El temor de ser demasiado humanos y la trampa de la redención tecnológica

“La bestia”

¿Cómo queremos vivir? y ¿en quiénes nos queremos convertir? El cineasta francés, Bertrand Bonello, invita a mirar y escuchar atentamente lo que sucede en la película La bestia con la quimera de redimir técnicamente al ser humano de su naturaleza vulnerable. La parábola moral de Bonello nos sumerge en un mundo cercano en el que desaparecen los miedos al sufrimiento, la muerte, la incertidumbre y la soledad con una intervención del ADN que suprime las emociones. El resultado, lejos de un mundo feliz, nos asoma a una vida zombi de individuos fríos y desvinculados en la que no hay miedo, pero tampoco oportunidad para el amor.

En La Bestia, el director francés, Bertrand Bonello, mantiene su fidelidad a un estilo de cine reflexivo, con profundo sentido político y conectado con temas de actualidad social que propician más preguntas que respuestas. A menudo, el cineasta galo construye sus propuestas cinematográficas con referencias a otras expresiones artísticas que resultan claves para no perderse en los laberintos que invita a transitar. Por ello, algunas consideraciones previas como las que siguen, aspiran a ser una humilde contribución a efectos de facilitar la comprensión y el análisis bioético del film, antes de adentrarnos en la trama y las búsquedas de los personajes.

Bonello referencia esta película en la novela del escritor norteamericano, Henry James, La bestia en la jungla (1903). Aunque, media más de un siglo entre ambas ficciones, la indagación compartida es interpelante en extremo: ¿el mundo cercano se guiará por el amor o por el instinto egoísta? James presentía una catástrofe que se confirmó porque, al final del siglo XX, los horrores y la barbarie acontecidos hacen imposible confiar en la ley moral de la que había hablado Kant, como una de las dos cosas que llenaban su mente de admiración y veneración junto con el cielo estrellado.[1]

En el film, el escrutinio de Bonello se centra en los indicios que en el siglo XXI permiten corroborar una creciente deshumanización que contrapone a la esperanza de una rehumanización fundada en la fraternidad y nuevas relaciones políticas, económicas y sociales más justas, solidarias y respetuosas con la vida. El director francés toma como paradigma de valores egoístas el modelo tecnocientífico actual, nutrido por un neoliberalismo consumista que se orienta a la satisfacción sin límites de los deseos y que ha convertido en objeto-útil de intervención tecnológica al ser humano.

Esto es indesligable de filosofías e ideologías que, como la de Nietzsche, han identificado la vulnerabilidad humana y la capacidad de sufrir y sentir por otros como una moral propia de esclavos, una lacra o una enfermedad a erradicar. Bertrand Bonello incorpora en la construcción de su propuesta fílmica las falsas promesas transhumanistas de mundos felices a perpetuidad, tras la redención técnica de un ser humano menesteroso que ha llegado el momento de dejar atrás; la pujante inteligencia artificial; el individualismo feroz; el debilitamiento de los vínculos humanos; la crisis climática y, el miedo al miedo. Esto último, atraviesa la película de principio a fin y tiene que ver con la facilidad que tenemos los seres humanos para asustarnos por lo abstracto, como un resorte psicológico para desviar la atención de aquello concreto que está en juego y urge atender.

El miedo a la herida del amor

La bestia se ambienta en tres periodos distintos: 1910, 2014 y 2044.  En todas esas etapas, Gabrielle (Léa Seydoux) y Louis (George MacKay) protagonizan vidas distintas que acaban confluyendo, pero en ninguna de ellas pueden llegar a comprometerse por el temor de ambos a amar y resultar heridos. En el año 2044, bajo el reinado de la Inteligencia Artificial, las emociones se han convertido en una amenaza e incluso resultan un obstáculo para ocupar los puestos de trabajo más estables y mejor remunerados.

Gabrielle decide someterse, con muchas dudas y temores, a un tratamiento de “purificación” del ADN. Por una parte, para dejar un puesto de trabajo monótono y, por otra, para no sentir la angustia provocada por el presentimiento de temor a que ocurra una catástrofe que no puede concretar y que nunca acaba sucediendo. La intervención obliga a revisar los rastros inconscientes alojados en el cerebro sobre vivencias en vidas pasadas. Se trata de una técnica novedosa de inteligencia artificial, programada para modificar los recuerdos y extirpar cualquier respuesta emocional que pueda afectar a un presente en el que sentir asusta y se vive como expresión de debilidad. El tratamiento implica revivir las etapas en las que el miedo a amar se repite y la desolación lo invade todo.

