¿Cómo trabajar por la paz social?

¡La paz, la paz debe guiar el destino de los Pueblos y de toda la humanidad!

Durante el tiempo pascual que terminamos hace poco, la paz aparece continuamente en los labios de Jesús resucitado. La paz es un don que él nos desea y que nosotros debemos construir. Sin duda, don y tarea que hoy en tiempo de guerra o más bien de guerras, cobra mayor fuerza y nos invita a un compromiso que vaya más allá de las palabras y las buenas intenciones. Se trata ciertamente de la paz personal que todos anhelamos, deseamos y tratamos de conquistar, pero también de la paz social que nos recuerda que todos somos hermanos y hermanas que debemos ser solidarios y amarnos y que nos impele, como nos lo ha recordado el Papa Francisco, al cuidado de nuestra casa común, ya que todo está conectado.  La pregunta que nos podemos y debemos hacer es cómo trabajar por la paz social o cómo fomentar una cultura de paz.Y nuestra respuesta es de urgencia radical, recordando aquella frase de John Kennedy, citada por Pablo VI en las Naciones Unidas: La humanidad deberá poner fin a la guerra, o la guerra será quien ponga fin a la humanidad.

Luchar contra la deshumanización

Partimos de que formamos parte de la Iglesia que quiere presentarse a sí misma como “experta en humanidad” (Discurso de San Pablo VI en las Naciones Unidas, 4.20.65, n.3). Por consiguiente, el humanismo que debe caracterizar a la Iglesia en sus miembros e instituciones, no es algo que podamos tomar o dejar, darle importancia o no, sino dimensión fundamental y parte integral de su identidad, por ser la presencia histórica de Jesús, humano por excelencia, como lo declaró Pilatos: He aquí al hombre (Jn. 19.5). Empleando términos escolásticos, el humanismo en la Iglesia, ha de ser la forma que reviste a la materia. Hablar de humanidad, de condición humana, de persona, no es hacer referencia a una teoría, sino traer a la mente, al corazón y al recuerdo, miles de rostros concretos que forman parte ya de nuestras vidas y de lo que somos.

Personalmente estoy convencido de que uno de los mayores problemas que hoy vivimos es el de la deshumanización. Nuestra sociedad con sus innegables avances ha olvidado ciertas dimensiones que siguen siendo fundamentales al ser humano. Aunque el centro de la temática actual es el hombre-mujer, no cabe duda que el avance unilateral del progreso ha dejado en la sombra aspectos esenciales de su ser. El hombre moderno, hambriento de progreso y de técnica, se halla en peligro de quedar atrapado, como nuevo aprendiz de brujo, por fuerzas por él mismo desatadas. Da la impresión de que el hombre actual, parece preferir la civilización a la cultura; dominar la naturaleza y progresar en el mundo, a dominarse a sí mismo y avanzar en el espíritu.

Inspirados en el Evangelio y en la paz que Jesús nos ofrece, la pasión por la humanidad que nos debe caracterizar hoy, debe ser sobre todo ternura, solidaridad, cercanía, presencia, acogida, acompañamiento. Camus ponía como ejemplo de amistad verdadera la de un hombre cuyo amigo había sido encarcelado y todas las noches se acostaba en el suelo de su habitación para no gozar de una comodidad arrebatada a aquél a quien amaba.Y añadía el novelista que la gran cuestión para los hombres que sufrimos es la misma: ¿Quién se acostará en el suelo por nosotros? Y Kafka, nos ha dejado la descripción de una extensa ciudad de noche en la que sólo velan unas pocas personas, y la de un inmenso campamento en el cual todos duermen, excepto algunos centinelas. Y se pregunta: ¿Por qué unos pocos están despiertos mientras todos los demás duermen? Y se responde: Es necesario que alguno vele, que alguien esté allí.¿No seremos nosotros los que debemos estar en vela?Las guerras dejarían de existir el día en que la persona humana, cada persona y todas las persones sean tratadas como lo que son: hijos/as de Dios, hermanos/as unos de otros

