El sexto mandamiento

Educar en la fe. No cometerás actos impuros

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Nacho Calderón Castro regala a los lectores de Exaudi en la serie Educar en la Fe, esta serie de artículos dedicados a los 10 mandamientos.

Los mandamientosEl décimoel novenoel octavo, el séptimo.

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En Éxodo 20, 16 leemos “No cometerás adulterio”. Este, como otros mandamientos ha sido ampliado desde su escueta indicación inicial a una visión más amplia de la sexualidad: “no cometerás actos impuros”.

Este mandamiento me gusta particularmente porque constituye el punto de unión entre dos grupos de personas que se consideran posicionadas en la antítesis total. Me refiero a los meapilas y los que  han renegado de la fe, precisamente por no poder vivir coherentemente este precepto.

Ambos grupos de personas – los abrazaestatuas y los renegados– tienden a considerar el sexto mandamiento no yaprincipal, la piedra angular, sino el único del decálogo. Ambos grupos asumen que robar y matar es malo NO por la ley de Dios, sino por la ley natural y por tanto no hay quien lo cuestione, pero “cometer actos impuros”, tocar la “sexualidad”, eso ya se va de madre. Para unos “la sexualidad” es LA puerta a la condenación – si consigues no caer en el sexto mandamiento parecería que el cielo está garantizado – y para los otros constituye la injerencia más inadmisible de “los curas” en la “libertad” de las personas, y a partir de este apreciación consideran que la Iglesia está absolutamente incapacitada para existir.

Hace ya veinticinco años, todavía estudiaba en la facultad, que un profesor nos explicaba como el adolescente, al sentirse culpabilizado por este mandamiento decide alejarse completamente de la Iglesia antes que abrazar el sacramento de la reconciliación – con todo lo que implica -, y es por ello que se producen tantas «deserciones» en dicha edad. Desde entonces he visto adolescentes, veinteañeros, treintañeros y personas de cualquier edad renegar de su fe por culpa NO del sexto mandamiento, sino únicamente de cómo es vivido. A menudo he visto renegar de toda la Iglesia a personas que habían vivido profundamente su fe, porque no soportan mirarse en el espejo de este mandamiento limitándolo a su expresión original «No cometerás adulterio».

Desde mi punto de vista el problema está en considerar la sexualidad exclusivamente en su versión más básica – pura corporeidad – no tienen en cuenta la sexualidad en su visión integral e integradora de la persona.

Las relaciones sexuales alcanzan su máximo potencial, para lo que hemos sido creados los humanos, al estar integradas en una donación total de nuestra vida y en la aceptación total de la vida del otro, parten del deseo de dar en lugar de recibir placer, asumiendo plenamente las responsabilidades que se deriva de ellas, partiendo del fin primario de la sexualidad.

Por contraposición cuando no están integradas en una donación total, no conllevan la aceptación total de la vida del otro, parten del deseo de recibir en lugar de dar placer o no asumen plenamente las responsabilidades que se derivan de ellas, comenzando por negar el fin primario de la sexualidad, rebajan su funcionalidad a niveles que están muy distantes de lo que podemos alcanzar como humanos y por tanto limitan nuestro potencial.

La sexualidad tiene un fin primario, que es la procreación, pero sería absurdo plantear que alguien sólo tuviera relaciones sexuales con ese único fin. La sexualidad cumple muchas más funciones, pero sería igualmente absurdo pretender negar la existencia de su finalidad primaria.

Comer tiene un fin primario que es la nutrición, pero sería absurdo plantear que alguien escogiera dónde ir a cenar en función de la oferta nutritiva del restaurante (“aquí sirven muy buenas proteínas, bien equilibradas con carbohidratos y aderezadas con una adecuada proporción de lípidos”). Todos elegimos dónde cenar o qué cenar basado en nuestros gustos, pero aunque sólo comamos aquello que nos gusta (es lo que hacemos el 99,99% de los adultos en el primer mundo  aunque forzamos a los niños a comer lo que a ellos no les agrada), no evitamos, ni pretendemos hacerlo, el fin primario de comer, que es alimentarnos.


Tener relaciones sexuales y pretender evitar, negar, o incluso aniquilar las responsabilidades que se derivan de ellas es una clara utilización de la persona. NO me refiero exclusivamente a los hijos – esta es la primera responsabilidad de la que no se puede huir, me refiero también a las responsabilidades psicológicas, afectivas, emocionales y culturales que conlleva cualquier relación sexual – sí, las conlleva aunque haya quien se empeñe en negarlas. Responsabilidades en el otro, pero también en nosotros mismos.

Al tener relaciones sexuales establecemos una relación entre dos personas – no entre dos cuerpos – y por tanto hay que considerar qué estás poniendo y aceptando en esa relación. Si tan sólo pones y aceptas el cuerpo estás pretendiendo una despersonalización (algunos teóricos prefieren hablar de cosificación). Mi cuerpo soy yo. Si comparto mi cuerpo contigo, me comparto a mí mismo, y si pretendo no compartirme por entero, me estoy pretendiendo seccionar – muy al estilo médico, que dividen a la persona en órganos y los consideran completamente independientes – el dermatólogo se ocupa de la piel, el nefrólogo del riñón y el psiquiatra de la mente –, como si fueran entidades completas al margen de un todo. Absurdo.

¿Exagero? ¿Han establecido alguna vez una relación personal – no necesariamente sexual – con una persona que tuviera alguna característica física muy peculiar? ¿Han desarrollado esa relación como con cualquier otra persona? Les recomiendo reflexionar sobre ello.

Hace años hubo una obra de teatro en Madrid que se titulaba “Gorda” de Neil Labute. Cuenta la historia de un treintañero de éxito, con un físico socialmente admitido – el actor que lo representaba era Luis Merlo – que comienza una relación con una chica “estupenda pero gorda”, la actriz principal era Teté Delgado.

En uno de los diálogos entre el protagonista y uno de sus asombrados amigos, el primero pregunta: “¿qué piensas de ella como persona?”

“¡¡ ¿Cómo persona? !!” – contesta el amigo absolutamente desorientado.

No había conseguido verla “como persona”, solo le había visto como “gorda”. Eso es lo que yo llamo despersonalización.

Eso es lo mismo que se pretende cuando se establece una relación sexual en la que no se pretende ni dar ni aceptar nada del otro, tan solo el cuerpo, o incluso cuando se parte de una premisa con fecha de caducidad: me entrego y te acepto, pero sólo mientras mi sensibilidad y mi afectividad estén en tono positivo; si cambian a tono neutro o negativo, lo que te haya entregado será de nuevo mío y lo que tú me hayas dado será rechazado.

Lógicamente reducir la sexualidad a la corporalidad impide vivirla de la manera más plena (y divertida) posible. Vivir la sexualidad no como un medio sino como un fin es gravemente limitante. Quizás incluso patológico.

Recordemos que los mandamientos son las guías que Dios nos da para que logremos vivir de la manera más plena posible, no están para poner cortapisas – salvo a aquello que nos pueda dañar a nosotros y a los que están a nuestro lado – están para dirigirnos a disfrutar al máximo y a sacarle el máximo partido a nuestra humanidad.

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