Beata Juana Francisca (Anna) Michelotti

Fundadora de las Hermanitas del Sagrado Corazón de Jesús

Toda la bondad y la generosidad que derrochó esta Fundadora germinaría en el cielo. En la tierra hasta su muerte pasó desapercibida, y sus restos, a punto de reposar en un osario común, fueron exhumados diez años más tarde de su fallecimiento.

Nació en Annecy (Francia) —localidad en la que se venera el cuerpo de san Francisco de Sales y de santa Juana Chantal, que fueron decisivos en la vida de esta beata— el 29 de agosto de 1843. Sus padres, emigrantes, tuvieron cuatro hijos. Anna fue la penúltima. Perdió a su padre siendo niña, y la madre fue el sostén de todos con su fortaleza y espíritu de sacrificio aderezado por una singular piedad hacia los enfermos que vivían con extrema precariedad. De ella aprendió Anna, quien solía acompañarla a visitarlos.

Con 17 años eligió la comunidad de Hermanas de san Carlos de Lyon para compartir un mismo camino. Sin embargo, el carisma de estas religiosas dedicadas a la enseñanza no le sedujo, y durante un tiempo convivió en esta ciudad con una joven afín a su inclinación por los enfermos, y se centró en atenderlos, como había visto en su ejemplar madre. En 1868 se había quedado sola en el mundo. Su madre y hermanos habían fallecido. Y cuando contaba con 25 años, sin tener claro el rumbo fijo que debía seguir, coincidió con sor Catalina, que también tenía a sus espaldas una corta experiencia religiosa ya que había sido novicia de las Hermanas de San José de Annecy. Anna y ella unieron sus afanes apostólicos y determinaron poner en marcha una Orden dedicada a los enfermos más desfavorecidos. Este proyecto fue aprobado por el arzobispo de Lyon y ambas profesaron en 1869, tomando Anna el nombre de Juana Francisca de Santa María de la Visitación.


La simpatía de la gente que valoraba su acción se plasmó en su forma entrañable de conocerlas: «las dos señoritas de los pobres». Pero algo no fue bien, y se separaron un año más tarde, aunque la comunidad siguió su curso. De nuevo en Annecy y luego en Almese, a merced de unos familiares paternos, Juana, sin brújula que marcara claramente un norte para ella, obediente y pronta a cumplir la voluntad divina, no perdía el tiempo y seguía prestando asistencia a los enfermos. Regresó a Lyon en el instante en el que fue demandada su presencia en la comunidad. Pero no fue recibida como cofundadora, sino como novicia. Fue una etapa de múltiples pruebas y humillaciones que alentaron su sed de perfección.

Al final tuvo que regresar a Annecy. Ya tenía 28 años y la incertidumbre tatuada en su espíritu. Orando ante la tumba de san Francisco de Sales, escuchó: «Encamínate a Turín. Allí te quiere el Señor para que allí establezcas tu monasterio». Obedeció. En 1871 prodigó toda clase de consuelo y ayuda a los enfermos en Moncalieri. Y en 1873 se estableció en Turín. Con la ayuda de un sacerdote del Oratorio de San Felipe Neri, el P. Carpignano y de María Clotilde de Saboya, junto con otras dos compañeras, puso en marcha la Orden de las Hermanitas del Sagrado Corazón de Jesús, para ayudar a los enfermos sin recursos, acogiendo el primitivo sueño de san Francisco de Sales. El cardenal Gastaldi, arzobispo de Turín, las acogió en 1874, y al año siguiente profesaron añadiendo como cuarto voto el propio de su carisma asistencial a los enfermos gratuitamente. Muchas penalidades salieron a su encuentro, y no sólo de índole económica; también le hizo sufrir el abandono de algunas religiosas. Además, otras se dejaron literalmente la vida en esta labor encomiable al ser víctimas por contagio. Sin ceder al desánimo, Juana, rogaba: «¡Estoy dispuesta, oh mi amado Señor, a recomenzar tu obra cincuenta veces si es necesario, pero ayúdame!». La obra se fue extendiendo a otros lugares y creciendo las vocaciones. Su Fundadora vivía abrazada a la cruz, alentada por la fuerza de la oración, su devoción al Sagrado Corazón de Jesús, ayuno y penitencia. Así afrontó muchas dificultades y sacrificios en medio de sus problemas de salud; la última etapa de su vida padeció un severo asma bronquial. Aconsejaba a sus hijas: «…ser prudentes, celosas y llenas de caridad». Calumniada por algunas religiosas fue cesada como General de la Congregación en 1887. Murió el 1 de febrero de 1888 en Valsálice. Fue beatificada por Pablo VI el 1 de noviembre de 1975.

© Isabel Orellana Vilches, 2024
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