La oferta de la Cuaresma ¡Aquí está el camino maravilloso y esperanzador!

¡Dejémonos abrazar por Cristo!, ¡Abramos el corazón a la maravilla de la confesión!

El Concilio Vaticano II afirmó que la Iglesia ha nacido del corazón de Cristo. También, que ella es sacramento universal de salvación. Los siete sacramentos, instituidos por Cristo Dios, infinitamente grande, manan de la Iglesia. Ésta, es nuestra madre, que nos ha engendrado por el bautismo, y nos nutre con los sacramentos. Éstos, son un gran tesoro. Son lo mejor que la Iglesia puede darnos. Además, a todos, un gran tesoro, compuesto de oro, rubíes, esmeraldas, brillantes, etc., nos maravilla. Pero, es mucho más un tesoro espiritual que un tesoro material. Ahora bien, los tesoros espirituales más importantes de la Iglesia, los más interesantes, son la Sagrada Eucaristía y el sacramento de la confesión. Siendo, evidentemente, el Santísimo Sacramento, el más excelso, ya que contiene de la manera más excelente al que es Hombre – Dios y Salvador del mundo. Así pues, a la Iglesia le es esencial el binomio “Iglesia – sacramento”.

Actualmente, en Occidente, avanza mucho la oleada secularista. Ésta, cada vez está más de moda. En sus antípodas están la pastoral sacramental y los sacramentos. De aquí que el hombre secularizado ni siquiera quiera oír hablar de éstos.

Además, está muy difundido un gran error moral, la pérdida de la conciencia del pecado. Pobres opiniones, al respecto, son: no existe el pecado, nada o casi nada es pecado, casi nada es pecado mortal, no he cometido pecados, ¡qué grande soy, y no como otros!

Así, no es extraño que en los tiempos actuales el sacramento de la confesión no esté muy de moda. Incluso no pocos católicos hacen oídos sordos a confesar sus pecados.

Esta es la situación. ¿Qué futuro se nos depara? En estos tiempos apasionantes, siempre hay lugar para la esperanza, para la confianza y para ser optimistas. El poder de Dios es mucho más grande que todos los poderes adversos, que sólo son tenues telarañas, sin peso alguno. La Iglesia tiene el inmenso poder de ser instrumento de la actuación de Cristo, ser infinitamente poderoso.

Toda esta situación plantea el gran interrogante siguiente: ante este apasionante panorama, ¿qué hacer?

Es cierto que confesarse puede costar un poco. No es camino ancho, cómodo, acorde con el egoísmo. Pero, aún existen valientes que, heridos, quieren ser curados; que, caídos, quieren dejar de vivir a rastras, quieren levantarse; que, más les importa Dios, que los prejuicios humanos; que, hundidos en el fango hasta los ojos, quieren estar limpios; que, llenos de miseria espiritual quieren cambiar los harapos de su alma por el precioso vestido de la misericordia.  En fin, siguen existiendo valientes que se atreven a tomar la resolución de confesarse.

Es verdad que los hombres tendemos al egoísmo. Pero, Cristo, no se dejó doblegar por esta tendencia. En vez de llevar la cruz a rastras, se elevó majestuosamente hasta abrazarla y rebasarla triunfalmente; y, además, predicó muchos heroísmos: el heroísmo de la cruz, la necesidad de la santidad, el heroísmo de creer los misterios que se encuentran por encima de nuestra razón, el heroísmo de vencer el mal con el bien; el heroísmo de estar dispuesto a dar la vida por amor a Él y, de hecho, entregarla; etc. A egoísmo, ¡heroísmo!

