La belleza del cuerpo

La belleza salvará el mundo

Dicen que la verdad es bella. Y la belleza atrae. Creo que habrá muy pocas personas que no estén de acuerdo con esta afirmación. Y a esto hay que sumar otro adjetivo que es de Perogrullo: “bueno”. O sea que la verdad es bella y buena. Ya sé que no estoy haciendo ninguna otra cosa que citar los trascendentales y, además, de una forma muy simple y poco académica. Pero es que lo que interesa en este momento es otra cosa: la belleza de la mirada de Adán sobre Eva y de Eva sobre Adán antes de que desobedecieran el mandato de Dios. Por que es ese momento el que fija la frontera entre lo que San Juan Pablo II llama el “hombre originario” y el “hombre histórico”. ¿Cómo era esta mirada? ¿Era esta una mirada “verdadera”? ¿Adán veía la bondad natural que había en Eva? Y es que me siento seducido por esa mirada capaz de contemplar al otro en su desnudez y sin vergüenza, fruto, entre otras cosas de compartir la misma condición. Por favor, que el lector no crea que voy a hacer una interpretación literal del texto. Lo que nos interesa son sus enseñanzas, no la historicidad de este, puesto que sabemos que el lenguaje utilizado en el libro del Génesis es simbólico.

Adán veía con deleite no morboso, sino lleno de virtud, a alguien semejante a él, que era capaz de revelarle de forma sucinta quién era Dios. Eva era como una ventana a través de la cual podía asomarse Adán para contemplar al mismo Creador y a su creación, una creación perfectamente ordenada y elocuente en sí misma. Adán se quedaría sin aliento, y tan sólo alcanzaría a decir “esta sí que es carne de mi carne y hueso de mis huesos”[1]. De las palabras de Adán no podemos deducir ninguna característica descriptiva de la belleza de Eva. Y sin embargo están llenas de contenido Teológico. ¿Qué es lo bello? ¿podemos afirmar que Eva era bella? ¿Bajo qué parámetros? ¿Era una belleza a la usanza de las que se exhiben en las revistas de moda o a los “likes” que atraen ciertos estereotipos de Instagram? Pues bien, creo que, sin lugar a duda, podemos afirmar que Eva era bella, sin tener una fotografía y sin tener ninguna descripción de sus rasgos morfológicos. La belleza de Eva era la que le confería su dignidad como persona creada a imagen y semejanza de Dios, es decir, creada a imagen y semejanza del Amor.  Nos dice San Juan Pablo II que “[la] plenitud de percepción «exterior», expresada mediante la desnudez física, corresponde la plenitud «interior» de la visión del hombre en Dios, esto es, según la medida de la imagen de Dios[2]¿Lo demás? Poco importa.

De aquí podemos entonces pasar a la siguiente pregunta: ¿Lo que estoy diciendo sobre la mirada de Adán es verdad? Sin lugar a duda. Porque la mirada de Adán sobre Eva era una mirada que expresaba un amor profundo, un amor no corrompido. Y no me equivoco al afirmar que la grandeza del ser humano, cuando se da a la tarea de lo que es esencial para la felicidad que es amar y ser amado, se expresa en toda su dimensión: Cuando uno ama, está expresando la verdad de quien está llamado a ser. Y Eva en el paraíso, lo mismo que Adán, se sentía profundamente amada y atraída por el amor ante la visión del otro desnudo, porque ese otro, que en algunos aspectos era tan semejante a ella, y en otros tan distinto, le reflejaba a Dios. En esta dinámica reside la posibilidad de realizarse en esta vida. Porque no podemos concebir realización alguna donde hay mentira y engaño. Las fachadas tarde o temprano se tambalean y caen.

Por último, ¿Adán era capaz en esa mirada de percibir la bondad natural que estaba escondida en Eva? Nuevamente tenemos que responder afirmativamente. El libro del Génesis fue escrito en hebreo, y utiliza al final del capítulo primero la palabra tov (טוֹב) para decirnos que todo lo que había creado era muy bueno. Esa misma palabra también puede ser utilizada para describir lo bello. Así, tan sencillamente, de alguna forma bueno y bello se convierten en la misma palabra, en una descripción en la verdad de lo que Dios ha creado de la nada, cuando se ha dignado hacer partícipe de su ser a quien no ha hecho méritos para merecerlo. Dios ha querido, en este acto de Amor supremo, plasmar en un ser lo bueno, lo bello y lo verdadero, es decir, ha querido gritar quien es él, y ha querido que lo sepamos en la evidencia de nuestra masculinidad/feminidad.

La mirada de Adán sobre Eva descrita en Génesis nos recuerda que el ser humano es bello sencillamente por eso, porque es ser humano. Su dignidad no le viene de cumplir con unos estándares de color de piel, estatura, peso, color de ojos, ni siquiera de tiempo de gestaciónEl ser humano es bello independientemente de su condición, de su edad, de su productividad, porque “el cuerpo expresa a la persona en su ser concreto ontológico y existencial”.[3] En la Obra “el Banquete”, Diotima, sacerdotisa de Eros, revela a Sócrates el secreto de la verdadera belleza, la que se yergue hacia lo divino:

“[Quien se ha enamorado] debe llegar a comprender que la belleza que se encuentra en un cuerpo cualquiera es hermana de la belleza que se encuentra en todos los demás… Una vez penetrado de este pensamiento, nuestro hombre debe mostrarse amante de todos los cuerpos bellos, y despojarse, como de una despreciable pequeñez, de toda pasión que se reconcentre sobre uno solo”.[4]

Decía Dostoievski que “la belleza salvará el mundo”. Y esto nos obliga a custodiar lo más bello de toda la creación: nosotros. Ojalá podamos recobrar todos esa mirada, la de Adán sobre Eva, la que se merece cualquier ser humano.

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Rafael Gil – Director Académico Programa Teología del Cuerpo UFV

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[1] Gen 2, 23

[2] HM 12, 4

[3] HM 12,4

[4] Platón, Obras completas, edición de Patricio de Azcárate, tomo 5, Madrid 1871, Discurso de Pausanias, pág. 348