La Cuaresma que nos cuesta tanto

La Cuaresma es sacrificio, el sacrificio es amor y el amor… es Dios

III cuaresma reflexión Enrique Díaz
Reflejo de luz sobre imagen de Cristo © Cathopic. Kiki García

El amor de Dios está por todas partes, el problema es que no sabemos verlo, escucharlo, palparlo ni encontrarlo. Mucho menos agradecerlo.

En estos días comienza la Cuaresma, ese clamor del cielo que llama a la Conversión a través de ayuno, limosna, penitencia y oración. Lo marca el miércoles de ceniza, que este bisiesto 2024, cae nada menos que en el día de los enamorados, 14 de febrero.

La fecha es providencial dado que San Valentín -patrono de los enamorados- trabajó con denuedo para enseñar a los cristianos que el matrimonio se basa en la entrega, el sacrificio y la renuncia personal, no en la conveniencia, la diversión, el beneficio o la felicidad pasajera. Esto irritó sobremanera al Emperador romano Claudio II quien para evitar que los cristianos recibieran el sacramento del matrimonio y proliferasen, decidió azotar en público al santo para después en privado, decapitarlo.

Dado que la Iglesia de Cristo está llamada a la unión esponsal con su redentor, y siguiendo las directrices del Santo, la Cuaresma no es otra cosa que la aceptación de esa parte de sacrificio, que todo matrimonio debe asumir para ser “una sola carne”, olvidándose cada uno de sí mismo y entregándose por completo al otro.

La Iglesia Católica, futura esposa de nuestro Señor, por quien entregó Su vida para santificarla, nos recuerda cada año en estas fechas, que si en algún momento queremos formar parte de esas futuras “Bodas del Cordero”, debemos hacer sacrificios personales, ayunar, hacer penitencia, dar limosna y también, hablar con nuestro Padre del Cielo. Debemos orar con fe -cada día si es posible- para demostrar nuestro compromiso y a cambio, si lo hemos merecido, al final de la vida recibir el inmenso regalo del Hogar eterno.

El problema es que el ser humano huye del sacrificio. La inmensa mayoría de las veces lo entiende como un castigo porque no termina de comprender que el ayuno, la limosna y la penitencia son demostraciones de amor. Al igual que nuestro Señor nos amó hasta el extremo, entregándose por nosotros en la Cruz para devolvernos la Comunión con el Padre, nosotros también debemos sacrificarnos para que Él pueda llevarnos de vuelta a Casa.

Porque te quiero Padre, procuro tener mi alma limpia y no pecar. Porque te quiero Padre, hoy estaré a pan y agua. Porque te quiero Padre, hoy no voy a fumar. Porque te quiero Padre voy a retirarme del mundo unos días y encerrarme en unos Ejercicios Espirituales para sentirme más cerca de Ti y orar en santo silencio. Porque te quiero Padre, voy a ayudar a esta persona aunque no la conozca. Porque te quiero Padre, hablo contigo cada día, no sólo cuando tengo dificultades.

La traducción para los que les cuesta comprenderlo es: porque te quiero, papá o mamá, os cuido cuando estáis enfermos (y no os dejo solos). Porque te quiero hijo, renuncio a las posibles comodidades y estoy más tiempo contigo, o sacrifico unas vacaciones, o nos vamos a ver a los abuelos para que disfrutes de su amor aunque estén a 300 km.


Porque te quiero hijo, aunque no soporto a tu padre o madre, renuncio a ese bienestar personal para que tú disfrutes y sepas lo que es un hogar todos los días de tu vida. Porque me compadezco, (sufro con él), al que veo pidiendo en la calle, le doy una limosna, o le compro un bocadillo o le regalo mi tiempo y me preocupo por su situación. Porque te quiero Padre del Cielo, renuncio a “mirar” a otras personas atractivas que podrían poner en peligro mi Santo compromiso del Matrimonio.

El amor no tiene un momento propicio. El amor es siempre y sin mirar a quién, lo cual requiere sacrificio porque la inmensa mayoría de las veces, la comodidad, la pereza, la desidia, la falsa lasitud e incluso la dejadez (todas tentaciones), nos impiden amar como nuestro Señor nos enseñó. Preferimos el bienestar y el bienestar… no da la paz. La paz nos la da Cristo cada vez que comulgamos en Gracia, hacemos el bien, nos sacrificamos y nos acostamos con la conciencia verdaderamente limpia y tranquila sabiendo que hemos hecho un buen trabajo, lo correcto.

Cuando estés en horas bajas, no dudes que te llegará la tentación de abandonar y te preguntarás: ¿pero… para qué demonios hago yo todo esto? En la pregunta tienes la respuesta. El enemigo no dudará en ponerte mil contratiempos, buscar innumerables excusas y apartarte de la decisión de entregar al Señor una Santa Cuaresma. No te distraigas porque el tipo malo siempre estará al acecho y expectante para aprovechar un descuido y hacerte caer. La batalla que está ahí y no queremos ver, la sufres y combates en tu carne con el sacrificio, pero es espiritual y comenzó hace millones de años.

Jesús pasó 40 días en el desierto soportando tentaciones. ¿Cómo podemos imitarlo?  Prueba a pasar una hora a la semana (o diaria si es posible) en oración silenciosa mirando a Jesús en el sagrario o en una capilla de Adoración. Sin ninguna distracción, sin libro ni rosario. Sólo tú y el Señor. Él te enseñará a vencer al enemigo, pacificará tu corazón y te devolverá al camino que te sientes tentado de abandonar.

Con la ayuda de Dios, la mayor fortaleza será tu voluntad. Sé honesto contigo mismo y si notas que flaquea, reza. Reza con todas tus fuerzas. Pídele a tu Padre del Cielo que te fortalezca para aceptar con paz su voluntad en tu vida sea la que sea. Pídele que te sostenga para cumplir tu Misión y con Su favor, poder regalarle este año una verdadera Cuaresma para vivir posteriormente una santa Semana Santa.

La Cuaresma es sacrificio, el sacrificio es amor y el amor… es Dios.

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