El Rosario de la Virgen María

Rezar el Rosario, solo, en familia, con amigos “exige un ritmo tranquilo y un reflexivo remanso”

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San Juan Pablo II, eximio devoto de la Virgen María, le dedicó la Exhortación Apostólica Rosarium Virgines Mariae (16/10/2002) a promover y proclamar las bondades del rezo del Santo Rosario. En este mes, dedicado por la Iglesia al rezo del Rosario, vuelvo sobre este escrito del Santo Padre para paladear mejor cada Avemaría de esta extraordinaria práctica mariana.

“En el trasfondo de las Avemarías pasan ante los ojos del alma los episodios principales de la vida de Jesucristo”. Los misterios gozosos, luminosos, dolorosos y gloriosos nos ponen en comunión vital con la vida de Cristo. Junto con María (“Mujer, ahí tienes a tu hijo”, Juan 19, 26) vamos contemplando el Rostro del Señor desde su Nacimiento en el establo de Belén hasta su gloriosa Resurrección y Ascensión al Cielo. En unos pocos segundos, al inicio de cada decena de Avemarías, van pasando por la mente y el corazón los episodios de la vida del Señor. Es oración vocal, “típicamente meditativa -señala el Santo Padre- y se corresponde de algún modo con la «oración del corazón», u «oración de Jesús», surgida sobre el humus del Oriente cristiano”. Oración de siglos, rezada por millones de fieles a lo largo y ancho del planeta.

Un consejo muy provecho nos recuerda San Juan Pablo II. Dice: “la escucha y la meditación se alimentan del silencio. Es conveniente que, después de enunciar el misterio y proclamar la Palabra, esperemos unos momentos antes de iniciar la oración vocal, para fijar la atención sobre el misterio meditado. El redescubrimiento del valor del silencio es uno de los secretos para la práctica de la contemplación y la meditación”. En estos tiempos en donde el ruido lo invade todo y la prisa impide detenerse ante la realidad para gozarla a sorbos, el Rosario ofrece un remanso de serenidad y silencio para afinar el alma. Cada decena está separada por esos instantes de silencio que nos permiten meternos en las escenas del Evangelio como si fuéramos un personaje más -así le gustaba decir a San Josemaría Escrivá-; de tal modo que la memoria de la vida de Cristo se nos hace presente e ilumina nuestra existencia.

De ahí que el rezo del Rosario no sea un rezo de “paporreta” -expresión que solíamos decir en el colegio cuando repetíamos lecciones sin entenderlas-. Por el contrario, “el Rosario, con su carácter específico, pertenece a este variado panorama de la oración ‘incesante’, y si la Liturgia, acción de Cristo y de la Iglesia, es acción salvífica por excelencia, el Rosario, en cuanto meditación sobre Cristo con María, es contemplación saludable. En efecto, penetrando, de misterio en misterio, en la vida del Redentor, hace que cuanto Él ha realizado y la Liturgia actualiza sea asimilado profundamente y forje la propia existencia”. Cada Avemaría es oración incesante, un modo práctico de vivir aquel “rezar sin cesar” recomendado por San Pablo. Es petición, agradecimiento, veneración, de tal modo que nos lleva a poner atención en lo que decimos, cómo lo decimos y a quién se lo decimos, como recomendaba Santa Teresa de Jesús.


Rezar el Rosario, solo, en familia, con amigos “exige un ritmo tranquilo y un reflexivo remanso”. Es una gracia, saber que en todo momento podemos acudir a Santa María y, por Ella, al Señor: cuando la alegría nos embarga, cuando la tristeza y las tribulaciones nos anudan el corazón, cuando llega el insomnio. Tomar el Rosario y desgranar cada una de sus cuentas es agarrarnos de la mano de María o recostarse en su regazo: lo mismo que hacíamos de niños con mamá. El Rosario, con su ritmo tranquilo, ayuda a aquietar el alma, volviendo ésta a tomar sus pulsaciones normales. El problema o el susto siguen, pero no estamos solos, Ella está con nosotros.

“Descarga en el Señor tu peso, y Él te sustentará” (Salmo 55, 23) dice el Salmo. También podríamos decir: pon en las manos de la Virgen tu corazón y Ella te sustentará.