Ante violencia, ¡Dios y familia!

No deshagas tu familia, que es el mejor regalo de Dios para ti

El cardenal Felipe Arizmendi, obispo emérito de San Cristóbal de Las Casas y responsable de la Doctrina de la Fe en la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM), ofrece a los lectores de Exaudi su artículo titulado “Ante violencia, ¡Dios y familia!

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MIRAR

Es típico de los gobiernos en turno presumir lo que consideran un avance, una mejoría, durante su gestión. Y no hay que ser cerrados de mente y de corazón para reconocer lo que en verdad ha mejorado. Sin embargo, nosotros tenemos otros datos, particularmente en lo que se refiere a violencia, inseguridad, asesinatos, robos, etc. Basta con ver las noticias diarias, para sentir miedo de salir a la calle. Hay tanta extorsión violenta en muchas regiones del país, por el creciente poder de grupos armados, que algunas familias deben huir para sobrevivir. En otras partes, todo mundo acepta pagar el dinero que le exigen los extorsionadores, que invaden más y más espacios, y pareciera que todo está tranquilo; pero no es verdad. Por miedo, campesinos y pequeños comerciantes se someten a esa nueva autoridad. Ante este enrarecido ambiente social, ¿qué hacer? No basta con culpar a los gobiernos de antes y de ahora, aunque ellos han de ser sinceros y reconocer sus deficiencias, sino preguntarnos cada quién: ¿Yo qué pudo hacer? ¿Qué ofrece la Iglesia a esta sociedad?

Nosotros ofrecemos la Palabra de Dios, el plan misericordioso del Padre, hecho vida en Jesucristo y presente hoy por el Espíritu Santo. Dios ama a todos, pero lo que El más nos insiste es que nos amemos, pues todos somos hermanos. Desde el principio, en que aparece la violencia, tanto en la pareja humana después del pecado original, como en Caín y en la demás historia bíblica, la línea que Dios nos marca es el amor. Sólo amando nos parecemos a El. Por ello, nos ordena explícitamente no matar, no robar, no mentir, no hacer daño a nadie. Sin embargo, la mayoría de los criminales, de cualquier nivel, se consideran católicos, sólo por el hecho de haber sido bautizados y tener alguna devoción; pero su vida contradice la fe cristiana. ¿Qué les decimos? Si de verdad creen en Dios, conviértanse, cambien de vida, que su trabajo sea honrado, que la ambición por tener más y más dinero no los domine, que aprendan a hacer el bien a los demás. Esto es lo más coherente con nuestra fe en Dios y ojalá aprovechemos toda oportunidad que tengamos para hacerles esta invitación, por ejemplo, cuando piden el bautismo u otro sacramento para sus hijos. La evangelización no puede ser abstracta, sólo aprendizaje de algunas oraciones, sino que lleve al encuentro existencial con el Señor y al cambio de actitudes en la vida.

Por otra parte, uno de los tesoros más grandes que aún subsisten en nuestro pueblo es la familia. ¡Cómo hay que cuidarla, para que no se destruya! Sin familia, no hay educación en valores de fraternidad y de justicia, ni presencia de Dios en la vida diaria. Unos esposos que, desde su fe en Dios, se aman, se comprenden, se respetan, se perdonan, son pilares fundamentales para que los hijos aprendan ese camino. Pero si la familia se destruye, si los casados se divorcian y se separan sin importarles los hijos, éstos quedan expuestos a que cualquiera los jale por caminos equivocados. Y conservar bien la propia familia, no depende de los gobiernos, sino de una educación permanente de nosotros, sostenida por la fe en Dios.

DISCERNIR


El Papa Francisco, en su visita a México en febrero de 2016, nos dijo a los obispos en la catedral metropolitana:

“Pienso en la necesidad de ofrecer un regazo materno a los jóvenes. Que vuestras miradas sean capaces de cruzarse con las miradas de ellos, de amarlos y de captar lo que ellos buscan, con aquella fuerza con la que muchos como ellos han dejado barcas y redes sobre la otra orilla del mar (cf. Mc 1,17-18), han abandonado bancos de extorsiones con tal de seguir al Señor de la verdadera riqueza (cf. Mt 9,9).

Me preocupan particularmente tantos que, seducidos por la potencia vacía del mundo, exaltan las quimeras y se revisten de sus macabros símbolos para comercializar la muerte en cambio de monedas que, al final, «la polilla y el óxido echan a perder, y por lo que los ladrones perforan muros y roban» (Mt 6,20). Les ruego por favor no minusvalorar el desafío ético y anti cívico que el narcotráfico representa para la juventud y para la entera sociedad mexicana, comprendida la Iglesia.

La proporción del fenómeno, la complejidad de sus causas, la inmensidad de su extensión, como metástasis que devora, la gravedad de la violencia que disgrega y sus trastornadas conexiones, no nos consienten a nosotros, Pastores de la Iglesia, refugiarnos en condenas genéricas, sino que exigen un coraje profético y un serio y cualificado proyecto pastoral para contribuir, gradualmente, a entretejer aquella delicada red humana, sin la cual todos seríamos desde el inicio derrotados por tal insidiosa amenaza. Sólo comenzando por las familias; acercándonos y abrazando la periferia humana y existencial de los territorios desolados de nuestras ciudades; involucrando a las comunidades parroquiales, las escuelas, las instituciones comunitarias, las comunidades políticas, las estructuras de seguridad; sólo así se podrá liberar totalmente de las aguas en las cuales lamentablemente se ahogan tantas vidas, sea la vida de quien muere como víctima, sea la de quien delante de Dios tendrá siempre las manos manchadas de sangre, aunque tenga los bolsillos llenos de dinero sórdido y la conciencia anestesiada”.

ACTUAR

Con la gracia del Espíritu Santo y la ayuda maternal de la Virgen María, profundicemos nuestra fe católica, para que nos esforcemos por seguir el camino de Jesús, y no nos dejemos contaminar por lo que hacen otras personas. Y cuidemos nuestras familias, centrándolas en la fe en Dios y en el amor mutuo, sobre todo cuando se presenten momentos tensos y difíciles. No deshagas tu familia, que es el mejor regalo de Dios para ti.