Cuidar nuestra Casa común

Si el primer paso es el respeto y el amor por la persona humana, el segundo debe ser el cuidado de nuestra Casa común. Como nos dice el Papa Francisco: Porque todas las criaturas están conectadas, cada una debe ser valorada con afecto y admiración, y todos los seres nos necesitamos unos a otros (L.S. 42). Cuando pensamos en las pruebas nucleares, en armas de destrucción de masa, en la devastación de la biosfera y de la propia sobrevivencia de la especie humana,en el número de niños y personas civiles víctimas de las guerras, en los millones que se gastan en la fabricación de armas nos damos cuenta de su carácter inhumano destructor de la persona y de la naturaleza. No cabe duda que, con la guerra, el ambiente humano y el ambiente natural se degradan juntos (Cf. LS. 48).

Creo que debemos hacer nuestro el llamamiento que hace unos años nos hacía las Naciones Unidas:Una cultura de paz es un conjunto de valores, actitudes, tradiciones, comportamientos y estilos de vida que promueven el respeto a los derechos humanos, el desarme para garantizar la vida en el planeta, el desarrollo económico, humano y social, en armonía con la naturaleza, la libertad de información y la educación para la vida, incorporando la resolución pacífica de los conflictos, la seguridad y el respeto a la dignidad humana en su diversidad, la tolerancia, la solidaridad, la participación democrática, la equidad e igualdad entre mujeres y hombres (Organización de las Naciones Unidas, Res. ONU/53/243 del 6-10-99).


El cuidado por la persona y por la naturaleza presupone y alimenta al amor. Debemos hacer nuestra la regla de oro del Evangelio extendiéndola, también, a la creación: “ama al prójimo como a ti mismo”; “no hagas al otro lo que no quieres que te hagan a ti”. Ciertamente cuando amamos cuidamos y cuando cuidamos amamos. Hans Jonas, el filósofo del «principio de responsabilidad», formuló así el imperativo categórico: «Actúa de tal manera que las consecuencias de tus acciones no destruyan la naturaleza, ni la vida ni la Tierra». De aquí nace la necesidad de la solidaridad planetaria con todos los seres,que toda guerra amenaza. Y el amor se traduce en compasión al ser humano, a los seres vivos al cosmos y especialmente hacia aquellos que están siendo víctimas de las guerras o de sus consecuencias. (Cf. Leonardo Boff, Ética y moral, Sal Terrae, Santander, 20ª 13).

Es conmovedor el mensaje que no se cansa de repetir el Papa Francisco gritando por la paz en Ucrania y en otros lugares en guerra, solidarizándose con las víctimas de estos conflictos.

Conclusión: Tengan valor Yo he vencido al mundo (Jn 16,33)

Estas son las últimas palabras del capítulo 16 de San Juan, en el mensaje de despedida en que Jesús en vísperas de su pasión, desea la paz a sus discípulos en medio de la zozobra y la incertidumbre de lo que estaba por venir. Me parece que las debemos hacer nuestras, ante las guerras y su estela de destrucción, ante nuestros miedos y desesperanzas. Con Jesús podemos salir victoriosos, porque experimentamos su misma certeza: Yo nunca estoy solo el Padre está conmigo (Jn. 16,32). Nuestra oración por la paz y nuestro compromiso activo, tratando de evitar los conflictos que anidan en nuestra vida cotidiana son un primer paso. Pero no podemos contentarnos con eso. En la medida de nuestras posibilidades y en los foros en que nuestra voz pueda ser escuchada, debemos hacer nuestro el grito de Pablo VI en el ya citado discurso ante las Naciones Unidas: “¡Jamás los unos contra los otros, nunca más!…¡Nunca más la guerra, nunca más! ¡La paz, la paz debe guiar el destino de los Pueblos y de toda la humanidad!

Hno. Álvaro Rodríguez Echeverría, fsc.

Ex superior general de los Hermanos de las Escuela Cristianas y miembro de la Academia de Líderes Católicos