“La Inteligencia Artificial es injusta. Nos considera inútiles. ¿Tengo que elegir entre trabajar y mis emociones? (…) Tengo miedo a no volver a sentir nada, a no tener sentimientos fuertes”, afirma Gabrielle. Las razones de la IA (voz de Xavier Dolan) sobre la ataraxia estoica no acaban de tranquilizarla.

El éxito de modificar los recuerdos y, por tanto, la identidad con la manipulación del ADN está garantizado más allá del 99%. Sin embargo, Gabrielle acabará en la estadística de escaso porcentaje de fracaso que esfuma las promesas de felicidad y calma perpetuas, sea cual sea la contingencia vital. “Hay algo que todavía se resiste a desaparecer, después de las sesiones”, señala la voz de la inteligencia artificial. En efecto, el programa comprueba que, en las distintas intervenciones, la protagonista no puede contener las lágrimas ante la proyección de imágenes sobre algunos momentos con Louis a los que debería reaccionar sin conmoverse. En este punto, el director, Bertrand Bonello, ilumina la intensidad y la trascendencia que tiene en el ser humano la experiencia de amor y comunión con otros. Como reza la frase del filósofo, Gabriel Marcel, “amar a alguien es decirle: tú no morirás nunca”.[2]

Gabrielle, se queda atrapada en un mundo sin rastro de emocionalidad y dominado por las relaciones virtuales.  En efecto, los personajes que pueblan el escenario más cercano y que se han sometido al ritual tecnológico para extirpar sus emociones no tienen ninguno de los miedos modernos al sufrimiento, la muerte, la incertidumbre y la soledad. Pero, el resultado está muy alejado de las promesas de calma y felicidad perpetuas. Lo que Bonello muestra es un mundo zombi de individuos fríos y desorientados, profundamente desvinculados, en el que no hay miedo, pero tampoco ninguna oportunidad para el amor. Resultan estremecedoras algunas de las escenas de la ficción futurista correspondientes a la etapa de 2044. La familia está desaparecida, no hay niños en las calles y la crisis climática es palpable por constantes inundaciones y terremotos que, a fuerza de repetirse, se han naturalizado. No hay ni rastro de preocupación por el otro o ni siquiera de contacto. La voz de los asistentes virtuales o la presencia de hologramas y de robots con apariencia humana se prefiere al contacto con seres humanos. Éstos, en su mayoría redimidos por la técnica de toda manifestación emocional, llevan una vida totalmente previsible y sometida a nuevas formas de esclavismo. La pérdida de libertad es uno de los temas que el cineasta galo explora en sus películas.

En La bestia, Bonello incide en la importancia de las emociones para facilitar juicios de posibilidades parecidas en torno al daño, al sufrimiento o la alegría de otros que nos permitan orientar la vida de una manera ética y genuinamente libre. Sin embargo, extirpada la vulnerabilidad de nuestra naturaleza, sólo resiste una razón fría que no promueve la preocupación por el prójimo, sino el yo centrado en sí mismo. La empatía y la compasión quedan canceladas y la deliberación ética sobre las acciones es inviable bajo el dictado despótico del instinto egoísta, defensor de un modelo distante y distinto de lo que podrían considerarse obras memorables de libre albedrío.

Gabrielle, en las tres etapas del film, verbaliza su presentimiento de que “va a ocurrir algo”. Es un temor abstracto que sólo alcanza a identificar con la vulnerabilidad propia de la naturaleza humana y con el temor a la herida. Hacia el final de la película, la protagonista se dará cuenta de que lo que teme, sentir por el otro, no va a provocar ninguna catástrofe. Por el contrario, la calamidad, la auténtica bestia que puede herirnos de muerte como civilización es la deshumanización y crueldad crecientes que fulminan modos de felicidad real, cotidiana y sencilla. El desafío de Gabrielle es abrazar su naturaleza vulnerable, aun en la intemperie que le toca vivir. Golpea el alma y, a la vez, congela la sangre del espectador, el último encuentro entre Gabrielle y Louis en el que la protagonista se decide a mostrar sus auténticos sentimientos.

