El desafío de la sinodalidad

La línea que separa la noción de “sinodalidad” con la de “disolución” es muy tenue. Requiere una dirección y una ejecución magistral por parte de los protagonistas, quienes van a redactar las conclusiones y directrices emanadas por el Sínodo de Obispos, ya inminente. Una perspectiva que ayuda a percibir las dificultades y los peligros de la “sinodalidad”, es compararla con el “Camino Sinodal Alemán.” Una sinodalidad mal manejada puede conducir al cisma, a la traición a la propia identidad, a los propios principios.

Digamos que, con la trágica experiencia del “Camino Sinodal Alemán”, podemos “escarmentar en cabeza ajena”; tenemos una guía sucinta de qué es lo que no debemos hacer. Al mismo tiempo, es preciso hilar muy fino, para no sustituir, en aras de la nueva sinodalidad, características esenciales de la Iglesia, como su carácter jerárquico, el cual es fundacional, querido por Jesucristo. Baste mirar al que podríamos denominar el primer ejercicio de sinodalidad en la historia: el Concilio de Jerusalén, descrito por los Hechos de los Apóstoles. En él se escuchan las experiencias de la Iglesia viva, particularmente las de Pablo y Bernabé, y se reconoce en ellas la acción del Espíritu Santo. Pero, finalmente, son los apóstoles quienes toman la decisión y prescriben normas concretas. En Jerusalén todos expresaron su opinión, pero la voz cantante, la decisión, la tomaron los apóstoles, particularmente Santiago y Pedro, la cual puede sintetizarse en la expresión: “Hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros no imponeros más cargas que las necesarias” (Hch. 15, 28).

La esencia de la imagen de la Iglesia propuesta por el Concilio Vaticano II es la noción de “comunión.” El Sínodo viene a ser un ejercicio de esa “comunión eclesial.” Francisco ha dado pasos decisivos en orden a la “declericalización de la Iglesia” y, por eso, la Asamblea del Sínodo de Obispos, creada por san Pablo VI, ya no es solo de obispos. Francisco quiere que se escuche a toda la Iglesia, y esa Iglesia -aún siendo jerárquica, es decir, gozando del principio de la sagrada autoridad- está formada por clérigos y laicos. Ambos están llamados a la santidad, ambos están llamados a hacer la Iglesia en el mundo. Pero Francisco quiere darles un mayor protagonismo, de forma que no sea una relación puramente vertical, sino horizontal. Esa es la clave de la “escucha”, tan importante para la ejecución de la sinodalidad. Por eso el Papa, de los 365 participantes con voz y voto, incluye a 54 mujeres -algunas de ellas religiosas- y un nutrido número de laicos/as.


El desafío está entonces en que esa “labor de escucha” de la Iglesia, sea hacia adentro -a los diferentes tipos de fieles: laicos, religiosos y clérigos-, que hacia afuera -escuchar el clamor del mundo, especialmente de los pobres, los migrantes, los abandonados fruto de la cultura del descarte-, no venga a sustituir subrepticiamente una característica fundacional suya, su carácter jerárquico. Por eso la ejecución del Sínodo requiere pericia, maestría, pues resulta fácil y atrayente la tentación de diluir la Iglesia o mimetizarla con el mundo moderno, anulando así su carácter profético. Eso parece ser lo que ha sucedido con el “Camino Sinodal Alemán”, una muestra de ello es que “caminan juntos con todos”, menos con el Papa.

Francisco no es ingenuo, no ignora este peligro -lo está sufriendo en carne propia ahora mismo-, pero se da cuenta de que -como señala en algunas de sus obras- lo importante es “iniciar procesos.” Por eso señala enfáticamente en su video mensual, sobre el tema del sínodo, que “aquí no se acaba nada”; es decir, se trata de un movimiento de la Iglesia conducente a su propia transformación, según la inspiración del Espíritu Santo, al que toda la Iglesia debe escuchar.

Las palabras clave para la preparación y desarrollo del sínodo son: oración y discernimiento. Sin oración no puede haber discernimiento. De hecho, antes de comenzar el Sínodo, los participantes realizarán un retiro espiritual para prepararse. Y toda la Iglesia ha sido repetidamente convocada a la oración: desde 2021 con www.prayforthesynod.va y allende a sus fronteras con la Vigilia Ecuménica de Oración por el Sínodo. Además, en todas las misas de este mes de octubre se podrá rezar una oración de los fieles especial para pedir por el Sínodo. Camina así entonces, sinodalmente, toda la Iglesia en oración y en comunión con el Papa.