Santa María Madre de Dios: Luz de nuestra esperanza

1ª fiesta mariana, comienzo del año

María Madre Dios esperanza
Virgen María con el Niño Jesús © Cathopic. Fernando Navarro

El sacerdote Carlos J. Gallardo ofrece a los lectores de Exaudi este artículo sobre la Solemnidad de Santa María Madre de Dios, luz de nuestra esperanza, celebrada el 1 de enero.

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El 1 de enero, la Iglesia celebra la Solemnidad de Santa María Madre de Dios. Se trata de la primera fiesta mariana que apareció en la Iglesia occidental en torno al siglo VI. Dentro de la liturgia hispano-mozárabe esta fiesta se celebraba el 18 de diciembre con la Santa María de la esperanza. La maternidad de María está unida evidentemente a la esperanza. Ella es Madre de nuestra esperanza, Ella nos da a luz a la esperanza de los pueblos, Cristo el Señor, el príncipe de la paz.

Pero, ¿Qué significa que María es Madre de Dios? Desde los comienzos de nuestra fe, la Iglesia ha vivido este misterio en plenitud. Fue en el siglo V cuando se puso en cuestión que María fuera la Madre de Dios. Nestorio, Patriarca de Constantinopla afirmaba los siguientes errores. Que hay dos personas distintas en Jesús, una divina y otra humana. Que estas naturalezas no están unidas. Por lo tanto, María no es la Madre de Dios pues solamente es la Madre de Jesús Hombre.  Evidentemente al negar Nestorio que María es Madre de Dios, niega también que Jesús fuera una persona divina.

El pueblo de Dios reaccionó con fuerza ante la negación de la maternidad divina de María y pidió al Santo Padre y a los obispos una respuesta por parte de la Iglesia. Fue en el Concilio de Éfeso (431). La doctrina referente a María está totalmente unida a la de Cristo, por ello confundir una, es confundir a la otra. Por ello cuando la Iglesia defiende la maternidad divina de María, defiende la persona divina del Hijo y viceversa.

Recogemos aquí el texto del Concilio de Éfeso que define esta verdad de fe creída siempre por la Iglesia:

Pues, no decimos que la naturaleza del Verbo, transformada, se hizo carne; pero tampoco que se trasmutó en el hombre entero, compuesto de alma y cuerpo; sino, más bien, que habiendo unido consigo el Verbo, según hipóstasis o persona, la carne animada de alma racional, se hizo hombre de modo inefable e incomprensible y fue llamado hijo del hombre, no por sola voluntad o complacencia, pero tampoco por la asunción de la persona sola, y que las naturalezas que se juntan en verdadera unidad son distintas, pero que de ambas resulta un solo Cristo e Hijo; no como si la diferencia de las naturalezas se destruyera por la unión, sino porque la divinidad y la humanidad constituyen más bien para nosotros un solo Señor y Cristo e Hijo por la concurrencia inefable y misteriosa en la unidad… Porque no nació primeramente un hombre vulgar, de la santa Virgen, y luego descendió sobre Él el Verbo; sino que, unido desde el seno materno, se dice que se sometió a nacimiento carnal, como quien hace suyo el nacimiento de la propia carne… De esta manera [los Santos Padres] no tuvieron inconveniente en llamar madre de Dios a la santa Virgen”.

Pero, de esta verdad de fe, ¿Qué podemos extraer para nuestra vida espiritual? María en el momento de la Encarnación recibe la vocación de ser la Madre del Señor. Y en el momento de la cruz, del Calvario, recibe la misión de ser la madre de toda la humanidad. Por ello no podemos apartar la vista del misterio de María porque Ella nos lleva al misterio de Cristo. Y al mismo tiempo el misterio de Cristo nos lleva al misterio de María. Según este principio podemos experimentar a María como:

  • Madre: Ella es Madre de Cristo y Madre nuestra. Ha dado a luz a la Luz del mundo. Por eso en Ella y por Ella se cumplen todas las promesas. Es Madre de la Esperanza pues de su seno ha brotado la esperanza de la humanidad. Todo niño pequeño, cuando tiene miedo, cuando busca seguridad, cuando necesita algo, acude a su Madre. ¡No dejemos de buscar a María en toda contradicción y llamémosla MADRE!
  • Maestra: María también por su misión de Madre, se convierte para nosotros en maestra. Todos, de pequeños, aprendimos a hablar y a dar nuestros primeros pasos de la mano de nuestras madres. De hecho, hablamos de “lengua materna”, así llamamos a la lengua que aprendimos en nuestra casa, en nuestra infancia. También en la vida espiritual necesitamos aprender las virtudes, aprender a tener corazón bueno, aprender de Jesús. Nadie como María nos podrá enseñar este camino. ¡Apuntémonos a su escuela! Aprendamos de Jesús con y en María.
  • Virgen: es muy llamativo que Dios quiso nacer de una Madre virgen. Ha querido subrayar que para Dios nada hay imposible, y Él puede hacer que una virgen (aparentemente infecunda) dé fruto. La virtud de la castidad, la pureza, la modestia no son virtudes que hoy en día se estilen. Sin embargo, el Señor las hace muy fecundas. Aprender a mirar a los demás limpiamente (también dentro del matrimonio), usar un lenguaje sin estridencias y sano, usar los medios audiovisuales lejos del peligro de convertir el cuerpo humano y el valor sagrado de la sexualidad en algo banal, la pureza de las intenciones y del corazón son un tesoro. Son un don que María Madre y Virgen nos quiere conceder. ¡Acerquémonos a Ella! ¡Pidámoslo con fe! Ella nos lo quiere conceder.

Que en este nuevo año que comenzamos de la mano de María, sea un año mariano, un año con Ella, un año vivido en los más íntimo de su inmaculado Corazón.

¡Feliz año nuevo!