Pequeñas casualidades

Una película contra la desesperanza y la muerte como escape

En las democracias occidentales, se abre paso la opción de la muerte como una salida plausible ante la adversidad, bien para escapar de la enfermedad, del sufrimiento, de la frustración de planes vitales o ante el temor de convertirnos en una carga para los demás. A leyes como la Eutanasia que legitima la supresión de la vida como máxima expresión de la libertad y la autonomía personal se añade la realidad del suicidio y de las tentativas no consumadas, un drama personal y social que afecta a personas cada vez más jóvenes. El film francés Pequeñas casualidades combate la desesperanza y la idea cada vez más extendida de la muerte como escape. La película de Olivier Treiner es una oda a la vida, con sus altibajos y reveses, una reflexión sobre la búsqueda de la felicidad, el sentido del sufrimiento y la libertad responsable con uno mismo y con el prójimo.

Quién no se ha preguntado alguna vez si nuestra vida es consecuencia de un ejercicio responsable y consciente de libre albedrio, o si no responde a un cúmulo de azarosas coincidencias y accidentes fortuitos, del sufrido destino que nos convierte en meros intérpretes de un guion ya escrito y, a la postre, resulta un extraordinario mecanismo de defensa para evitarnos el examen de algunas decisiones poco atinadas. O, como tercera opción, si acaso no son nuestras relaciones con otros las que nos influyen para conducirnos por unos u otros derroteros. Y quién no se ha dejado llevar, en más de una ocasión, por un rasgo intrínsecamente humano, nuestra capacidad para imaginar, que posibilita poner entre paréntesis el presente y proyectarnos a tiempos pasados o futuros, cómo habría sido nuestra vida si … hubiera hecho esto, aquello o lo de más allá. Un ejercicio nostálgico que suele contribuir a amargarnos la existencia y socavar las posibilidades de felicidad real cuando no está dirigido a realizar un auténtico examen de conciencia.

Julia, la protagonista de la ópera prima del cineasta francés Olivier Treiner, Le Tourbillon de la Vie (2022) -estrenada en España como Pequeñas Casualidades (2023)- reflexiona justo cuando cumple 80 años, en el París de 2052, sobre la intención y el sentido de su propia vida. El personaje, interpretado por la actriz Lou de Laâge, revisa en la última etapa de su vida una serie de decisiones y accidentes que, desde los 17 años, coincidiendo con la simbólica caída del Muro de Berlín (1989), podrían haber conducido a esta brillante estudiante de piano, por caminos distintos, a otras vidas posibles. El director despliega con habilidad distintos recursos cinematográficos dirigidos a que el espectador no se pierda en la proyección de las cuatro posibles existencias alternativas de Julia, con diferentes grados de felicidad y sufrimiento, en las que la protagonista se enfrenta a un crisol de disyuntivas, algunas de consecuencias dramáticas.

La estrategia de narrar una historia desde diferentes perspectivas recuerda a filmes como Dos vidas en un instante (1998) de Peter Howitt; Mr. Nobody (2009) de Jaco van Dormael o El último duelo (2021) de Ridley Scott. Sin embargo, la propuesta del director de Pequeñas casualidades favorece una reflexión filosófica y bioética más honda sobre tres temas claves relacionados con el sentido de la existencia. El cineasta francés no se limita a la reflexión sobre casualidad/casualidad -la acción o el destino- ni sobre los altibajos naturales del vivir. Éstos son temas colaterales que, en un giro de guion, sirven de excusa a Treiner para formular su auténtica propuesta fílmica; una oda a la vida frente a la desesperanza cuando se tuercen los planes y una crítica radical a la idea de la muerte como escape al sufrimiento y a la frustración vital, cada vez más arraigada y naturalizada en las sociedades actuales.

Las distintas tramas de la película nos conducen a una reflexión de carácter metafísico y es que nuestra vida es una urdimbre de experiencias tanto vividas como no vividas, en la medida en que lo que no hemos experimentado– por accidente o por decisión propia- también acaba conformándonos interiormente. Y, en este sentido, el director combate activamente, a través de la ficción sobre las posibles vidas de Julia, la creencia irracional de que conseguir lo que soñamos es siempre y en todos los casos una garantía absoluta de felicidad. En este contexto, formula una ácida crítica al ideal de amor romántico que remite a los cuentos infantiles y promueve expectativas sobre el otro difícilmente viables.

En todas las vidas de Julia, incluso en las proyecciones más felices, coexisten el dolor y la gloria.  Y, en ninguno de los momentos más dolorosos, el cineasta promueve la muerte voluntaria como opción para evitar el sufrimiento, sino todo lo contrario. Treiner presenta los altibajos como oportunidad para desplegar habilidades y dones desconocidos hasta ese momento. Ello lo hace en distintas escenas como la grave enfermedad de la madre de Julia, o en el intento fallido de suicidio de la misma protagonista en una de las vidas que se prometían más perfectas y que acaba torciéndose por un accidente de motocicleta que la aparta de su prometedora carrera de pianista. La supuesta pareja perfecta se transforma en una relación sin amor ni cuidado. El intento de suicidio de Julia como salida a la decepción y al dolor por no poder cumplir los planes alentados desde niña por la propia familia no sólo la hieren a ella, sino que también daña gravemente la relación con sus dos hijos.