La Iglesia sigue los pasos de Cristo. También, ella, que es madre, tiene la grandeza de no doblegarse a las modas y al egoísmo. Ni siquiera claudica de su mensaje cuando éste no es aplaudido y sólo es aceptado por unos pocos. Su norma es la fidelidad, fidelidad a Cristo y a su mensaje. Fidelidad, ¡qué siempre es muy fructífera! Ella, sabe nadar contracorriente. Ella, al igual que Cristo, sólo puede proponer la verdad y la bondad, el depósito de la fe, que Cristo Dios le ha confiado. Y, Dios, infinitamente bueno, sabe mucho más que los hombres. Así, Cristo, en la Iglesia, continua su acción salvífica.  Por esto, y en este preciso sentido, se ha podido decir, que la Iglesia es Cristo presente que sigue iluminando y salvando.


Así, la santa Iglesia católica, cada año, principalmente durante la Santa Cuaresma, sigue predicando, como exigencia de esta fidelidad suya a Cristo, la necesidad de la confesión de los pecados. Lo hace contra viento y marea, sabiendo que la navecilla de Pedro ha triunfado sobre los encrespados mares de la historia. Así, también, cada año, en el período que va de la Cuaresma a la Pascua aparecen fotografías del Santo Padre Francisco, confesándose y confesando. Como ha señalado el cardenal Stella, vale más esta imagen que mil palabras, ¡cuánto bien ésta ha hecho, difundida por todo el globo terráqueo!

Sin embargo, podría objetarse: pero, ¡si la tierra, la gente, está como está! Ahora bien, cuando la tierra está mal, es cuando menos puede ser abandonada. Más reseca está una tierra, más necesita del agua, para poder florecer. También, más ignorancia, o menos práctica hay, sobre la confesión, más importante es que la voz de la Iglesia resuene más alto, y de modo más misericordioso, con amor de madre -como tantas veces ha dicho el Papa Francisco-, invitando a acudir al sacramento de la confesión ¡Clama, no ceses!

Es maravilloso lo que la Iglesia hace por medio del sacramento de la confesión. De éste, nace un hermoso torrente de luz y de vida, que da alegría y abraza; que sana lo que toca, y que hace nacer flores encantadoras por donde pasa. Son las limpias aguas de una nueva vida. Es una maravilla hecha existencia propia. ¡Cuántos bienes nos vienen al alma por la acción salvífica de Cristo en el sacramento del perdón! De la pastoral penitencial, pues, hecha por buenos instrumentos de Cristo, Dios sabrá sacar frutos maravillosos.

Además, si un católico no se confiesa, corre el peligro de creerse perfecto, de encerrarse en sí mismo, de quedarse en lo meramente humano, de atar las manos a Dios, de llevar una vida mediocre, de despreciar a los demás y de no pedir perdón al Señor.

Quién, sólo tiene pecados veniales, y se confiesa de ellos, es otro mundo, es una realidad muy diversa. Pues, no es ya aquel globo hinchado a punto de reventar; pide perdón a Dios; se ve a sí mismo como es; sabe que es pecador, que tiene manchas, que no es perfectísimo; reconoce sus pecados; está arrepentido y se da golpes de pecho; confiesa humildemente sus pecados.

Quién, se confiesa de pecados mortales, pasa de tener que ir al infierno a recobrar la gracia, la filiación divina, la salvación, y el ser heredero del cielo. ¡Qué terrible sería estar en pecado mortal y no acudir al perdón de Dios! ¡Qué terrible preferir el infierno a confesarse! ¡Qué hermosura ser de nuevo hijo de Dios, tener un nuevo impulso, nuevas ayudas; abrirse de nuevo en el corazón la flor de la esperanza; tener un nuevo y hermoso horizonte!

¡Cuántas esperanzas levanta que haya almas que acudan a limpiarse y a perfeccionarse en el sacramento de la confesión! ¡Cuando hay confesiones, hay futuro, hay esperanza! ¡Qué pena cuando las almas dejan de acercarse al confesonario! ¡Cuantas gracias dejan de recibir!

En suma, como nos ha dicho tantas veces el Santo Padre Francisco, que los sacerdotes confesemos, que todos los fieles de la Iglesia nos confesemos. ¡Dejémonos abrazar por Cristo!, ¡Abramos el corazón a la maravilla de la confesión! ¡Aquí está el camino maravilloso y esperanzador!

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