San Juan Evangelista, “el Juanillo”

Se llamó a sí mismo “el discípulo amado”

San Juan Evangelista Juanillo
San Juan Evangelista © Raúl Berzosa

Israel Risquet, sacerdote de la archidiócesis de Sevilla, España, comparte con los lectores de Exaudi este artículo sobre la figura de san San Juan Evangelista “el Juanillo”en el día de su festividad hoy 27 de diciembre. Fue el que vivió más cercano a Jesús y a María.

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Así es como le llamábamos a la imagen de San Juan Evangelista, titular de mi Hermandad de La Sed, en el barrio sevillano de Nervión, donde me crié.

En una ocasión me dio un susto de muerte, por motivos de obras en la parroquia, donde se encuentran las imágenes titulares de mi Hermandad, fue trasladado provisionalmente a las dependencias parroquiales, ahí estaba, en un pasillo nada más subir las escaleras, todo estaba oscuro, al llegar y buscar el interruptor para encender la luz…sorpresa: El Juanillo, jejejeje, menudo impacto, ¡madre mía! El día 27 de diciembre, cercano a la celebración de la Natividad del Dios hecho Niño, celebramos la fiesta del apóstol y evangelista San Juan. Fue el que vivió más cercano a Jesús y a María.

Solamente él  reclinó su rostro en el corazón de Jesús, se llamó a sí  mismo “el discípulo amado”, el único fiel hasta la cruz; los demás huyeron, quizás por eso tuvo el privilegio de recibir a María de parte de Jesús crucificado. Este apóstol y evangelista escribió el cuarto evangelio, el libro del apocalipsis y tres cartas del Nuevo Testamento.

Al comienzo de su evangelio, él mismo relata con exactitud la llamada del Señor, incluso la hora: “serían las cuatro de la tarde” Jn 1, 36-39. Y comenzó una nueva vida. Lo primero que hizo fue buscar a su hermano Santiago y anunciarle la Buena Nueva. Ambos hermanos siguieron a Jesús;  Él les puso el sobrenombre de: “Boanerges”(los hijos del trueno), por su carácter ardiente. Aunque “de tal palo, tal astilla”, la madre de los Zebedeos (así se llamaba el padre de Juan y Santiago), pidió a Jesús en una ocasión que sentara en su trono a sus dos hijos, uno a ala derecha y otro a su izquierda, ¡casi nada! (Mt 20,21).

El joven discípulo Juan tuvo que ser corregido en varías ocasiones por Jesús de su ímpetu: entonces estaba aún lejos ese muchacho del maduro apóstol en que se convertiría. Un ejemplo es el episodio donde dice a Jesús que han tratado de impedir a uno echar un demonio en nombre de Jesús; evidentemente, El Señor le corrige (Mc 9, 38-39).

Juan ocupa un lugar de confianza de Jesús dentro del grupo de los Doce; a él se le suman su hermano Santiago y, por supuesto, Pedro. De manera que El Señor les pide que le acompañen en algunos momentos significativos, como en la resurrección de la hija de Jairo, la transfiguración o la oración en el huerto de los olivos. En la pasión de Jesús quedarán dos discípulos, Pedro y Juan, el primero renegará del Maestro, y Juan recibirá el mayor de los regalos, al pie de la cruz, el Maestro le entregará a su Madre, como madre suya y madre nuestra. Momento crucial para la Iglesia. Qué gran privilegio, Juan.

Recientemente, el Papa Francisco elevó la Memoria Obligatoria de Santa María Magdalena a la categoría de Fiesta, y además como Apóstol de Apóstoles: ella fue la primera en ver en el sepulcro a Jesús Resucitado, inmediatamente fue a anunciarlo a los discípulos. Pedro y Juan corren al sepulcro, el joven llega antes pero espera al mayor (ya había madurado algo Juan), una vez entró Pedro, lo hizo Juan, “vio y creyó”(Jn 20, 8).

Al final de su evangelio relata la aparición del Resucitado en la pesca milagrosa(Jn 21, 5-7), y cómo no, será él el que reconozca al extraño de la orilla diciendo: “es El Señor”.

No murió martirizado, aunque sufrió el martirio, es modelo de todo discípulo. Se le representa artísticamente joven y su imagen de evangelista es el águila. Solemos quejarnos de que en nuestras parroquias no hay jóvenes, Jesús solo tuvo uno, pero auténtico, pidamos al Señor que nos conceda eso: jóvenes, aunque pocos, pero auténticos.

“Oh, Dios, que por medio del apóstol san Juan nos has revelado las misteriosas profundidades de tu Verbo, concédenos comprender con inteligencia y amor lo que él ha hecho resonar en nuestros oídos admirablemente. Por nuestro Señor Jesucristo”. Amén.