El director se esfuerza, por otra parte, en combatir como símbolos de vidas plenas la superficialidad y la comodidad fundadas en la acumulación de bienes materiales, o la adicción al trabajo como único medio de reconocimiento personal que descuida la atención a los más cercanos. El realizador galo -coautor del guion escrito junto a su mujer- invita al espectador a encarar con esperanza la frustración y los reveses existenciales, desplegando, a pesar de los obstáculos del camino, una vida auténtica, coherente y responsable con las decisiones que adoptamos o con los accidentes que cambian nuestros planes. La existencia esperanzada, pese a las adversidades o el infortunio, no tiene que ver con un ejercicio de sentimentalismo simplón del cineasta, sino con la necesidad de admitir la imposibilidad de controlar absolutamente todos los extremos de nuestras vidas, sujetas inexorablemente a episodios de incertidumbre y accidentes.

La trascendencia personal tiene una parte mistérica que no se agota ni en la propia persona, ni en el otro, ni en la comunidad. La búsqueda de una realidad trascedente, en este sentido, acontece en lo más profundo de la existencia de la persona, irrumpiendo con tal ímpetu que, primero, desborda y, a renglón seguido, esponja e ilumina el Ser.  Olivier Treiner presenta a la familia como un espacio amoroso, aunque no ausente de conflictos, que promueve la identidad personal, la trascendencia y nos prepara para la relación con otros.


Antes de la valoración bioética, subrayar que no es un asunto baladí que el cineasta francés otorgue a la ópera de Giuseppe Verdi, Nabucco, y concretamente al coro conocido popularmente como Va pensiero, que evoca el pasaje del Antiguo Testamento de la esclavitud de los judíos en Babilonia, un protagonismo que resulta enigmático hasta el simbólico, liberador y redentor final de la película. Verdi escribe esta ópera, que se estrena en 1842 en l’ Scala de Milán, en un momento extraordinariamente doloroso, tras la muerte de su esposa y de sus dos hijos. No es propósito de esta lectura fílmica adentrarnos en la simbología también política de esta parte de la ópera, pero sí resulta reveladora una frase que repite el coro y que resume a la perfección la tesis del director del film: ¡Que el padecer infunda virtud!

Valoración Bioética

La propuesta fílmica del director de Pequeñas casualidades es compatible con la bioética personalista que considera la vida como un valor fundamental de la persona, en tanto que ser corpóreo y, a la vez, espiritual. Únicamente podemos desplegar nuestra vida desde un cuerpo. Es decir, sin vida física resulta imposible ejercer la libertad que queda cancelada al optar por la muerte. Además, el Principio de Libertad y Responsabilidad implica que la persona es libre para conseguir el bien de sí mismo y el de otros, de manera que no puede haber auténtica libertad si ésta no se acompaña de responsabilidad frente a uno mismo, ante la propia vida, y ante los otros. Desde el personalismo bioético, la persona es el centro de la sociedad y ello implica un enriquecimiento bidireccional y una responsabilidad directa con los otros que resultan imposibles cuando se promueve una “cultura de la muerte”:

Por otro lado, la trama de Pequeñas Casualidades evoca reflexiones claves como la del filósofo Julián Marías sobre la búsqueda de la felicidad a la que se refiere mediante una expresión paradójica: “el imposible necesario”. Marías alude así al drama humano del anhelo innato de ser feliz y, a la vez, la realidad tozuda de no poder serlo nunca de forma plena o continua, más allá de lo que él mismo denomina “islas de felicidad”, momentos efímeros que hay que disfrutar. Como C.S. Lewis recuerda en su obra A grief Observed, llevada al cine con el título Tierras de penumbra, la felicidad de entonces forma parte del dolor de hoy “ese es el trato”.

También el filósofo personalista Gabriel Marcel, despliega en su obra Homo Viator una metafísica de la esperanza acorde con la tesis central de la película objeto de comentario. Donde la esperanza falla “el alma se reseca” nos advierte Marcel. Y nos aporta una clave esencial que no hay esperanza más que “al nivel del nosotros, del ágape, no al nivel de un yo solitario que se obnubilaría con sus fines individuales”.  Esperanza y ambición o deseos no pertenecen a la misma dimensión espiritual. El “yo espero” está orientado hacia una salvación, mientras que el “yo deseo” se orienta hacia un tener tan obsesivo como deshumanizado.

Concluir esta crítica cinematográfica con unas lúcidas palabras de Dostoievski a las que alude Víctor Frankl en su obra El hombre en busca de sentido. “Sólo temo una cosa, no ser digno de mi sufrimiento” que alude a la trama central del film. Dotar a la vida de intención y sentido nos prepara para elevarnos por encima de la adversidad.

Amparo Aygües. Ex alumna Master Universitario en Bioética. Colaboradora del Observatorio de Bioética

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