La tragedia de los embriones congelados condenados a muerte

Observatorio de Bioética – Universidad Católica de Valencia

Embrión © Observatiro de Bioética-UCV

Un artículo publicado hoy en un conocido medio comunicación español que habla de los más de 60.000 embriones congelados que están abandonados actualmente en nuestro país, los define como “agrupaciones de células que legalmente merecen respeto, pero no son consideradas vida”. Esta afirmación, no justificada, contradice las evidencias científicas disponibles actualmente acerca del estatuto biológico del embrión humano. Puede afirmarse que existe un gran consenso científico en cuanto a considerar que la vida de un ser humano comienza con la fecundación, por lo que el cigoto, embrión humano de una sola célula, es un individuo de la especie humana, con identidad propia e irrepetible.

El mayor obstáculo bioético, aunque no el único, que presentan algunas técnicas de reproducción asistida como la Fecundación in Vitro (FIV) o la Inyección Intracitoplasmática de espermatozoides (ICSI) es el de la producción supernumeraria de embriones humanos destinados en su gran mayoría a su destrucción.

Un artículo publicado en el diario El Mundo el 2 de Mayo de 2022 presenta como investigación pionera un trabajo que trata de evaluar el número de embriones criopreservados existentes actualmente en España, así como sus posibles destinos futuros. Se trasladó una encuesta a distintos centros nacionales de reproducción asistida solicitando datos acerca de cuántos de estos embriones estaban destinados a ser gestados por los donantes, donados a terceros, utilizados en investigación, directamente destruidos o, finalmente, sin un destino conocido.

El mencionado artículo periodístico define este último destino, el indeterminado, como el más controvertido, después de afirmar, parafraseando a la autora de la investigación, Rocío Núñez Calonge, que estos embriones son en realidad “agrupaciones de células que legalmente merecen respeto, pero no son consideradas vida”.

Esta afirmación, no justificada, contradice las evidencias científicas disponibles actualmente acerca del estatuto biológico del embrión humano. Puede afirmarse que existe un gran consenso científico en cuanto a considerar que la vida de un ser humano comienza con la fecundación, por lo que el cigoto, embrión humano de una sola célula, es un individuo de la especie humana, con identidad propia e irrepetible.

Los intentos de establecer una naturaleza de pre-embrión, algo parecido a lo que la autora afirma hablando de las “semillas” de las plantas, como algo distinto del embrión, fracasaron hace ya algunos años, siendo abandonados hasta por los que los promovieron en los años ochenta del pasado siglo a raíz de la aparición de las técnicas de fertilización in vitro.  (Ferrer M, & Pastor, L. M. (2012). La vida breve del preembrión. Historia de una palabra. Cuadernos de bioética, 23(79), 677-694).

Las actuales evidencias acerca de su identidad genética, procesos epigenéticos, programa de desarrollo ya existente en el estadio de cigoto, fenómenos de diferenciación y posicionamiento celular intra embrionarios, y otros, alejan toda duda sobre la existencia de un individuo de la especie humana, inmaduro, en todo embrión, siendo arbitrario todo intento de establecer etapas madurativas que definieran naturalezas diferentes en este proceso de desarrollo.


El concepto “persona” que también menciona la investigadora incluye, además del reconocimiento de la identidad biológica humana, el reconocimiento de dignidad y derechos, que pueden ser otorgados o retirados, como la humanidad ha hecho injustamente en tantas ocasiones, pero que no anulan la evidencia de la existencia humana presente en todo embrión.

A esta grave imprecisión en el artículo, hay que añadir otras que confunden más que aclaran. El hecho de que, según el artículo, 60.005 embriones se hallen en “situación de abandono” por no estar definido su destino, no es más grave que 668.082 de ellos -según datos registrados, aunque en realidad pueden ser muchos más- que permanecen criopreservados, estén destinados, mayoritariamente, a su destrucción, bien por promoverla directamente o por hacerlo para utilizar sus células en investigación.

La gravedad del hecho es mayor si se tiene en cuenta que se siguen produciendo importantes cantidades de embriones que no van a ser implantados en procesos de reproducción asistida, lo que plantea una espiral de producción y destrucción de -no debe obviarse, como hace la mencionada autora- seres humanos en sus procesos iniciales de desarrollo.

Esta cuestión ha sido ya denunciada previamente, entre otros por Rich Vaughn, un abogado de Los Ángeles que dirigió el comité de reproducción asistida de la American Bar Association durante muchos años, que afirmó en un medio estadounidense en 2019 que “es un verdadero dilema para estas clínicas… No sabemos muy bien qué hacer con ellos y todos tienen miedo de actuar ante la posibilidad de ser demandados si las personas reclaman décadas después sus embriones”. En su intervención afirmó que “no se sabe cuántos embriones están almacenados; los centros no tienen que informar eso. Un estudio estimó que había 1,4 millones en los EE. UU. Los investigadores creen que entre el 5 y el 7 por ciento son abandonados, aunque llega al 18 por ciento en algunas clínicas”.

Denominar eufemísticamente a los individuos de la especie humana en sus estados iniciales de desarrollo como agrupaciones de células, para tratar de minimizar la tragedia que se esconde tras su manipulación y destrucción, es faltar a la verdad científica y constituye una forma inaceptable de manipulación, contra la que, por cierto, ya se pronunció en 2011 el Tribunal de Justicia Europeo en su Sentencia de 18 de Octubre, en la que establecía que “es un embrión humano todo óvulo humano a partir del estadio de la fecundación”. Y un embrión humano no es simplemente un agregado celular sino un individuo diferenciado, organizado, que sigue un programa de desarrollo preestablecido sin solución de continuidad y que, si se le deja evolucionar naturalmente, progresará en su maduración hasta la edad adulta. Los estados de inmadurez en este proceso evolutivo no le desposeen de su naturaleza humana, del mismo modo que la inmadurez de un neonato no le priva de su condición personal de ser humano, con dignidad y derechos.