Los psiquiatras también lloran

Todos somos frágiles. Todos tenemos defectos. Todos por algo lloramos.

Hace un tiempo se popularizó la frase “los ricos también lloran”. Y me viene a la mente la canción del dúo argentino Fedra y Maximiliano, cuya letra de una de sus canciones de finales de los 60 decía: “Todo tenemos parientes, tenemos/ Todos por algo lloramos/ Somos de una vida corta,/  sabemos/ Todos siempre nos buscamos…/ Amamos/ Lloramos…/ Peleamos…/ Sabemos…” Es decir, de goces y dolores -quién más, quién menos- sabemos por experiencia propia. Esta reflexión me lo ha sugerido la lectura de un reciente libro/entrevista del psiquiatra español Aquilino Polaino-Lorente Todos somos frágiles (también los psiquiatras): Una conversación sobre salud mental (Encuentro, 2024), a quien conocí por los 80 en la Universidad de Piura, a donde fue invitado a dar unas conferencias.

Polaino-Lorente, ahora jubilado, se dedicó, profesionalmente, a la docencia, investigación y práctica psiquiátrica. En la Universidad de Piura publicamos su Acotaciones a la antropología de Freud en 1984. Son numerosas sus publicaciones y, varias de ellas, me han sido de mucho provecho para los asuntos antropológicos de mi actividad docente. Esta nueva entrega editorial, como lo indica el título del libro, nuestro autor lo dedica a conversar sobre la fragilidad humana. Para quienes llevamos varias décadas de existencia y más de una fragilidad corporal o psíquica a cuestas, sus reflexiones -nacidas de la práctica clínica- iluminan las diversas dimensiones de la condición humana.

El dolor llega y “es importante -dice Aquilino- que a los hombres nos duela el dolor. Cuando uno lo siente, renace diferente. Aunque ahora hay una lucha descarnada contra el paternalismo, compadecerse de alguien no es un error, sino un síntoma de salud humana. Nada de los demás nos puede resultar ajeno, especialmente de quienes tenemos más cerca. Compartir el sufrimiento y las alegrías de los demás nos aleja del cinismo, que es una especie de encapsulamiento profundamente egoísta. Vivir con el impermeable siempre encima de tal forma que nos resbalen las cosas de los demás es una manera muy solitaria de construir nuestra historia, que esencialmente comprende un eco social”. Aprender a sufrir no es poca cosa.


“El sufrimiento es una realidad de la que nadie escapa en algún momento de su vida. Hablo de sufrimiento físico, psíquico, real o imaginario, porque muchas personas padecen también por problemas que no son reales”. Sufrir sin sucumbir en las “caídas hondas de los Cristos del alma” (César Vallejo) y compadecerse del prójimo doliente forma parte de la experiencia humana. A este respecto, después de darle vueltas, encuentro que cuando hay un sentido trascendente de la vida, es más fácil sobrellevar el dolor propio y ajeno. Así lo señala, también, Polaino-Lorente: “es muy importante la calidad de la auto explicación que nos damos sobre el dolor para afrontarlo con altura. La fe católica incluye respuestas infinitas al misterio del sufrimiento. Si uno se mete por esos derroteros, no tiene techo para encontrar porqués y paraqués cuando se ha cultivado, además, la vida espiritual arraigada en la práctica cristiana”. San Juan Pablo II, en Salvifici doloris, texto al que vuelvo con frecuencia, lo dice en términos parecidos. Frente al dolor, más que respuestas al por qué, es más iluminador reflexionar en el para qué. El dolor tiene sentido.

“Es importante -insiste nuestro autor- ser enormemente paciente con las propias imperfecciones: conocerlas, asumirlas y reírse de ellas con afán de corregirlas. Siempre es positivo enmendar las imperfecciones en la medida de nuestras posibilidades reales, pero sin convertirlo en una tarea sistemática crónica, como si se tratara del único fin de nuestra vida, porque eso es una locura. (…) lo que queda es la lucha deportiva y sana contra los propios defectos, sin negativismos absurdos”. Procurar ser buenas personas no es sinónimo de perfección. Más aún, lidiar con don o doña perfecta, es insufrible. Espontaneidad y corrección van de la mano y hacen que la convivencia humana sea grata. En cambio, el acartonamiento y la rigidez perfeccionista crean ambientes tensos, sobrecargados de poses e irrealidad y, probablemente, llevan a la ruptura de la personalidad.

Y no sólo lloramos por algo como lo cantaban Fedra y Maximiliano, también hemos de aprender a vivir con las fragilidades y malicias propias y ajenas. “Todos cometemos errores -nos recuerda Polaino-Lorente-. No jugar con el conocimiento de esa carta es vivir en la inmadurez permanente, una inmadurez que nos hace sufrir más de la cuenta. Todos somos frágiles. Todos tenemos defectos. No tiene sentido ver a los demás desde ese estado propio del enamoramiento, en el que no percibimos imperfecciones en la otra persona, porque esa visión es mentira. Ese proceso figurativo obsesivo es completamente erróneo”. Errores, decisiones equivocadas, juicios apresurados, desatinos, salidas de tono y más, forman parte del claroscuro de nuestra biografía. Qué lógico es, por tanto, pedir perdón, reparar el daño causado, arrepentirse y corregir. Sí, somos frágiles y todos por algo lloramos.