La comunión: Dios es Amor y se nos da por entero

Educar en la fe: Comunión

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Dentro de la serie dedicada a «educar en la fe» al tema de los sacramentos como medio para educar a nuestros hijos. Esta semana: La Comunión.

Tras habernos acercado al bautismo y la confesión de nuestros hijos, nos toca hablar de uno de los días que seguro que quedará grabado en su memoria: su primera comunión.

Lógicamente la primera comunión está íntimamente ligada a la primera confesión. El perdón y la unión con Dios. El abrazo y el alimento. ¡Qué día tan maravilloso es el de la primera comunión! Y creo que, si lo vivimos bien, en la mayoría de los casos es más intenso, más vivo (espiritualmente hablando) para los padres que para el niño. No debería ser así, pero seríamos poco honestos si no lo reconocemos.

Uno de los motivos de que la primera comunión se haya convertido en un sarao pagano-festivo es, cómo no, la estúpida cantidad y calidad de regalos. Para ello hay un antídoto muy bueno que es hacer siempre un regalo que esté ligado al acto que estamos celebrando: regalar un rosario, un libro de oraciones, el libro de la vida del santo del nombre del niño o una Biblia infantil. Cualquier cosa antes que el regalo estrella: el teléfono móvil (que al margen de cuestiones religiosas ningún ser humano debe tener uno antes de los 14 años, como pronto) y por supuesto antes que el sobrecito con dinero (por cuestiones simples de elegancia).

Tener fe es vivir de cara a Dios y cómo hacerlo mejor que viviendo con mucha frecuencia la comunión.

Como católicos debemos recordar que no todos los cristianos celebramos el sacramento de la Eucaristía. Muchos cristianos en sus celebraciones dicen las mismas palabras que nosotros, las mismas que Jesús dijo en el cenáculo, pero lo hacen como un simple recordatorio, no como un acto sacramental a través del cual el Espíritu Santo da vida al pan, convirtiéndolo en el cuerpo de Cristo y al vino convirtiéndolo en Su sangre. No pueden concebir, ni por asomo, que el mismísimo Dios se haga presente, con su cuerpo y su alma, con su humanidad y su divinidad ante los hombres.

Y es que sin duda ninguna la Sagrada Comunión es el misterio más grande concebible al ser humano. Tanto que ningún simple hombre pudiera haberlo jamás imaginado. Fue el mismísimo Jesús, Dios, quien nos reveló su presencia. Y no lo hizo sólo en la última cena, sino que lo estuvo anunciando durante tres años para que cuando llegara el momento unos pocos pudieran comprenderlo, dentro de los límites tan grandes que nos conforman.

Dios presente en el mundo y además se hace alimento, permitiéndonos la unión más íntima concebible.

Es tan absolutamente enorme que a lo más que podemos conformarnos es a acercarnos a Él con la máxima humildad posible agradecidos de su infinita misericordia.

Como decía el nuevo beato D. Álvaro del Portillo en una visita a México: “62 ó 63 años que llevo comulgando a diario y es como una caricia de Dios”.


Casi tan grande como el misterio de la Eucaristía es creer en Él y rechazarlo. ¿Cómo se puede creer que Cristo está en el Sagrario, que se ofrece por entero a ti, y renunciar a Él?

Para un católico renunciar a la comunión es renunciar a la Vida.

Pero cada vez hay más católicos que pretenden vivir como protestantes: sin confesión, sin comunión y sin devoción a la Virgen María. Si nos quitan esas tres cosas claro que nos convertimos en protestantes, ya que motivos para protestar no nos faltan.

Pero naturalmente debemos tantísimo respeto a la comunión, somos tan indignos de alimentarnos con el cuerpo del mismísimo Dios, que más vale renunciar a recibirle si no le hemos pedido perdón por no haber vivido como hijos suyos. Insisto en la intimísima relación entre la confesión y la comunión. El abrazo y el alimento. Como el hijo pródigo – que es una preciosísima parábola eucarística.

La primera comunión, y a partir de ahí todas y cada una de ellas, debe ser una ocasión para hablar a nuestros hijos de la adoración al Santísimo Sacramento.

Para ello es muy importante y muy necesario recuperar la tradición de la visita a Nuestro Señor, cada día, al menos si pasamos frente a una iglesia, detenernos un momento aunque sólo sea para decirle al Señor que nos gustaría estar con Él, pero que tenemos mil cosas que hacer y no tenemos tiempo, pero lo que hagamos lo haremos lo mejor posible por Él.

Comunión, Eucaristía. Qué difícil es vivir la Santa Misa con niños pequeños. Hubo una época en mi vida en la que podía decir que iba todos los domingos a Misa pero llevaba años sin oír Misa.

No pasa nada. Ánimo y paciencia. Pensar que no estamos en la iglesia por nosotros, sino por Él. El Señor estará encantado de ver a nuestros hijos, de ver los esfuerzos que hacemos por acercárselos y por ver que, a pesar de las dificultades, no dejamos de ir a verle. A los niños, por su lado, desde su incomprensión y su inocencia, les estamos trasmitiendo claramente el mensaje de que queremos tanto al Señor, que por muy llorones, o muy pesados que se pongan, nuestro amor al Señor es más grande y no vamos a dejar de ir a ver a nuestro Padre, que es el suyo.

Pensar en la Eucaristía es, irremediablemente, pensar en el amor. Si el amor se puede definir por la entrega de uno mismo, ¿cabe mayor entrega que ofrecerse como alimento? Dios es Amor y se nos da por entero. Eso es la comunión. ¡Gracias Señor!

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