Aprendizaje en altamar

Darme el timón fue creer y poner su confianza en mí

El día comenzaba a clarear. Los furtivos y tenues rayos solares que ingresaban y se recibían con supina indiferencia, esta vez eran esperados con gran expectativa. Su papá le había prometido ir mar adentro para pescar. Desde el día anterior, su imaginación había estado en febril movimiento: desde peces voladores, de colores y descomunalmente grandes hasta piratas al acecho sometidos por la fuerza e inteligencia de su padre. El momento había llegado. ¡Las sábanas no debían ser un escollo!

Ubicado estratégicamente en la lancha, sin esconder su asombro por los requiebros de la naturaleza, llegaron al lugar donde la pesca era generosa. Papá e hijo, en armónico trabajo en conjunto, desplegaron y echaron las redes. Tres veces lo intentaron. Para el niño, el último fue pesado y poco estimulante: el padre tuvo que pechar con los detalles finales de la faena. El rostro del pequeño era elocuente. Movido por el afecto, en silencio calculado, el padre cogió una caña de pescar, colocó la carnada y la lanzó a prudente distancia con la esperanza de que algún pez pudiera “picar”. Su ágil desplazamiento atrajo el interés del niño, quien realizando una feliz cabriola se ubicó a su costado, en actitud de activa escucha. Mientras la carnada derrochaba su encanto en las límpidas y profundas aguas, el padre le trasmitía el arte y los “saberes” de la caña de pescar. Los pocos y escuálidos frutos recogidos no parecían importarle al padre, mientras que el rostro de su hijo expresaba mezcla de desencanto y expectativa por la novedad aun por venir.

El sol abrasador atemperó sus rayos como alistándose para el ocaso, y como señal para el retorno a casa. De pronto, se desató una fuerte lluvia que alertó a la tripulación. El padre puso al niño al timón con la consigna de mantenerlo firme y recto, al tiempo que él se apuraba en revisar – por seguridad – las condiciones del mástil y del equipo de cubierta. Al margen de este pequeño impasse, el curso del regreso fue placentero. El niño al timón, su padre ocupado en la cubierta. Ambos cómplices de una misma aventura que contaba con un testigo de excepción: el mar.


Pasados los años, ante un grupo de amigos, el hijo contaba lo que aprendió en el mar con su padre. “Más que imaginar cómo tiene que ser determinada situación, aprendí que es preferible ilusionarse y disponerse con buen ánimo a abrirse a lo que la realidad te proponga para hacerte con ella o darle un giro. El propósito de ese día de navegación fue pescar. Con todo, estrictamente hablando, el resultado fue un fiasco, ni una compasiva anchoveta quiso inmolarse. Sin embargo, aprendí que lo más importante es la relación. El vínculo padre e hijo quedó esculpido independientemente de cualquier resultado. El cariño trasciende y se ancla en la relación. Aún así, ese día mi padre me transmitió, con su ejemplo, virtudes; y con su palabra, valores, tradiciones, sentido común y conocimientos. Pero darme el timón fue creer y poner su confianza en mí”.

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