Los Papas y la misericordia, el rostro del amor que sana heridas

Ha pasado una semana desde la Resurrección. Jesús se aparece a los discípulos y les muestra las llagas de la Pasión. Repasemos algunas reflexiones de san Juan Pablo II, Benedicto XVI y Francisco

En este domingo, el primero después de Pascua, el Evangelio recoge unas frases dirigidas por el Señor resucitado a los discípulos: «Reciban el Espíritu Santo. A quienes perdonen los pecados, les serán perdonados; a quienes no se los perdonen, no les serán perdonados». Antes de pronunciar estas palabras, Jesús muestra las manos y el costado, las llagas de la Pasión. De ese corazón brota una ola de misericordia que envuelve a toda la humanidad. Como escribió el Papa Francisco en su tuit con motivo de este Domingo de la Divina Misericordia, nunca hay que dudar del amor de Dios: “Encomendemos nuestra vida y el mundo al Señor con constancia y confianza, pidiéndole especialmente una paz justa para las naciones atormentadas por la guerra”.

La misericordia es el segundo nombre del amor

En este día celebramos la fiesta de la Divina Misericordia, instituida el 30 de abril de 2000 por san Juan Pablo II durante la solemne celebración eucarística con ocasión de la canonización de sor María Faustina Kowalska. En aquella ocasión, en su homilía, el Papa Wojtyla recordó que Cristo confió su mensaje de misericordia a esta humilde monja polaca entre la Primera y la Segunda Guerra Mundial.

“La misericordia divina llega a los hombres a través del corazón de Cristo crucificado: «Hija mía, di que soy el Amor y la Misericordia en persona», pedirá Jesús a sor Faustina (Diario, p. 374). Cristo derrama esta misericordia sobre la humanidad mediante el envío del Espíritu que, en la Trinidad, es la Persona-Amor. Y ¿acaso no es la misericordia un «segundo nombre» del amor (cf. Dives in misericordia, 7), entendido en su aspecto más profundo y tierno, en su actitud de aliviar cualquier necesidad, sobre todo en su inmensa capacidad de perdón?”

Desde el corazón de Jesús, Sor Faustina, que nació en 1905 y murió en 1938, vio dos haces de luz que iluminan el mundo: «Los dos haces -le explicó un día el propio Cristo- representan la sangre y el agua». Si la sangre evoca el sacrificio de la cruz y el don eucarístico, el agua -explicó Juan Pablo II durante la eucaristía para la canonización de Sor Faustina- no sólo recuerda el bautismo, sino también el don del Espíritu Santo.

La misericordia es el rostro de Dios

En el Domingo de la Divina Misericordia de 2008, Benedicto XVI subraya, antes de la oración mariana del Regina Caeli, que la misericordia es el núcleo del mensaje evangélico. Es «el rostro con el que Dios se reveló en la Antigua Alianza y plenamente en Jesucristo, encarnación del Amor creador y redentor».

“Este amor de misericordia ilumina también el rostro de la Iglesia y se manifiesta mediante los sacramentos, especialmente el de la Reconciliación, y mediante las obras de caridad, comunitarias e individuales. Todo lo que la Iglesia dice y realiza, manifiesta la misericordia que Dios tiene para con el hombre. Cuando la Iglesia debe recordar una verdad olvidada, o un bien traicionado, lo hace siempre impulsada por el amor misericordioso, para que los hombres tengan vida y la tengan en abundancia (cf. Jn 10, 10). De la misericordia divina, que pacifica los corazones, brota además la auténtica paz en el mundo, la paz entre los diversos pueblos, culturas y religiones.”


Como Sor Faustina, el Papa Juan Pablo II fue él mismo un apóstol de la Divina Misericordia. La tarde del 2 de abril de 2005, cuando regresó a la casa del Padre, era la víspera del segundo Domingo de Pascua.

Ser misericordioso es encontrarse con Jesús

Las llagas de Jesús no son heridas lejanas, confinadas a un tiempo remoto de la historia humana. El Papa Francisco en 2022, durante la Misa de la Divina Misericordia, nos exhorta a cuidar las heridas de nuestros hermanos y hermanas que atraviesan momentos difíciles. La misericordia de Dios, añade el Pontífice, nos pone «a menudo en contacto con los sufrimientos del prójimo».

“Pensábamos que éramos nosotros los que estábamos en la cúspide del sufrimiento, en el culmen de una situación difícil, y descubrimos aquí, permaneciendo en silencio, que alguien está pasando momentos peores. Y, si nos hacemos cargo de las llagas del prójimo y en ellas derramamos misericordia, renace en nosotros una esperanza nueva, que consuela en la fatiga. Preguntémonos entonces si en este último tiempo hemos tocado las llagas de alguien que sufra en el cuerpo o en el espíritu; si hemos llevado paz a un cuerpo herido o a un espíritu quebrantado; si hemos dedicado un poco de tiempo a escuchar, acompañar y consolar. Cuando lo hacemos, encontramos a Jesús, que desde los ojos de quienes son probados por la vida, nos mira con misericordia y nos dice: ¡La paz esté con ustedes!”

En la incredulidad de Santo Tomás, que quiere ver las llagas del Señor, está la historia de todo creyente. «Hay momentos difíciles -observa Francisco-, en los que parece que la vida desmiente a la fe, en los que estamos en crisis y necesitamos tocar y ver. Pero, como Tomás, es precisamente en esos momentos cuando redescubrimos el corazón del Señor, su misericordia».

Fuente: Amedeo Lomonaco – Ciudad del Vaticano