Testimonios ‘Desde la Calle’: La Virgen, mujer poderosa

Protección maternal de María

Desde la calle Virgen
Figura de la Virgen con Jesús © Cathopic

“La Virgen, mujer poderosa” es un testimonio incluido en el libro Desde la Calle. Relatos que no olvidaré, escrito por el sacerdote D. Antonio Ducay.

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El chico no era católico, pero su amigo sí. Tenían unos ocho años. Estudiaban en el mismo colegio. Un día, su amigo rezó el Ave María en voz alta, le gustó lo que oía, quiso aprenderlo de memoria y rezaba el Ave María, sin tener idea de lo que decía. Como es lógico, pronto su madre lo oyó.

-¿Qué es eso que dices?

-Se lo escuché a otro niño.

-No vuelvas a decirlo. Los católicos tienen una diosa que llaman María, que dicen que es madre de Dios, pero es mentira.

No dijo el Ave María, pero le quedó una inquietud por conocer más de ella. Pasó tiempo, y cayó en sus manos una Biblia. Leyó por curiosidad y encontró esas palabras que le decía un ángel a María. Le gustó el relato. Volvió a decir el Ave maría, pero en silencio, sin que nadie se enterase.

Un día, le preguntó a su amigo cómo era esa mujer y luego le iba preguntando más cosas. Se enteró que María tenía un hijo, se llamaba Jesús, también tuvo la misma edad que ellos, y era hijo de un carpintero. Que estaba casada con José. Quiso saber más de María y de José. Su amigo le prestó un libro que se llamaba “Los cuatro evangelios”. Lo escondió y lo leía, de vez en cuando, y cada vez con más interés. Llegó a leer y releerlos.

Seguía con el deseo de conocer más sobre esa mujer, María, que la visitaba un ángel. Un día dio un paso importante: le pidió a su amigo que lo llevase a Misa. Entendió poco. Tardó en volver. Luego, repitió y fue con más frecuencia. Los períodos de interés se alternaban con otros fríos, pero siempre continuaba diciendo el Ave María.

Le hacía preguntas a su amigo que no sabía bien cómo contestar y le dijo que se las contestaría mejor un sacerdote que conocía. Conversaron. Aprendió qué es ser cristiano. Le llamaba la atención la comunión y preguntaba qué era eso. Se enteró del bautismo, rechazó la idea, luego empezó a dudar. Por fin le dijo al sacerdote que había decidido hacerlo.

El sacerdote le hizo ver que no era fácil, que sus padres no estarían de acuerdo y que lo pensase bien. “Además, le dijo, sólo tienes quince años.” Lo pensó más y a los pocos meses insistió. El sacerdote, viendo que estaba preparado y lo pedía de verdad, aceptó.

Faltaba comunicarlo a sus padres. Lo hizo. La guerra fue total. Ingresó a la universidad, durante la carrera la oposición de sus padres se fue suavizando. Cuando la terminó, vino otra sorpresa todavía mayor: había decidido hacerse sacerdote. Logró que asistiesen a su ordenación sacerdotal.

Este es el relato que en una fiesta de la Virgen contaba un sacerdote. La terminó diciendo: “ese hombre soy yo y deseo agradecer a la Virgen todo lo que soy. Les recomiendo que ustedes agradezcan a la Virgen todo lo que son y le pidan con confianza lo que tienen en su corazón”.

La Virgen llevó de la mano a este hombre y lleva de la mano a muchos otros. No todos aceptan su protección maternal, porque la correspondencia a las gracias de Dios es libre. Cada persona es distinta, incluso en una misma persona hay cambios notables. Durante temporadas puede corresponder bien a las gracias de Dios y otras puede entibiarse o enfriarse.

Hay un punto, en un libro de meditación muy conocido que se llama “Camino”, el 495: “A Jesús siempre se va y se “vuelve” por María”. En esos tiempos de frialdad o tibieza, la Virgen es camino de “vuelta”. En el caso de este sacerdote, fue camino de ida.