Septiembre, ¿mes de la Biblia?

Conocer las fuentes de la propia fe

Septiembre, ¿mes de la Biblia?
Biblia © Cathopic. Il Ragazzo
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El padre Joaquín Mestre, sacerdote de la archidiócesis de Valencia, España, y experto en las Sagradas Escrituras, comparte con los lectores de Exaudi este artículo de análisis sobre septiembre, que comienza hoy, como mes de la Biblia.

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Cuando me pidieron que escribiera un artículo sobre “Septiembre, el mes de la Biblia”, lo primero que pensé es “No sabía que Septiembre fuera el mes de la Biblia”.


Como se supone que a estas alturas de la vida uno debería saber ya ciertas cosas básicas, callé mis dudas, avergonzado, y acepté el encargo confiando encontrar en Internet material suficiente para corregir mis lagunas.

Intentando documentarme un poco encontré numerosas páginas web que decían: “La Iglesia celebra en Septiembre el mes de la Biblia”, pero no citaban ningún documento oficial que lo respaldara. También encontré otras con la frase de san Juan Pablo II: «Los católicos durante el mes de septiembre debemos dedicarlo a impulsar el conocimiento y divulgación de los textos bíblicos con mayor énfasis”, sin citar cuándo ni dónde la dijo. La incoherencia gramatical de la frase hacía sospechar lo que más adelante constaté: esta afirmación no proviene de ningún texto oficial de Juan Pablo II, sino de un corta y pega mal hecho de un blog de divulgación religiosa.

Sirva lo anterior como mera anécdota de algo más importante y más triste: esa piadosa credulidad —tan extendida en el mundo católico— que permite la difusión continua por internet y redes sociales de frases atribuidas falsamente al Papa Francisco, a la Madre Teresa o a Agustín de Hipona. Aún más grave resulta esa tendencia irresponsable a utilizar la expresión “la Iglesia dice”, “la Iglesia celebra”, o “la Iglesia cree” para introducir afirmaciones sin ningún respaldo oficial que permita reconocerlas como algo que la Iglesia dice, celebra o cree. A la confusión propia de la cultura que vivimos contribuimos los católicos con un brumoso conocimiento de nuestra fe.

Y por todo ello es muy necesario que la Iglesia dedique un mes —septiembre o el que sea— a la Biblia. Porque la ignorancia acerca de las fuentes de la propia fe es una falta de amor irresponsable y suicida.

La renovación que quiso ser el Concilio Vaticano II manó del deseo de volver a las fuentes. El Concilio es fruto de la confluencia de los movimientos bíblico, litúrgico, ecuménico, patrístico… movimientos todos que pretendían conocer los orígenes de la vida de la Iglesia para ayudarla a ser fiel en el momento actual al mismo mandato de Cristo proclamado en el siglo I: “Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura” (Mc 16,15). Toda renovación requiere distinguir lo fundamental de lo que se ha ido adhiriendo con el paso del tiempo para poder discernir qué preservar y qué actualizar. Y por ello es urgente la tarea de conocer y comprender lo que creemos para poderlo «servir» dignamente a los hombres de hoy.

Volviendo a lo de “septiembre, mes de la Biblia”. Por lo visto se trata de una iniciativa atribuida a la archidiócesis de Belo Horizonte (Brasil), que en 1971, celebrando su 50 aniversario, acompañó a las Hermanas Paulinas en una iniciativa para promover en septiembre el conocimiento de la Biblia. Ayudada por los jóvenes aires del Concilio la idea se fue extendiendo a otras diócesis de Brasil y de Latinoamérica y también a otras confesiones cristianas.

La idoneidad del mes de septiembre para animar el acercamiento a la Biblia proviene de que en él se celebran dos efemérides importantes en el ámbito bíblico.

En primer lugar, la muerte de san Jerónimo, que, por encargo del Papa Dámaso se consagró a elaborar una traducción de toda la Biblia al latín, la lengua común del imperio romano. Tuvo que aprender hebreo para garantizar la fidelidad de su traducción a los textos originales.

Por otro lado, el 28 de septiembre de 1569 se publicó en Suiza, fruto del trabajo de Casiodoro de Reina, la “Biblia del Oso” —la primera traducción íntegra al castellano de la Sagrada Escritura— que buscaba favorecer su lectura a quienes no sabían ni latín, ni griego ni hebreo.

Tanto san Jerónimo como Casiodoro, cuidadosos traductores, son dos insignes nombres en una lista inmensa de cristianos que han reconocido la importancia de que todos los bautizados pudieran acceder, del modo más inmediato posible, a esa fuente fundamental de nuestra fe que es la Biblia. El Papa Benedicto XVI —con la Verbum Domini— y el Papa Francisco —con su dedicación del tercer domingo del tiempo ordinario a la Palabra de Dios— son los ejemplos papales más recientes de ese mismo amor a la Biblia.

“La ignorancia de las Escrituras es la ignorancia de Cristo”, decía san Jerónimo (In Is., Prólogo: PL 24,17). Baste esta afirmación para animarnos a todos a acercarnos con veneración al conocimiento de la Escritura y de la auténtica tradición cristiana, tanto este mes de septiembre… como el resto del año.

Nuestra fe merece de nosotros mayor empeño que el de citar irresponsablemente lo que “La Iglesia celebra” o “el Papa dice”. La Nueva Evangelización no necesita repetidores huecos de fórmulas estereotipadas, sino testigos fieles y maduros de que la Palabra se ha hecho carne y habita entre nosotros.

Este año es el 50 aniversario de la hermosa iniciativa de la archidiócesis de Belo Horizonte. Es un momento óptimo para que cada uno según sus posibilidades reciba esa preciosa antorcha de acoger y transmitir con todo cuidado el tesoro de la Palabra de Dios escrita.

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