Básica omisión en el film Cabrini

Estoy segura de que la película de Monteverde: Cabrini. Una mujer italiana no deja indiferente a quienes la vean. Simplemente, la primera secuencia muestra un dramatismo que impregna todo su metraje manteniendo el ritmo y el interés del espectador. No voy a manifestarme como crítica de cine, que no lo soy, pero sí como religiosa y hagiógrafa, autora de dos santorales, uno de los cuales ofrece a diario Exaudi. Y coincido plenamente con otras personas que han apreciado una laguna importantísima en este film que, dicho sea por delante, tiene una calidad que no poseen otras cintas que han elegido como leitmotiv biografías de quienes fueron elevados a la gloria de Bernini.

Sin embargo, conviene tener claro que el origen de las obras de la Madre Cabrini y la lucha que tuvo que realizar para materializarlas, que es lo que según su director le ha interesado subrayar fundamentalmente, no pueden entenderse sin la fe, don por el que pasa de puntillas. No fue el poder, ni la ambición, acusaciones que en vida recibió, entre muchas otras, esta santa fundadora, y que no se omiten en el film. No hubiera podido llevar a cabo la imponente misión que desarrolló sin un estado continuo de oración. Nunca se la ve en estado orante. Sí parece reflexionar ante un espejo o mirando al infinito en campo abierto o en otros lugares escogidos por el cineasta. El espectador tiene que interpretar el significado escondido en estas secuencias porque no son explícitas. No hay en la película rastro alguno de los gestos de un santo que si afronta con fortaleza las recalcitrantes e injustas negativas que reciben sus peticiones para ayudar a los desvalidos, y las injurias que se vierten sobre ellos y sus hijos espirituales, echando barro sobre una labor impecable que produce admiración, es porque está amando a Cristo con todo su ser, porque vive abrazado a la cruz; ve su rostro en los demás, especialmente en los que se muestran como enemigos. El espectador lo tiene que dar por hecho y eso es mucho decir porque no todos los que vean el film son creyentes y practicantes.

Los santos, hombres o mujeres, niños, adultos o ancianos, comprenden, perdonan, viven con paciencia toda desdicha, no se vienen abajo nunca y muestran una fuerza ciertamente sobrenatural, porque lo es; no brota de ellos mismos. No es fruto del carácter, aunque también lo tengan, como la Madre Teresa de Calcuta y otros tantos; les confirió la autoridad que precisaban para sostener las fundaciones que erigieron y a sus hijos e hijas espirituales.


Si es una licencia del director que, contemporizando con las ideologías del momento, y haciendo una concesión a la galería, ofrece la vida de una heroína simplemente, puede que no se dé cuenta, pero la está equiparando a otros héroes que ha mostrado la gran pantalla. Si la biografía de los santos tiene algo que no posee quien no lo es, no es tanto su obra, ya que hay muchísimos otros que han pasado por la vida como grandes triunfadores por el imperio que levantaron. Es el caso de Rockefeller, que se menciona al final del film Cabrini. Y este magnate, como los demás, no actuó movido por un resorte divino. La Madre Cabrini, sí. Esa es la clave. Y en medio, por cierto, de una quebrada salud, de tal modo que una de las particularidades de esa acción de Dios en su vida fue verla dilatada a un punto que jamás sospecharon los médicos que habían puesto un breve plazo final a la misma.

Empuje, coraje, arrojo apostólico…, no le faltó ni a ella ni a cualquiera de los integrantes de la vida santa que, dilatando el tiempo, fueron artífices de auténticas gestas. Ahí está, sin ir más lejos, la santa fundadora brasileña Dulce Lopes Pontes: Con una capacidad respiratoria del 30% casi toda su vida, puso en marcha una red hospitalaria impresionante, albergues, colegios, bibliotecas, uniones obreras católicas y un largo etcétera que no puede entenderse sin una intervención divina. Por ello, las obras de los santos deslindadas de la gracia de Dios, del influjo del Espíritu Santo, por muy asombrosas que sean, no se convertirían en reflejos del cielo en la tierra, como de hecho son. Ellos consiguen cambiar la historia y animan a incontables personas a que se sumen a esta empresa. Y es que les sucede lo que decía a sus hijos espirituales el fundador de los misioneros identes Fernando Rielo: “El mundo será vuestro en la medida que seáis de Cristo”. Y la Madre Cabrini ¡vaya si lo era! Por eso el mundo se le quedaba corto para ofrecérselo a él, que es el poderosísimo anhelo y razón de vivir de todos los santos, y por el que superan toda calamidad hechos ascuas de amor y de esperanza.

A mi modo de ver, falta esa fuerza en el film de Monteverde que, como se ha dicho, sin dejar de ensalzar la valentía y la audacia de Cabrini, ha desestimado profundizar más en la fe que la originó; apenas la roza. Por tanto, es posible que únicamente perdure el asombro en el espectador, pero no toque las fibras más profundas de su corazón.