“Tú eres mi Hijo”, fiesta del Bautismo de Jesús: Reflexión de Mons. Enrique Díaz

Vivir como personas bautizadas es vivir movidas y dirigidas por el Espíritu de Dios

Fiesta del Bautismo de Jesús
Bautismo del Señor © Misioneros digitales

Monseñor Enrique Díaz Díaz comparte con los lectores de Exaudi su reflexión sobre el Evangelio del próximo 9 de enero de 2021, titulado “Tú eres mi Hijo”, Fiesta del Bautismo de Jesús.

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Isaías 42, 1-4. 6-7: “Miren a mi siervo en quien tengo mis complacencias”

Salmo 103: “Bendice al Señor, alma mía”.

San Pablo a Tito 2, 11-14; 3, 4-7: “El nos salvó mediante el bautismo que nos regenera”

San Lucas 3, 15-16. 21-22: “Después del bautismo de Jesús, el cielo se abrió”

¿Qué decir a una familia que se enfrenta al drama del suicidio de un hijo? Con datos alarmantes nos informan tanto el Inegi como la Organización Mundial de la Salud el creciente número de suicidios, sobre todo ahora con la pandemia, y aducen diversas causales como las depresiones, el alcohol y la droga, pero insisten en que “el suicidio está ligado a la desesperanza. Aunque influyen muchos factores, no parece un acto racional y representa la única salida que muchas personas encuentran a los problemas, al dolor y a la miseria” Serán explicaciones muy científicas, pero ¿qué decirle a un padre frente al cadáver de su hija?

Hoy, regresamos al primer domingo llamado “ordinario”, después de haber estado celebrando grandes fiestas en los domingos pasados. Al decir “ordinario” no queremos expresar que sea aburrido, indiferente, o apático. Todo lo contrario, tendremos que llevar a la vida diaria, el extraordinario acontecimiento que nos ha comunicado Jesús. El mismo Jesús hoy parece iniciar el camino de todos los hombres y mujeres de su tiempo formándose en la fila de los pecadores que buscan perdón de sus pecados.

Y ese acontecimiento que parecía de multitudes, se convierte en una nueva epifanía, una nueva manifestación, al abrirse los cielos, descender el Espíritu en forma de paloma y escucharse aquella voz venida del cielo: “Tú eres mi Hijo, el predilecto; en ti me complazco”. Sí, aquel hombre ordinario que se asemeja a todos, que baja en la misma fila de los pecadores y que quiere estar junto a los suyos, es Hijo de Dios. Pobremente, por la puerta pequeña, entró en el mundo. Y sin grandes medios, aspavientos o pretensiones comienza su misión. San Lucas, habiendo experimentado Pentecostés como explosión del Espíritu, busca descubrirnos y manifestarnos a Jesús, desde este momento, movido por el Espíritu y amado por Dios. Grandeza de misión, pequeñez y sencillez del enviado. No importan las exterioridades, lo importante es lo que lleva en su interior.

Como Jesús también sus discípulos vivieron su “bautismo” en Pentecostés, cuando el Espíritu Santo incendió su corazón con lenguas de fuego. Aquello fue un auténtico bautismo, que convirtió a unos discípulos huidizos y miedosos en predicadores y evangelizadores intrépidos del evangelio. Eso es lo que va a hacer, decía Juan el Bautista, el que viene detrás de mí y al que yo no soy digno de desatar la correa de la sandalia. Una persona bautizada en el nombre de Jesús es una persona inundada de Dios que, en medio de sus debilidades, actúa movida siempre por el Espíritu. Los bautizados seguimos siendo personas inclinadas al pecado, pero con el deseo auténtico y sincero de vencer siempre al pecado.

Vivir como personas bautizadas es vivir movidas y dirigidas por el Espíritu de Dios, personas incendiadas por la pasión evangelizadora de Jesús, personas empeñadas en construir en esta tierra el reino de Dios. Vivir como personas bautizadas es vivir predicando el amor a Dios y al prójimo, vivir en la fraternidad universal, en la justicia misericordiosa, sembrando paz y esperanza en este mundo lleno de egoísmos y ambiciones, de guerras y discordias. Vivir como personas bautizadas es ser discípulo del que quiso nacer y vivir como pobre, del que vivió luchando contra unos poderes políticos y religiosos que querían hacer de la religión un mercado y un negocio al servicio de los más ricos y poderosos. Vivir como personas bautizadas es seguir al Cristo que prefirió morir en una cruz, antes que callarse y claudicar ante jefes y autoridades ambiciosas y corruptas. Vivir, en fin, como personas bautizadas, es intentar vivir como vivió nuestro Maestro, Jesús de Nazaret. Al celebrar el bautismo de Jesús, celebramos nuestro propio bautismo.

La mayoría de nosotros no recordamos nuestro bautismo porque éramos muy pequeños. Quizás algunos hayan tenido la suerte de ir descubriendo su significado más profundo. Todos debemos tener un momento en el que sentimos con más fuerza esa llamada que Dios nos hizo en el momento de bautizarnos y debemos responder con valentía a esa llamada. Pedro hace memoria y recuerda su llamada en el lago, precisamente el lago de Galilea. “La cosa empezó en Galilea”, dice él, porque es allí donde el Señor le llamó. Nuestro bautismo fue la llamada de Jesús, pero además hay una “galilea” particular de cada uno, donde sentimos la llamada con más fuerza. Hoy es un buen día para hacer memoria agradecida y recordarlo. En estos momentos de pandemia y de duda, nuestro bautismo nos debería urgir a una renovación y una actualización de un sacramento que nos compromete a dar razón de nuestra esperanza, que implica un impulso renovador y evangelizador, que nos exige ser personas nuevas que abandonan el hombre viejo atorado en costumbres egoístas y tacaños horizontes. El bautismo de Jesús y nuestro propio bautismo, nos abren a nuevas ilusiones y a  la participación de una vida nueva.

Lo que hoy debe quedar inscrito en mi corazón, frente a un mundo que denigra a la persona y abusa de ella, frente al desencanto de la vida, frente a a las graves pruebas, son las palabras que el Padre nos dirige también a cada uno de nosotros: “Tú eres mi Hijo, el predilecto”, es decir soy un miembro especial de la familia de Dios, uno de los suyos, que busca sus ideales, que recibe su amor, que participa  de su misma vida. Estoy llamado a los más altos ideales sin dejarme seducir por las llamadas del mundo ni por sus fuegos artificiales, sin temor al sufrimiento, sin temor a la cruz: “Soy Hijo de Dios”. No podemos vivir en el vacío y con desesperanza, no podemos dejarnos vencer por las dificultades y el dolor: “Somos Hijos de Dios”.

¿Qué sentido le hemos dado a nuestro bautismo? ¿Cómo estoy viviendo mi dignidad de Hijo de Dios? ¿Cómo construyo mi comunidad a semejanza del Dios Trino de cuya vida participamos por el bautismo? Dios Padre Bueno, que en el bautismo de Jesús nos invitas a participar de tu vida Trinitaria, concédenos que, asumiendo con alegría nuestra dignidad de hijos tuyos, trabajemos en la búsqueda de la verdadera unión, armonía y paz de todos los pueblos. Amén.