Carlos Bladimir Corado, sacerdote de El Salvador

El padre Corado hace un detallado resumen de la situación religiosa y social de El Salvador: se está provocando una grave descristianización, aporta además argumentos sobre cómo lograr revertir este proceso

El padre Carlos Bladimir Corado Hernández, de El Salvador, está convencido de que sólo a partir de una fe auténtica y valiente de los católicos, se conseguirá dar la vuelta a la crisis que está destruyendo la familia, el matrimonio, los jóvenes, y que también ha provocado una fuerte caída en las vocaciones y en la práctica religiosa.

Actualmente es vicario parroquial de la parroquia de Santiago Apóstol de Chalchuapa, de la Diócesis de Santa Ana, a la vez que profesor en el Seminario Mayor San Juan XXIII, gracias a la formación que recibió en dos periodos en Pamplona gracias a la ayuda de la Fundación CARF. Primero estuvo en Colegio Eclesiástico Internacional Bidasoa (2011-2016), y más tarde, ya como sacerdote, estudió la Licenciatura en Teología Dogmática en la Universidad de Navarra (2020-2022).

La situación social de El Salvador y en la diócesis de Santa Ana

— ¿Cómo es?

Nuestro país está viviendo grandes transformaciones a nivel social. Algunas para bien y otras para mal. Uno de los grandes problemas sociales, sobre todo después de la terrible guerra vivida, es la violencia organizada a causa de las pandillas o maras. Pero no podemos dejar de decir que son producto de la misma guerra y de la falta de oportunidades que ha habido históricamente en El Salvador. A partir de una serie de políticas implementadas por el nuevo gobierno, nuestro país está viviendo en un clima de mayor seguridad, lo que impulsa otra serie de actividades, económicas y sociales, que antes no podían realizarse. Y esto es enteramente positivo.

— ¿Hay mucho por hacer?

Siempre hay tareas pendientes. En la diócesis de Santa Ana hay aún situaciones de pobreza material, moral y espiritual que siguen clamando su voz al cielo y a nuestros oídos. En este sentido somos invitados como Iglesia a ser la voz de los sin voz, como lo fue san Óscar Romero. Además, el mundo globalizado ⎯que junto con lo bueno nos trae lo malo⎯ está provocando nuevos problemas que debemos atender: ideología de género, ateísmo práctico, pobreza espiritual y moral. Esto nos indica aquello que Jesús decía al tentador: “No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”.

—  Y esto afecta a la situación religiosa?

Contra todo esto lucha también la misma fe cristiana. El Salvador podría ser descrito, con toda seguridad, como un país sumamente religioso. A nadie le es ajeno el tema de la fe. Somos en gran medida un pueblo temeroso de Dios. Sin embargo, como ya lo decía antes, hay muchos factores que hoy por hoy, con su atracción, menoscaban la fe de la gente. Constatamos un crecimiento del indiferentismo religioso.

— ¿Sufre la Iglesia el proceso de secularización que se da también en otros países?

Solemos decir, como algo que se ha vuelto una muletilla hoy en día, que la pandemia de la Covid-19 sigue haciendo estragos en la humanidad. Ahora ya no matando tanta gente, sino debilitando la fe de muchos. Y en esto hay mucha verdad, ya que la cuarentena larga que vivimos en nuestro país enfrió la fe de muchos, hasta el punto de que muchos siguen en una ‘eterna cuarentena’: ya no van o van muy poco a la iglesia. Pero no podemos quedarnos allí, es necesario buscar más causas ⎯¡que las hay!⎯ de esta crisis de participación. Yo pienso que la principal causa es la crisis de fe. Hoy más que nunca, dice Corado, sacerdote de El Salvador, vivimos en un mundo que nos dice que lo podemos controlar todo y tener casi todo. Nos estamos llenando de cosas, y parece que esas cosas son suficientes. No hay espacio para Dios.

— ¿Qué consecuencias ve?

Los templos de nuestro país y de la diócesis de Santa Ana se están vaciando, hay menos jóvenes que quieren vivir su fe. Y la pregunta es ¿qué estamos haciendo?, ¿cómo hacemos atractiva la fe? Tenemos que pasar de los eventos a los procesos en los que niños, jóvenes, adultos y ancianos, puedan encontrarse con el Señor personalmente. Eso me decía una joven de la diócesis de Santa Ana cierto día, y que se me quedó grabado en el corazón: “si la persona no se ha encontrado con Cristo, nada ni nadie lo podrá retener”. Por eso, hace falta que propiciemos como Iglesia encuentros vivos con el Señor. Aquí me parece que entra el tema de la formación, también; porque corremos el riesgo de adecuarnos al mundo y alejarnos del Señor. La gente tiene sed de Dios y a Él debemos darles.

Si la persona no se ha encontrado con Cristo, nada ni nadie lo podrá retener”. Por eso, hace falta que propiciemos como Iglesia encuentros vivos con el Señor. Aquí me parece que entra el tema de la formación, también; porque corremos el riesgo de adecuarnos al mundo y alejarnos del Señor. La gente tiene sed de Dios y a Él debemos darles

— ¿Cómo recibió usted la fe?


Nací, gracias a Dios, dentro de una familia cristiana. Mis padres me inculcaron la fe. Tengo que decir que, en mi niñez fue mi abuela, que en paz descanse, la que también me ayudó a estar cerca de la Iglesia. Yo la acompañaba a muchos actos religiosos. En la adolescencia y parte de mi juventud solo participaba de un grupo juvenil de la diócesis de Santa Ana, no iba a misa. Pero, recuerdo, fue allí don aprendía la importancia de los sacramentos sobre todo la misa y la confesión. Además, fue allí donde nació mi vocación.

