Los caminos de la vida

La alegría, llanto y tantos porqués que la Virgen Santa guardaba en su corazón nos señalan el camino para vivir el misterio de la vida

Llevo, como las series de televisión, varias temporadas en función que van desde la infancia hasta esta etapa de base sesenta denominada adulto mayor. Es probable que, a muchos, cada década de la vida nos haya supuesto algún quiebre con sus colores y aromas; risas y lágrimas; dramas y comedias; idas y vueltas. Quizá, también, haya más de un desgarrón en el corazón, pues donde está el amor, suele estar presente, también, el dolor.

En este trajinar de años, pienso en lo que decía Gabriel Marcel: “la vida no es un problema que hemos de resolver, sino un misterio que hemos de vivir”. Un problema, como los que solíamos tener en matemáticas, tiene una solución. La lógica se abre paso en la maraña de datos y el teorema, tarde o temprano, queda demostrado. Pues bien, la vida no es un problema en donde los datos encajan uno detrás de otro de tal manera que los porqués y los paraqués que nos preguntamos reciban una respuesta cabal, iluminadora de toda la existencia humana. La vida es, más bien, un misterio que hemos de recorrer dispuestos a asombrarnos, haciendo camino al andar, en una aventura acompañada que expande la mirada y ensancha el corazón para descubrir la propia misión: qué hemos de hacer, qué hemos de llegar a ser, a quién hemos de servir, a quién entregamos la vida. Van, a continuación, algunas pinceladas de este misterioso vivir:

Los quiebres de la biografía personal

No siempre el proyecto vital soñado se corresponde con la vida realizada. Enhorabuena cuando proyecto y realidad coinciden o son simétricos. Pero en no pocos casos, los proyectos se truncan por circunstancias sobrevinientes dando lugar a nuevas trayectorias. Es natural lamentarse por la pérdida del sueño de nuestra vida, pero ya no es de buena ley quedarse empantanados en el continuo lamento. No le falta razón a Tagore cuando señala que “si lloras por haber perdido el sol, las lágrimas no permitirán ver las estrellas”. Sí, nos hubiese gustado que la vida tuviera los rumbos de ensueño primaveral llenos de felicidad idílica. Hemos emprendido otros rumbos y, quizá, conviene tener en cuenta el consejo de Tagore para evitar que las lágrimas nos impidan ver la maravilla del cielo estrellado, de tal manera que encontremos las gotitas de felicidad en lo que tenemos al lado, dejando fuera la nostalgia de lo perdido. Toda cosa tiene su tiempo.

En esta misma dirección, Erik Varden cuenta que Maïti Gertanner, heroína de la Resistencia francesa, fue sometida a duras torturas que truncaron su virtuosismo en el piano a más de inhabilitarla físicamente: “el sufrimiento, para mí, no era un estado transitorio, sino una forma de ser”. Sin embargo, pese a estas limitaciones no buscadas, nació en ella una certeza: “no tenía que tener nostalgia de lo que había sido o de lo que habría podido ser. En vez de eso tenía que amar lo que era y buscar lo que debía ser”. La actitud de Maïti es admirable. No se queda empantanada en los proyectos destrozados. Asume la situación en la que se encuentra y se abre a nuevas alternativas vitales. No es simple resignación, es reconocimiento y afirmación de su ser. Vuelta a empezar, sin amargura. El camino ha de continuar y lo hace por elevación sin renunciar al amor. Es el nunc coepit (ahora comienzo) que hemos de realizar a lo largo de la biografía humana: cambios de oficio, reinvenciones de nuestras competencias, hacernos cargo de la fragilidad y vulnerabilidad de los años y tantas otras sorpresas que nos depara la vida.