La metáfora de las muñecas de porcelana

Por otro lado, en la primera etapa del film, ambientada en 1910, el director crea una metáfora plena de significado que coleará hasta el final. Gabrielle, entonces, es una reconocida pianista, inmersa en una relación infeliz con un fabricante de muñecas de porcelana. Cuando conoce a Louis, ambos mantienen una conversación sobre los rostros impasibles e idénticos de las muñecas y se emplazan a encontrarse en la fábrica familiar en la que acontece un hecho dramático que marcará la trama.


Dice Gabrielle: “Una muñeca neutral, sin emociones, gusta a todo el mundo. ¿Quieres que te haga esa cara?”. Louis accede a lo que, en principio, parece un juego. Pero, ella cambia, de pronto, el semblante y borra de su fisonomía cualquier expresión de vitalidad emocional. La escena de escasos minutos de duración trastoca a los espectadores por la frialdad incómoda y perturbadora de un rostro humano vacío.

Desde una filosofía y bioética personalistas, tener rostro implica “ser para alguien” y “ser ante alguien”. De ahí que los rostros de los otros sean, como subraya Lévinas, un imperativo que promueve la apertura y la acogida, frente a tentaciones de deshumanización e indiferencia. Precisamente, uno de los peligros de la posmodernidad es vaciar el rostro humano, en favor de una apariencia y un fingimiento que desvirtúan el ser y la esencia de la cara de la persona.[3] Una ética del rostro choca frontalmente con un yo indeterminado y cambiante en función de los contextos que se oculta tras un abanico de personalidades incoherentes y dispares.

El salto cronológico del film a la etapa más futurista, volverá a acaparar la atención sobre el rostro humano por la obsesión de los personajes con las intervenciones estéticas para ofrecer una imagen de juventud permanente. Son escenas que familiarizan al espectador con la obsesión actual por transmitir unos estándares imposibles de belleza, similares a los filtros de las redes sociales que distorsionan la realidad y amenazan con crear una sociedad de caras iguales.

¿Demasiado humanos o más humanos?

En una entrevista promocional de La bestia, Bertrand Bonello asegura que el miedo a mostrarnos “demasiado humanos” nos distancia de los otros y aboca al vacío existencial. Humano, demasiado humano es el título de una obra de Nietzsche que abomina de la vulnerabilidad, de la compasión por otros y de cualquier huella de trascendencia o espiritual en la naturaleza humana.

El profesor Josep María Esquirol, en sintonía con Bonello, nos interpela a ser “más humanos” y rescatar el amor por el prójimo que es lo más valioso que se encuentra en el interior de los seres humanos y favorece una mirada atenta a lo que merece ser respetado. Especialmente, porque el potencial tecnológico capaz de destruir a la humanidad misma requiere un crecimiento global y una apuesta por valores perennes y profundos. Como muestra el film, “la adhesión a la máquina como único horizonte sólo conduce a hacer de la persona un autómata”.[4]

Esquirol apela a la esperanza que tiene una función creadora de sentido, precisamente, cuando la vida parece desvanecerse, perdiendo todo significado.[5] Bertrand Bonello también apuesta por esa opción, incluso cuando es consciente de que imbuidos por retóricas del progreso nos cueste ver que, además de biología somos fragilidad y secreto[6].

Amparo Aygües – Master Universitario en Bioética por la Universidad Católica de Valencia – Miembro del Observatorio de Bioética

[1] Kant, E. (2008). Crítica de la razón práctica. Buenos Aires: Losada.

[2] Marcel, G. (1931). Le mort de demain. En G. Marcel, Trois Pièces: Le regard neuf; La mort de demain;

La Chapelle ardente (págs. 105-185). Paris: Librairie Plon, p. 161.

[3] Altuna B. (2010). Una historia moral del rostro. Pretextos.

[4] Sgreccia, E. Manual de Bioética I. BAC, p, 933.

[5] Esquirol, J.M. (2021). Humano, más humano. Acantilado, p. 165.

[6] Esquirol, J. M. (2006). El respeto o la mirada atenta. Gedisa, p. 10.