17 de junio de 1603 en Copertino, Italia, en un establo donde su padre, que era carpintero, se ocultaba de la justicia; lo buscaba por deudas contraídas con personas sin escrúpulos que se aprovecharon de él. Franceschina, su madre, le puso bajo el amparo de María. De seis hermanos nacidos, sobrevivieron dos. 

La distracción fue una de sus grandes cruces, al menos durante una parte de su vida, debido seguramente al trato distante, severo en extremo, que recibió de su madre después de quedar viuda. La debilidad y la tristeza, más quizá por la falta de ternura que por la extrema pobreza en la que quedaron sumidos al morir su padre, fueron las constantes de su infancia, época feliz para la mayor parte de los niños, pero no para él.

Nadie le tenía en cuenta. No contaba con la estima de su familia (un tío suyo acaudalado le echó de casa), ni del vecindario, que le veía siempre ensimismado. Los franciscanos conventuales le cerraron las puertas de la comunidad. Le desestimaron también por su pésima preparación académica; no tenía cualidades para el estudio. 

Padeció un grave tumor canceroso en una nalga que le mantuvo postrado durante seis años. Franceschina, terciaria franciscana, al ver fracasada su curación por una nefasta intervención quirúrgica, le llevó al santuario de Galàtone, donde se veneraba a la Virgen de las Gracias, le ungió con óleo de una lámpara, y el muchacho pudo volver a casa auxiliado por un bastón.

Siempre devotísimo de María, acudió al santuario de la Virgen de la Grottella para agradecer su curación. Después intentó aprender el oficio de zapatero, pero era una persona a la que no se le podía encomendar nada; todo lo echaba a perder, y eso le fue aislando de cara a los demás, aunque en su intimidad oraba y se sentía acogido por Dios. 

Rechazado por los Observantes reformados, logró ingresar como lego con los capuchinos. Y aunque tomó el hábito en 1620, de nuevo, y debido a su exagerada tendencia a la distracción, se vio en la calle. Además, había ocultado un nuevo tumor para que no le expulsaran, y sufrió en silencio hasta que tuvo la desdichada idea de querer solventar él mismo la lesión, con unos resultados funestos que condicionaron definitivamente su estancia en el convento.

No desistió, y pasó grandes penalidades hasta que a través de un tío suyo capuchino conventual fue acogido por la comunidad de Martina Franca. Le confiaron una humilde misión en el establo, y en los inicios de la misma su presencia fue imperceptible para el resto de los frailes soportando la cruz de muchas desdichas con bondad y paciencia.

En 1625 los religiosos unánimemente decidieron admitirle como capuchino. Alcanzó el sacerdocio de forma providencial, ya que primeramente al examinarse para el diaconado le pidieron que explicase en el examen justamente lo único que sabía, la frase: “Bendito sea el fruto de tu vientre”, y salió bien parado. Después, el obispo, al ver la buena preparación que tenían otros aspirantes, consideró que todos la compartían, y se libró de la prueba. 

Fue ordenado en 1628, una fecha que marcaba el inicio de una serie de éxtasis, carismas diversos y fenómenos místicos extraordinarios con los que sería adornado hasta el fin de sus días. Su fama de santidad crecía casi a la par que se incrementaba su oración, la mortificación, y sus constantes ayunos y penitencias.


Muchos eran agraciados por sus milagros. A las personas que acudían a él, que consideraba “cruces vivas”, les decía: “Rezar, no cansarse nunca de rezar. Que Dios no es sordo ni el cielo es de bronce. Todo el que pide, recibe”. Una vez manifestó: “He encontrado un niño sobre la cruz y lo he abrazado y he sentido arder el corazón”. Pero íntimamente escuchó: “Deja estas cruces muertas y toma la cruz viva”; la halló en la obediencia. 

Denunciaron a José en 1638 ante el Santo Oficio de Nápoles por sus inevitables y constantes levitaciones, que se producían en público; de ahí que se conociera como “el santo de los vuelos”. El arcipreste Giovanni Perillo, aludiendo a raptos sufridos mientras oficiaba misas por obediencia a su provincial, fue implacable: “Si hubiera sido un santo, hubiera huido de darse publicidad y de llamar la atención”.

Durante un año obtuvo la gracia que pidió de que cesasen estos éxtasis. San Antonio de Padua se le apareció asegurándole que la Virgen y san Francisco le ayudarían. Mientras era sometido a interrogatorios, en presencia del tribunal se reprodujeron las experiencias. Fue absuelto de las acusaciones, pero al culparle de aprovecharse de la ingenuidad del pueblo fingiendo su virtud, abandonó el convento de la Grosella. Vivió en Asís catorce años. Después le enviaron a Pietrarubbia. 

Le vetaron misa, novenas, predicación… En un momento dado advirtió: “Si alguno pregunta por mí, respóndele que soy un hombre muerto. Los otros religiosos son felices porque van a la Iglesia, al coro y a cuanto pide la obediencia. Yo, sin embargo, soy inútil y no soy bueno para nada”, añadiendo humildemente: “Mi voluntad es como un ciego guiado por el perrillo del querer de los superiores”.

Cuando los fieles dieron con él, y comenzaron las peregrinaciones, le enviaron a Fossombrone sometiéndole a un férreo aislamiento. Ese obligado encierro conllevó muchos sufrimientos. Ya no podía ni hablar, ni escribir carta alguna. Cuando el Papa levantó el veto que pesaba sobre él, sus hermanos no quisieron que volviera a la Grosella.

José fue enviado a Osimo. Recibió alegre la noticia: “¡Ahora muero contento, porque muero entre mis frailes!”. Convivió con la comunidad siete años de gran fecundidad, hasta que el 18 de septiembre de 1663 entregó su alma a Dios. Además del don de milagros, entre otros, fue agraciado con los de bilocación, profecía, conocimiento y perfume sobrenaturales. Benedicto XIV lo beatificó el 24 de febrero de 1753. Clemente XIII lo canonizó el 16 de julio de 1767.

© Isabel Orellana Vilches, 2018
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