Un transexual solicita la eutanasia

Tras sufrir complicaciones su cirugía de reasignación de sexo

No es la primera vez que tratamos en nuestro Observatorio, el caso de personas transexuales que, tras someterse a algún tratamiento de transición de género, se arrepienten de haberlo hecho. Lamentablemente, cada vez son más.

Lois Cardinal

Según el diario Daily Mail, Lois Cardinal, un varón de 35 años, se sometió a una vaginoplastia en 2009. Tras asegurarle los médicos que todo iba a ir bien y que no se darían complicaciones, el joven comenzó a sentir presión constante, incomodidad y fuertes dolores que no han cesado hasta el momento. Para Cardinal, esta situación le está provocando «una gran carga psicológica», ya que además, afirma que no tiene una buena atención médica, por lo que ha solicitado la eutanasia.

El sistema de salud canadiense se ha opuesto a su solicitud, pero el joven, que volverá a intentarlo en unos meses, ha denunciado la negativa de los médicos, considerándolo una violación de los derechos humanos.

Ampliación de la Ley de la Eutanasia

Canadá anunció recientemente, que aplicaría la eutanasia a enfermos mentales a partir de marzo del año que viene, por lo que tendrá que reformar la ley que se aprobó en 2016, año en el que se creó el Programa de Asistencia Médica para morir en Canadá (MAID), cuya función es acompañar y asesorar a las personas adultas con enfermedades terminales. En 2021 sufrió un primer cambio para poder asistir personas con afecciones físicas graves y crónicas, aunque no supusiesen un riesgo para su vida.

Esta ampliación ha provocado controversia y ha generado preocupación, ya que podría ser demasiado fácil morir en Canadá para las personas vulnerables, mientras que el Gobierno asegura que la ley “protege a los canadienses más vulnerables respetando la autonomía del paciente”.

Desde la aprobación de la ley en 2016, el ministerio de salud reconoce más de 30.000 muertes por eutanasia. Solo en el año 2021 se realizaron 10.064 prácticas de eutanasia o suicidio asistido, lo que supone nada menos que un 3.3% de todas las muertes en este país.

Valoración bioética

Este dramático caso se suma a otros en los que las intervenciones de transición de género, tanto hormonales como quirúrgicas, empeoran significativamente la calidad de vida de los implicados, que experimentan frustración y angustia al constatar que las promesas recibidas en el momento de aceptar estos tratamientos no se vieron cumplidas, y experimentaron, en cambio, un empeoramiento de su salud, tanto psíquica como corporal, por la acumulación de efectos secundarios asociados a las intervenciones transgénero, de las que hemos publicado informes previos.


Con frecuencia, la disforia de género que acompaña a las personas que solicitan la transición, aunque parece mejorar tras las intervenciones, va desarrollando las complicaciones asociadas, en muchos casos graves, a lo largo del tiempo. Efectos secundarios asociados a los tratamientos hormonales cruzados que deben mantenerse el resto de sus vidas o las frecuentes complicaciones de las intervenciones quirúrgicas que empeoran ostensiblemente la calidad de vida de estos pacientes, provocan que la satisfacción inicial de lograr la deseada transición se eclipsa paulatinamente ante la progresiva decepción asociada a estas complicaciones y, también, a que la posible existencia de trastornos iniciales no diagnosticados ni tratados pueden agravarse.

No debe obviarse que los cuerpos de las personas que se someten a tratamientos de transición de género están mayoritariamente sanos y son estos tratamientos los que inducen patologías con el tiempo.

Y esta es exactamente la línea que nunca deben seguir las intervenciones médicas: “primum non nocere”, primero no hacer daño.

Este y otros casos de frecuencia creciente han obligado a profesionales e instituciones inicialmente intervencionistas hacia los procesos de transición, estén modificando sus posturas, tendiendo a priorizar la atención psicológica antes que las farmacológicas y quirúrgicas, e intensificando los diagnósticos previos que eviten intervenir erróneamente en quienes necesitan otros tratamientos para determinadas disfunciones.

Del mismo modo, muchos países han suspendido las intervenciones de transición tempranas en menores, desde la inseguridad que estos tratamientos presentan y la falta de evidencias científicas sólidas sobre su eficacia, además de su irreversibilidad.

Finalmente, pensar que la solución para el caso que nos ocupa pueda ser la eutanasia y que llegase a aprobarse su aplicación, muestra el rostro más siniestro de una medicina que ha dado la espalda a los pacientes, los maltrata de espaldas a la evidencia científica y, finalmente, les propone la muerte como vía de solución a sus sufrimientos. Curar, aliviar o cuidar deben recordarse como los verdaderos fines de las profesiones sanitarias.

Julio Tudela. Cristina Castillo. Observatorio de Bioética. Instituto Ciencias de la Vida. Universidad Católica de Valencia