Pablo VI, Papa «mártir»

La Librería Editrice Vaticana publica el 18 de enero el libro «Pablo VI, Doctor del Misterio de Cristo», que recoge las homilías que el cardenal Marcello Semeraro, prefecto del Dicasterio para las Causas de los Santos, pronunció el 6 de agosto desde 2008 hasta 2014, en el aniversario de la muerte del Papa Montini. El volumen cuenta con un prefacio del Papa Francisco, que publicamos a continuación, y un epílogo de monseñor Leonardo Sapienza, regente de la Prefectura de la Casa Pontificia

Me alegra que el cardenal Marcello Semeraro haya decidido publicar la serie de homilías pronunciadas en el día de la Transfiguración del Señor, que es también el aniversario del tránsito de san Pablo VI de «esta tierra dolorosa, dramática y magnífica», como la llamó en su Testamento, a la casa del Padre. Me alegra también que lo haya elegido en este año 2023, cuando se cumplen sesenta años de la llamada de Giovanni Battista Montini al ministerio petrino.

¡Pablo VI! A menudo se me ha ocurrido pensar si este Papa no debería ser considerado un «mártir». Una vez, en un encuentro privado en las cercanías del rito de beatificación del Papa Montini, se lo dije también al obispo Marcello. Le pregunté, entre serio y jocoso, si en el rito debía llevar vestiduras litúrgicas rojas o blancas. No me entendió y observó que el rojo era el color prescrito para las exequias de los Papas… Le expliqué lo que quería decir y se quedó pensativo conmigo.

De hecho, el 15 de diciembre de 1969, durante el clásico intercambio de felicitaciones navideñas con el Colegio Cardenalicio y la Curia Romana, Pablo VI se refirió al hecho de que el Vaticano II había «producido un estado de alerta y, en ciertos aspectos, de tensión espiritual», incluida la crisis de muchos sacerdotes. En ese contexto dijo: «Esta es nuestra corona de espinas».

La exhortación a amar a la Iglesia fue una de las más frecuentes y repetidas en el magisterio de Pablo VI. La consideraba como el espejo donde vemos a Cristo, el espacio donde nos encontramos con Cristo y esto era, para él, el unum necessarium. Todos recordamos su oración a Cristo, ¡el único necesario! Y es este amor único y absoluto por Cristo lo que el cardenal Semeraro quiso subrayar con sus homilías, contextualizadas en el misterio de la Transfiguración.

De Cristo transfigurado, San Pablo VI fue el contemplador, el predicador, el testigo. Se diría que quiso entrar en esa escena evangélica como compañero de los tres apóstoles elegidos por Jesús. Más aún: su deseo íntimo y secreto fue siempre ser «cum ipso in monte» y esto hizo que su vida misma se transfigurara.


Me alegra que se publiquen estas reflexiones, porque la figura de san Pablo VI siempre me ha atraído también a mí. Ya he dicho en otras ocasiones cómo algunos discursos de este Papa -como los de Manila, Nazaret…- me han dado fuerza espiritual y han hecho tanto bien en mi vida. Es bien sabido que mi primera Exhortación Apostólica Evangelii gaudium pretendía ser un poco la otra cara de la moneda de la Exhortación Evangelii nuntiandi, un documento pastoral que quiero mucho. Todos, por otra parte, me han oído repetir a menudo la expresión que de allí descendió a mi corazón: la dulce y reconfortante alegría de evangelizar. La repetía cuando era obispo de Buenos Aires y la repito hoy.

El título elegido para esta colección recoge una frase de Marie-Joseph Le Guillou, gran teólogo dominico a quien también aprecio mucho. La escribió en un volumen dedicado a la grandeza profética, espiritual y doctrinal, pastoral y misionera del Concilio Vaticano II. Por tanto, también de él quisiera tomar ejemplo antes de concluir estas líneas de presentación. En efecto, al acercarse el acontecimiento jubilar de 2025, he pedido a todos que se preparen para él tomando en sus manos los textos fundamentales del Concilio Ecuménico Vaticano II.

Ahora bien, en ese libro suyo, el padre Le Guillou describe el Vaticano II como un acto de contemplación del Rostro de Cristo. También bajo esta luz, el magisterio del Vaticano II debe ser releído, estudiado, profundizado y puesto en práctica. A un jesuita que, durante un encuentro en Vilnius, Lituania, me había preguntado cómo podía ayudar, le respondí: «Los historiadores dicen que hacen falta 100 años para que un Concilio se aplique. Estamos a mitad de camino. Por tanto, si quieres ayudarme, actúa de modo que el Concilio avance en la Iglesia».

¡Contemplar el rostro de Cristo! En la Evangelii gaudium escribí que todo predicador «es un contemplativo de la Palabra y también un contemplativo del pueblo». Quisiera decir que también lo es la Iglesia-sinodal. Contemplativa de la Palabra y también contemplativa del santo pueblo fiel de Dios. Deseo de todo corazón que esto sea también lo que alienten las reflexiones escritas en estas páginas.