Pobre Armenia

“A falta de petróleo no hubo amigos en el mar, dejando las naciones tu barquito naufragar” (Mecano)

No la tiene fácil el pueblo armenio. De hecho, no la ha tenido fácil nunca. Quizá sea el precio a pagar por haber sido el primer reino en abrazar el cristianismo, en el año 301 d.C., aunque la predicación apostólica se remonta al año 40 d.C., siendo uno de los primeros lugares, fuera del Imperio Romano, en ser evangelizados. El pueblo armenio cuenta, entre sus desgracias, el haber sufrido el primer genocidio del siglo XX, cuando, durante la Primera Guerra Mundial los turcos masacraron cerca de dos millones de personas, obligando a todo el pueblo armenio a abandonar el territorio turco.

Los armenios recuperaron la autonomía apenas en 1991, cuando se desintegró la URSS. Desde entonces es un país libre y soberano, con condiciones precarias de vida, por no tener acceso al mar y ser un territorio abrupto, al estar enclavado en la cordillera caucásica. Pero tienen una fuerte identidad propia con una lengua, cultura, tradición y religión hondamente arraigadas. Cuenta, además, con una inmensa comunidad armenia repartida por el mundo, fruto del genocidio perpetrado por los turcos otomanos.

El caso es que ahora Armenia tiene un doloroso conflicto bélico con su vecino Azerbaiyán, país de mayoría musulmana, que ha invadido la región de Nagorno-Karabaj, poblada principalmente por armenios cristianos, desarrollando una estrategia de “limpieza étnica” y obligando a emigrar a 120 mil civiles armenios. Además, ha cortado los suministros básicos a la población de la región, que ha quedado incomunicada, y controla rígidamente la eventual ayuda humanitaria. Diversas asociaciones de estudiosos sobre el genocidio advierten del peligro real de un nuevo genocidio armenio, a manos de las tropas de Azerbaiyán y su política de limpieza étnica.

¿Cuál es la desgracia de el pueblo armenio? Que está en medio de la nada, pues es una región montañosa agreste, en medio del Cáucaso. El pueblo armenio de Nagorno-Karabaj está abandonado a su suerte, simplemente se está obligando a la población a abandonar apresuradamente las tierras de sus ancestros. Azerbaiyán goza del apoyo turco para su política de limpieza étnica. Occidente se limita emitir dos tibias “alertas de genocidio” a través de Genocide Watch, mientras que Christian Solidarity International, una organización cristiana que promueve los derechos humanos, particularmente la libertad religiosa, pidió a Biden que intervenga en el conflicto. Por su parte, Luis Moreno Ocampo, quien fuera primer fiscal de la Corte Penal Internacional, declaró que se estaba perpetrando un genocidio en la región. Pero, finalmente, sólo palabras, no acciones.


Azerbaiyán aprovechó la coyuntura geopolítica para conseguir sus objetivos. Ni Rusia, que está en guerra con Ucrania, ni los Estados Unidos, que tienen la mirada puesta en Israel y Palestina, están en posibilidad de intervenir. La Unión Europea tiene contratos de gas y petróleo con Azerbaiyán, los cuales le vienen muy bien, al no contar ahora con el suministro ruso; no van a enemistarse con su socio comercial, y mirarán impúdicamente hacia otro lado. Es, sin lugar a dudas, el momento ideal para la intervención e, incluso, para la realización de la limpieza étnica y el genocidio, porque el mundo está mirando hacia otro lado.

Los armenios tienen la “desgracia” de ser cristianos. En el apocalíptico panorama geopolítico actual, las vejaciones contra los derechos humanos solo encuentran eco mediático, político y, finalmente, militar, si son realizadas contra gays, personas de color, transexuales, judíos o musulmanes. Por esas causas la comunidad internacional se arremanga los codos y mete las manos. En cambio, si la violencia es padecida por los cristianos, no solo es tolerada, sino, más doloroso, cruelmente ignorada. Basta mirar los miles de cristianos que son masacrados en Nigeria y otros países africanos por terroristas musulmanes: no son noticia, como tampoco lo es ahora la causa armenia.

Los cristianos del resto del mundo debemos hacer un esfuerzo especial, primero para enterarnos de lo que pasa -no sale en los periódicos-, después para despertar la conciencia social y humanitaria de las personas de buena voluntad y, por último, para solidarizarnos con los que sufren, a través de la oración y, en la medida de nuestras posibilidades, de la ayuda humanitaria.