— ¿Y cómo se produjo esa llamada?

Un seminarista de la diócesis de Santa Ana, que por entonces hacía pastoral en mi parroquia, fue el primero que me mencionó lo del sacerdocio. Rechacé la posibilidad, obviamente, pero fue la semilla que Dios sembró en mi corazón ese día, porque desde entonces no pude sacarlo de mi cabeza, hasta que tuve que responder, y aquí estoy. Por cierto, ese seminarista murió un par de años después, y sé que ha sido un intercesor de mi vocación.

— Más adelante, usted estudiaría en Pamplona. ¿Qué tal fue su experiencia viniendo de la diócesis de Santa Ana?

He estado en dos periodos en Pamplona: el primero para realizar los estudios filosóficos y teológicos de la formación sacerdotal entre los años 2011 al 2016; y el segundo para estudiar la Licenciatura en Teología Dogmática (2020-2022). Ambas experiencias han sido distintas a nivel personal. Sobre todo, porque en esta última experiencia volví ya como sacerdote, y eso lo cambia todo. El estudio pude enfocarlo, por ejemplo, desde un punto de vista pastoral, es decir, aprender para servir mejor a la gente. Eso es más difícil hacerlo cuando eres seminarista.

— ¿Qué anécdotas recuerda de su paso por Pamplona?

Una de las cosas que más recuerdo es la amistad con tantos sacerdotes, con los que muchos de ellos aún tengo comunicación. Aunque ya había vivido en Pamplona y no todo era nuevo para mí, sentí como ayuda indispensable la acogida de los sacerdotes de la residencia donde viví estos dos años de la Licenciatura. Incluso alguno de ellos me ayudó con dinero y con algo de ropa para el frío, que ya se acercaba. Creo que esa convivencia fraterna es la que nos ayuda a soportar la distancia de los nuestros, para que finalmente podamos decir que estuvimos en casa, allí también.

— ¿Podría explicar cuáles han sido los mejores momentos vividos en su tiempo como sacerdote?

Una de las cosas más bonitas y memorables que puede hacer un sacerdote, pienso, es poder absolver los pecados de la gente. Después de la santa Misa, el sacramento de la penitencia se ha convertido para mí en el lugar donde puedo decir: soy sacerdote. Es cansado, no podemos obviar eso, ya que significa estar dispuesto a escuchar mucho y por mucho tiempo, pero al final sientes la satisfacción de haber consolado un corazón afligido. La tarea máxima es de Dios, lógicamente; sin embargo, Él te permite como sacerdote experimentar la alegría de haber ayudado un poco en ese alivio del corazón. Creo que debemos, hoy más que nunca, sentarnos en el confesionario, como sacerdotes, a escuchar a la gente para darles el consuelo divino.

— ¿Qué cree que necesita el sacerdote para afrontar los numerosos retos a los que se enfrenta?

Una fe firme que nazca del encuentro diario con el Señor, a través de la Eucaristía y la oración. Peligros siempre ha habido y los habrá, pero los santos nos han enseñado que sólo desde Dios podemos vencer. Como ejemplo cercano tenemos en El Salvador a san Óscar Romero, del cual se dicen muchas cosas: su lucha social, su entrega como pastor, su valentía para anunciar y denunciar la injustica, etc.; pero poco se dice de lo fundamental en su vida: la oración, la adoración eucarística. Allí se forjó su corazón de pastor, y por eso la Iglesia ha declarado auténticamente evangélica su lucha. Sólo seré auténticamente pastor según el Corazón de Jesús, si lo trato diariamente en los sacramentos y la oración. Necesitamos recuperar nuestra fe en el Señor, porque las crisis sacerdotales son crisis de fe. A esto nos ayudará, también, la formación permanente…

— La Iglesia vive una crisis, con pérdida de vocaciones, jóvenes que no conocen a Dios, familias que se rompen… ¿Cómo se puede dar la vuelta a esta situación?

La crisis que estamos viviendo no es crisis de métodos ⎯¡hay una infinidad de métodos!⎯, no es una crisis ni siquiera de vocaciones. Lo que estamos viviendo es una crisis de fe. Y debemos empezar por los que estamos ya dentro, es decir, los sacerdotes, los laicos comprometidos, los movimientos, los agentes de pastoral. Porque si no nos creemos nosotros lo que enseñamos, ¿Cómo podremos cautivar a los demás?

Hay dos cosas que tengo que matizar: primero, no digo que los que estamos no tengamos fe, no es eso; pero sí tenemos que pedirle al Señor que nos aumente la fe, que la haga firme, para que nada de este mundo sea más atractivo que Él, que nada nos aparte de nuestra misión más importante: anunciarlo a Él. Porque corremos el riesgo de convertir a la Iglesia en una ONG, como nos advierte el papa Francisco. La gente tiene necesidad de muchas cosas, hay pobreza material, pero de lo que no podemos olvidar que nuestra misión es más grande: darles a Dios. Segundo, recuperar, en este sentido, la dimensión teologal de la fe: la fe es un don que solo Dios puede dar; pero para ello es necesario procurar un buen terreno a través del estudio. Tenemos que alimentarnos de la Palabra y la doctrina de la Iglesia, y alimentar a los demás con la formación. Sobre ese terreno hará Dios crecer una fe robusta y firme. Y sólo desde allí crecerán también las vocaciones que necesitamos en la diócesis de Santa Ana: sacerdotes, religiosos, matrimonios, familias y jóvenes santos.