Teología para Millennials: El Papa en Grecia, ‘solatio migrantium’

Francisco, “consuelo de los migrantes”

Teología Millennials Papa Grecia

El padre Mario Arroyo Martínez, ofrece su artículo semanal de Teología para Millennials en el que reflexiona sobre el mensaje de Francisco en su reciente viaje a Grecia, con el que se ha convertido en solatio migrantum (consuelo de los migrantes).

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“Consuelo de los migrantes” es una de las nuevas letanías del Santo Rosario propuestas por Francisco. Pienso que, además de la Virgen, puede decirse de Francisco que realmente es “consuelo de los migrantes”; así por lo menos ha sido en su viaje a Chipre y Grecia. En efecto, ha sido conmovedor su llamado a no “hacerse de la vista gorda” y mirar a otro lado, sino a encarar valientemente el dramático tema migratorio. Ha sido enternecedor su cercanía e interés preponderante por los migrantes

El mensaje de Francisco, tanto en ámbito ecuménico como en el migratorio tiene en común dos factores: en clave negativa, eliminar barreras que nos separan, pues somos “hermanos, amigos, creyentes, prójimos”, no números de estadísticas frías e impersonales. En ámbito positivo, invita a desarrollar “talleres de fraternidad”, es decir, descubrir en el otro, ya sea católico u ortodoxo, migrante o autóctono, a un ser semejante a mí, con rostro, sueños, ilusiones y esperanzas.

En Lesbos Francisco hace un llamado a sanar las auténticas causas del problema migratorio, es decir, el tráfico de armas, la guerra, la injusticia y la pobreza. Pone el dedo en la llaga cuando denuncia el individualismo de la cultura dominante en occidente, que nos lleva a cerrar los ojos y el corazón al migrante: “ruego a Dios que nos despierte del olvido de quien sufre, que nos sacuda del individualismo que excluye, que despierte los corazones sordos a las necesidades del prójimo. Y ruego también al hombre, a cada hombre: superemos la parálisis del miedo, la indiferencia que mata, el cínico desinterés que con guantes de seda condena a muerte a quienes están en los márgenes. Afrontemos desde su raíz al pensamiento dominante, que gira en torno al propio yo, a los propios egoísmos personales y nacionales, que se convierten en medida y criterio de todo.”

En ese sentido Francisco, con dramática comparación, hace una invitación para que el Mediterráneo, el “mare nostrum” no se convierta en el “mare mortuum”, es decir, que el “mar nuestro” no devenga en el “mar de los muertos” como lo está siendo actualmente, pues “el Mediterráneo, que durante milenios ha unido pueblos diversos y tierras distantes, se está convirtiendo en un frío cementerio sin lápidas.” En su mente, el Mediterráneo debe volver a unir culturas, no a separarlas.

Por dos veces en su discurso Francisco cita al Premio Nobel, escritor y superviviente de los campos de concentración nazis, Elie Wiesel. Las referencias son oportunas viniendo de alguien que sufrió en carne propia lo que ahora padecen muchos refugiados: “Me acerco a los hombres, mis hermanos, porque recuerdo nuestro origen común, porque me niego a olvidar que su futuro es tan importante como el mío.” El futuro de los migrantes es tan importante como el nuestro, ni menos ni más. Y parece que los hemos dejado de lado. Francisco se lamenta de que mientras la problemática de la pandemia está ya encauzada y parece que se mueve algo en torno al problema del cambio climático “todo parece terriblemente opaco en lo que se refiere a las migraciones.” Y no debemos olvidar, nuevamente en palabras de Elie Wiesel que “cuando las vidas humanas están en peligro, cuando la dignidad humana está en peligro, los límites nacionales se vuelven irrelevantes.”

Francisco, en definitiva, da voz y visibilidad a los migrantes, para que no sean los grandes olvidados de un mundo desarrollado. No solo con discursos, sino con gestos, como él dice, mirando sus ojos, sus rostros, escuchando sus dramáticas historias. Encuentra, además, en el problema de la migración, un puente ecuménico, donde los cristianos de diferentes tradiciones podemos encontrarnos y trabajar y, ¿por qué no?, luchar por la dignidad humana. No se queda en los discursos, va más allá, a los hechos, y se lleva a un buen grupo consigo a Italia. Esperemos que su dramático llamado no caiga en oídos sordos, y que occidente se haga cargo de su histórica responsabilidad humanitaria.

Ahora bien, como cristianos no podemos quedarnos tranquilos esperando simplemente a que los gobiernos adecúen sus políticas al drama migratorio. Debemos, en cambio, hacernos la pregunta personalmente: “¿qué hago yo por los migrantes?” O, en su defecto, “¿qué hago yo por los necesitados?” Sólo así acogeremos el dramático llamado de Francisco y podremos ser, como él, “solatio migrantium”.