Fiesta del la Asunción: El triunfo de la Virgen

¿Cómo ha vivido ella su libertad?

Asunción de la Virgen © Cathopic. Nous Deus

En la fiesta de la Asunción, celebrada cada 15 de agosto, el sacerdote y doctor en Filosofía, José María Montiu, ofrece esta reflexión titulada “El triunfo de la Virgen”: ¿Cómo ha vivido ella su libertad?.

***

La Asunción y la triunfante coronación de la madre de Dios como reina de todo lo creado manifiestan el triunfo de María Santísima. Esto es, logran mostrar que ella ha usado bien de su libertad. ¿Cómo ha vivido ella su libertad?

Ella ha sido la esclava del Señor. Ecce ancilla Domini. Fiat mihi secundum verbum tuum. He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra. Ella es la que sólo ha querido hacer la voluntad de Dios, la voluntas Dei. Podía, pues, decir, aún más que Teresa, la de Jesús: vuestra soy, para Vos nací, que mandáis hacer de mí.

Esto es, a María le basta hacer el bien y evitar el mal. Está fuertemente atada al bien, y, a la vez, totalmente desatada del mal. Esto en modo alguno es en detrimento de la alta dignidad de la persona humana, pues toda libertad es estar atado a algo, lo que importa es que la libertad esté atada a algo bueno y no a algo malo. No existe una libertad que esté desatada de todo, desvinculada de todo.

El Señor es el Señor. El Señor es el amo. María cree en el Señor. Tiene al Señor como su Señor. Decir que “Él es su Señor” es lo mismo que decir que ella “es la esclava del Señor”, y viceversa.

María al sujetarse en todo, como verdadera esclava, al querer divino, no suprime su propio querer, sino todo lo contrario. Quiere libremente lo que Dios quiera, se sujeta libérrimamente. El querer de Dios lo hace su propio querer. Querer, éste, que vive y desea de modo intensísimo, con todas sus fuerzas, con todo su ser, con plenísima libertad.

Haciendo su voluntad igual, o conforme, a la voluntad de Dios todopoderoso, que todo lo puede, no disminuye su voluntad libre finita de creatura, sino qué ésta se dilata de un modo maravilloso, cuasi infinito.

El Señor sólo quiere el bien del hombre. Sólo quiere la plenitud de la libertad humana. Secundando, pues, los designios divinos, el hombre alcanza la verdadera libertad, su máxima libertad. Porque María es la esclava del Señor es la persona humana más libre.

María ha sido grande en el ejercicio de su libertad porque no ha hecho consistir su libre elección, free choice, en elegir independientemente de Dios, sino en dependencia de Dios, conforme a los mandatos de la voluntad divina. Ha sido una sabia elección estar atada a Dios en vez de estar encadenada a las criaturas.

María, obediente a la voluntad de Dios, ha aceptado su designio creacional, la condición de mujer, que Dios le ha dado. Ha aceptado su feminidad. Ha sido verdadera y perfecta mujer, totalmente y sólo mujer, la más mujer, la más plenamente mujer.


No ha sido sólo “una” mujer, sino “la mujer”, la mujer por excelencia. Es tanta su grandeza que ninguna mujer desde la creación del mundo podrá llegar a ser tanto como ella. En este sentido, hay una distancia infinita entre María y las demás mujeres. Esto es, hay una distancia insalvable en perfección, en belleza. Ella es el modelo de mujer más magnífico. ¡Es la más estupenda! ¡La más bonita! Como dice san Bernardo, de ella nunca se dirá bastante. Como dice Suárez, ella tiene una grandeza casi infinita.

Es tanta la dignidad de las mujeres qué, como ha dicho san Juan Pablo II en Mulieris dignitatem, no se pueden acontentar con menos que con imitar a María, la preciosa, rosa tan bella.

En María destaca especialmente su maternidad. Ella, a diferencia de las abortistas, ha decidido llevar adelante su embarazo. Así nos ha dado al Señor y Salvador de la humanidad, al deseado de las naciones, a la flor más bella. De que nos valdría haber nacido, sino hubiéramos sido salvados.

La vivencia de la maternidad de María, incluso en medio de la pobreza física, no ha disminuido en nada su libertad y sus posibilidades de plena realización. Sino que ante el Niño Jesús bien podía decir: ¡poesía, eres tú! O, como la santa de la alegría: Vea quién quisiere rosas y jazmines, que si yo te viere, veré mil jardines. Como decía santa Teresa de Jesús: el gozo que se tiene con Jesús es sobre todo gozo. María, que tiene corazón de madre, está contenta con su niño.

La vida de María junto a Jesús fue una vida sencilla. Es cierto. Pero, también es verdad, y muy digno de ser considerado, que las almas más grandes son las más sencillas.

Lo que hace grande a un alma no son los bienes consumibles, lo externo, lo extrínseco, sino el amor hermoso. Una vida que ama, que se entrega, es una vida valiosísima, hermosísima. Vida de amor a Dios, amor Dei, y amor a los demás.

El hogar de Nazaret es escuela donde se aprende la verdadera grandeza de la vida humana. Allí se descubren los caminos divinos de la tierra, es Cristo que pasa, la poesía y la música fantástica de lo cotidiano, explosión de santidad.

La vida de María es una vida plenamente realizada, mucho más realizada, mucho más liberada, que la de todas las emperatrices y que la de todos los Premios Nobel.

María puede calificarse de ser no sólo “una mujer” sino “una mujer más”. “Más” entendido como adición. Pues, ella es una mujer siempre unida al Señor. En ella no encontramos a una mujer sola sino a “una mujer” más –una “mujer más”- el Señor. Ella está siempre adornada con la perla fina, la divinidad. En esta unión está su grandeza.

En suma, en la vida de María hay una mina que contiene grandísimos y muchísimos tesoros. Urge redescubrir a María como modelo hermosísimo para todas las mujeres. O como diría, el Papa Francisco, urge profundizar en el genio femenino.