Voluntad de sentido y responsabilidad

En tiempos de aguas mansas o bravas, los seres humanos buscamos un norte en la navegación de la vida. Requerimos un anclaje, estar en algo y, procuramos, asimismo, encontrar una respuesta al para qué de lo que hacemos. “No hay nada en el mundo -sostiene Frankl- que sea tan capaz de consolar a una persona de las fatigas internas o las dificultades externas como el tener el conocimiento de un deber específico, de un sentido muy concreto, no en el conjunto de su vida, sino aquí y ahora, en la situación concreta en la que se encuentra”.  Para transitar con sosiego por la vida requerimos un Norte. Este punto de referencia le otorga rumbo y argumento a la existencia humana. No faltarán tramos de la vida en los que nos desorientamos y sobrevenga un estancamiento vital o un activismo errático. Ni lo uno ni lo otro llenan. Lo importante es que el Norte sigue allí como un faro encendido, señalando el camino al que se puede volver. Con Víctor Andrés Belaunde, se podría decir que estamos en un ir y venir de inquietud y serenidad, con una aspiración permanente a la plenitud.


De otro lado, ante una cierta cultura del pesimismo y de actitudes que tienden a justificar, condescendientemente, el peso de la responsabilidad de los actos propios, con Frankl podemos afirmar que los seres humanos somos capaces de autotrascendencia: ni la herencia, ni las predisposiciones, ni el entorno, ni la educación son una jaula que nos atrapa irremediablemente y nos condena a la infelicidad. “El fatalista -anota Frankl- se dice a sí mismo que darle la mano a la vida no sólo es inútil, sino completamente imposible, porque no somos libres, ni siquiera responsables, sino que somos las víctimas de la coyuntura, del entorno de las circunstancias”. A este derrotismo, Frankl plantea que existe un núcleo irreductible en la criatura humana que nos eleva para asumir la responsabilidad de las acciones benéficas o reprobables que protagonizamos sin escondernos detrás de la fatalidad de la historia: a más libertad, más responsabilidad.

Un corazón doliente

La vida tiene su dosis de fatiga. Cuántas veces nos encontramos sobregirados o agobiados por los trajines diarios o por problemas que nos jalonean de aquí para allá. Son situaciones que nos descolocan y no damos para más. El reposo y el consuelo vienen a pelo. Estas sobrecargas nos restan vigor físico y anímico; sin duda, podemos decir que no estamos en el mejor momento. Sin embargo, tantas veces, incluso en esas circunstancias de disminución, podemos sacar fuerzas de flaqueza para realizar una actividad aun cuando ni el ánimo ni las fuerzas nos acompañen.  Viene a cuento estos versos de Antonio Machado: “Ay de nuestro ruiseñor,/ si en una noche serena/ se cura del mal de amor/ que llora y canta sin pena!” Somos conscientes de que muchas buenas canciones y poemas nacen del corazón afligido del poeta. Deliciosas canciones desesperadas y muy sentidos poemas de amor. Ese mismo corazón doliente no se agota en su pena, pues porque sabe de dolor, es capaz de llevar consuelo a su prójimo. Malheridos y todo, con el ala rota y el alma acongojada podemos llevar alegría y ser soporte de quienes están alrededor nuestro.

Felices aquí para ser felices Allá

“La felicidad del cielo, decía San Josemaría, es para quienes saben ser felices aquí en la tierra”. Buscamos la felicidad y, aunque la vida no sea toda de color rosa, no renunciamos a ser felices aquí, con y en medio de nuestros semejantes. La mística ojalatera de la que hablaba este santo es una buena caracterización de quien espera ser feliz sin los inconvenientes del camino: “ojalá no me hubiese casado, ojalá hubiese nacido en otro país, ojalá viviese sin la inseguridad del momento, etc.” Males y cizaña los encontramos en todo sitio: en la familia, el barrio, la ciudad, el orbe. No vivimos en el mejor de los mundos posibles, ni existe la ciudad perfecta. El mal es real y todos necesitamos de redención: un quién aquí y un quién en el Cielo que nos salve. En el día a día estamos llamados a sembrar, esforzadamente, semillas de paz y alegría, procurando no cegar las fuentes de la esperanza.

Para un cristiano la Cruz no es una novedad, no hay Resurrección sin Pasión, ni felicidad sin lágrimas. La Doncella de Nazareth a quien el Arcángel Gabriel le dice “Alégrate, María” cuando le anuncia que será la Madre del Redentor, es la misma Madre Dolorosa, llena de lágrimas junto a la Cruz de su Hijo. La alegría, llanto y tantos porqués que la Virgen Santa guardaba en su corazón nos señalan el camino para vivir el misterio de la vida.

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