El Papa: Las lágrimas que nos hablan de la compasión de Dios

Audiencia a los miembros de la Fundación Santa Angela Merici de Siracusa

Este sábado 6 de abril de 2024, el Santo Padre Francisco recibió en Audiencia, en el Palacio Apostólico Vaticano, a los Miembros de la Fundación Santa Ángela Merici de Siracusa, con motivo de su 50 aniversario.

Inspirada en las lágrimas de María, la Fundación se dedica a enjugar las lágrimas de los que sufren. A través de su labor cotidiana, la Fundación expresa el amor maternal de la Virgen y su deseo de aliviar el dolor de sus hijos.

Reproducimos a continuación el discurso que el Papa dirigió a los presentes en la audiencia:

***

Discurso del Santo Padre

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Me alegra encontrarme con vosotros y os doy las gracias por estar aquí, con ocasión del 50 aniversario de la Fundación Santa Ángela Merici de Siracusa, que, continuando la inspiración y el compromiso de monseñor Gozzo, se pone cada día al servicio de las personas más frágiles.

Vuestra historia, y todo lo que lleváis a cabo con tanta generosidad en los distintos Centros operativos, hunde sus raíces en aquel acontecimiento que marcó a la ciudad de Siracusa cuando, en 1953, un pequeño cuadro que representaba a la Virgen comenzó a llorar en casa del matrimonio Iannuso. Son las lágrimas de María, nuestra Madre celestial, por los sufrimientos y las penas de sus hijos. María llora por sus hijos que sufren. Son lágrimas que nos hablan de la compasión de Dios por todos nosotros. Debemos pensar en esto: en la compasión de Dios. Porque nos ha dado a todos su Madre, que llora nuestras propias lágrimas para que no nos sintamos solos en los momentos difíciles. Al mismo tiempo, a través de las lágrimas de la Santísima Virgen, el Señor quiere desatar nuestros corazones, que a veces se han secado en la indiferencia y se han endurecido en el egoísmo; quiere sensibilizar nuestras conciencias, para que nos dejemos tocar por el dolor de nuestros hermanos y nos movamos a compasión por ellos, comprometiéndonos a levantarlos, a alzarlos, a acompañarlos.


Ésta es la riqueza de vuestra historia, éstas son las raíces que no debéis perder y, sobre todo, éste es el sentido de vuestro trabajo. En efecto, realizando un trabajo cotidiano en el que se mezclan profesionalidad y espíritu de sacrificio, la Fundación existe para expresar con gestos concretos las lágrimas derramadas por la Virgen María y, al mismo tiempo, su deseo materno de secar las lágrimas de sus hijos. Y vosotros, hermanos y hermanas, tratáis de hacer precisamente eso: secar las lágrimas de los que sufren, acompañar a los que sufren, estar al lado de los más débiles de la sociedad, cuidar de los más vulnerables, acoger y hospedar a los que viven situaciones particulares de fragilidad.

Hermanos y hermanas, el servicio que prestáis es precioso, y quisiera deciros esto: la fuente de vuestro trabajo es el Evangelio, ¡permaneced unidos a esta fuente!

El Evangelio es la fuente porque Jesús fue el primero -no lo olvidemos- en dejarse conmover hasta lo más hondo por el sufrimiento de los que encontraba y, como nos recuerda el evangelista Juan, por la muerte de su amigo Lázaro «se conmovió profundamente» (Jn 11,33). Al mismo tiempo, sois un testimonio vivo de este Evangelio, de la compasión de Jesús, cuando os esforzáis por acompañar a los que sufren, como el Señor mandó hacer a sus discípulos ante las multitudes hambrientas, agotadas y oprimidas. Porque Jesús nos pide que nunca separemos el amor a Dios del amor al prójimo, especialmente a los más pobres. Nos recuerda que al final seremos juzgados no por las prácticas externas, sino por el amor que, como óleo de consolación, habremos sabido derramar sobre las heridas de nuestros hermanos. Dice: «Todo lo que hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis» (Mt 25, 40).

Queridos hermanos, os animo a continuar en este camino vuestro. Y pido para ti una gracia, que es la más importante de todas: la gracia de saber conmoverse, la capacidad de llorar con los que lloran. La indiferencia, el individualismo que nos cierra a la suerte de los que nos rodean, y esa anestesia del corazón que ya no nos conmueve ante los dramas de la vida cotidiana, esas tres cosas son los peores males de nuestra sociedad. Por favor, no os avergoncéis de llorar, de emocionaros por los que sufren; no escatiméis en ejercitar la compasión por los que son frágiles, porque Jesús está presente en esas personas.

¡Adelante! Y no os desaniméis; al contrario, dad gracias si vuestro trabajo permanece oculto y exige un sacrificio silencioso y cotidiano: el bien hecho a quien no puede corresponder se expande de modo sorprendente e inesperado, como una pequeña semilla escondida en la tierra que, tarde o temprano, hace brotar nueva vida.

Que la Virgen de las Lágrimas os proteja, os guarde e interceda por vosotros. Y, por favor, no os olvidéis de rezar por mí.