Mi corazón descansa en ti

Un corazón comprensivo con los oídos abiertos para escuchar nuestras penas

“Mi corazón está inquieto hasta que descansa en ti” decía con mucho acierto San Agustín. Se refería al regazo de los regazos, el de Cristo. Quien vive la experiencia religiosa comprueba que es así, de modo particular en los momentos estelares de la vida y en los hoyos de pesadumbre que no faltan en la narrativa humana. Lo que acontece en las alturas del cielo, también sucede en los quehaceres y correrías de la vida, en el llano y en el día a día de las relaciones personales. Sólo otro corazón humano aquieta, serena y llena de gozo a nuestro corazón.

Las cosas materiales -en su mejor presentación- nos dan comodidad, los bienes placenteros (comida, bebida, diversiones vertiginosas) nos dan satisfacciones sensoriales agradables. Fácil es, lo sabemos, que estos bienes, disfrutados en exceso, acaban por saturarnos y dejen malas huellas de tristeza, resaca e insatisfacción. En su sitio, en la medida adecuada, estos bienes placenteros forman parte de las alegrías bonitas que, también, entonan el alma. Por experiencia propia sabemos, asimismo, que el ser humano añora otros bienes, como se expresa en aquellas palabras sinceras de la anfitriona de la casa cuando nos ofrece unos bocaditos: “sírvanse, por favor; es una pequeñez, pero lo he preparado con mucho cariño”. Sí, cariño es el valor agregado que da plenitud y eleva el bocadito a las alturas del corazón.

Nos juntamos para hacer algo en común, para estar uno con el otro o unos y otros. Es el cuerpo y el alma, la persona en su totalidad quien goza del encuentro. El corazón humano se siente a sus anchas entre amigos, familiares, seres queridos. En este ámbito de encuentros distendidos, la bebida refresca el cuerpo y aligera el alma; la infusión abriga al corazón; las palabras se hacen risueñas, unas veces; otras se convierten en halagos que acarician el alma. Por el contrario, qué desagradable, cuando las palabras rasguñan o los interlocutores adoptan poses acartonadas. Hemos estado juntos y, a la vez, qué distantes unos de otros. Reunión bonita, sólo aquella en la que la comunión aflora y los corazones entran en sintonía.


¿Y en los momentos malos, cuando llega la tribulación, el dolor? Con mayor razón buscamos un corazón en donde cobijar el nuestro adolorido. Un corazón comprensivo con los oídos abiertos para escuchar nuestras penas. Muchas veces, basta estar juntos, compartiendo silencios, las palabras están de más. La compañía basta y sobra. Cuando la sintonía entre los seres queridos es fina, se activa, incluso, el sexto sentido de alguno. Al respecto, pienso en aquella escena de la historia de Lúthien y Beren del Silmarillion de Tolkien. Baren está a cientos de kilómetros de su querida elfa Lúthien. Ha caído prisionero de Sauron. Y justo “en el momento en que Sauron arrojó a Beren al foso, un abismo de horror se abrió en el corazón de Lúthien; y cuando acudió a Melian en busca de consejo, se enteró de que Beren estaba sin esperanza de salvación”. Sucede en los cuentos de hadas, sucede entre los amigos, sucede entre padres e hijos.

¿Está usted solo? ¿Viaja solo? Bueno sí, pero si he de apurar las cosas, podría decir que solo, lo que se dice solo, no lo estoy. Me acompañan mis seres queridos, mis amigos del cielo. No están a mi lado, pero están. Desde luego, también es verdad que, a la primera que se de la ocasión, nos juntamos presencialmente, para estar gozosos uno al lado del otro.