La identidad y la memoria abierta a los otros frente al mito de la conciencia solitaria

En la película “Cerrar los ojos” de Víctor Erice

La dialéctica entre la identidad y la memoria, mediada por el flujo implacable del tiempo y la amenaza del olvido, por tocar todos los palos de la vida humana, es fuente de una fecunda reflexión filosófica y bioética. En la película “Cerrar los ojos” (2023), el cineasta vasco, Víctor Erice, refuta el mito moderno de la conciencia solipsista y del individuo desanclado para reivindicar los afectos y la interrelacionalidad en la construcción de la identidad y la memoria individual y colectiva. Erice, en un film poético y revelador, elogia el cine que intenta aportar sentido a la existencia, a través de historias que entrelazan vidas, y rinde homenaje a las salas, lugar de vivencia comunitaria, amenazadas por el streaming en móviles, tabletas y ordenadores.

Víctor Erice es una de las voces referenciales del cine español. Director de tres filmes emblemáticos: “El espíritu de la colmena” (1973), “El sur” (1983) y “El sol del membrillo” (1992), ha regresado a la gran pantalla, después de tres décadas sin filmar un largo, con “Cerrar los ojos”. El cineasta vasco se adentra en esta película en las intrincadas relaciones de la identidad, la memoria -con el consiguiente terror de perderla- y el tiempo, a través de las vidas de dos amigos: el director de cine, Miguel Garay (Manolo Soto) y el actor, Julio Arenas (José Coronado). “El primero, lleva todo el fardo de la memoria a cuestas y, el segundo, no sabe ni quién es, ni quién fue”, resume el propio Erice en una de sus entrevistas.

El film tiene dos tramas que se influencian recíprocamente. El inicio de la película es cine dentro del cine y la historia alude a un rodaje inacabado, el de “la mirada del adiós”, que dirige Miguel Garay e interpreta Julio Arenas. La trama remite al año 1947, y está ambientada en una mansión francesa Triste-Le Roy. Ferran Soler (Josep María Pou) encarga a Franch, Julio Arenas en esa ficción, que busque a su hija Judit en China – ahora lleva el hombre de su madre Qiao Shu- porque antes de morir necesita ser mirado con amor, sinceridad y desinterés, algo de lo que ha carecido durante su vida. Franch aceptará el encargo, aunque su única pista es una fotografía en blanco y negro de la joven. Sólo se rodaron dos secuencias porque el protagonista, Julio Arenas, desapareció de forma repentina y sin dejar ningún rastro, abandonando a su única hija, Ana (Ana Torrent).

La voz de Víctor Erice, nos introduce, en ese momento, en la segunda trama, la que da título a la película “Cerrar los ojos” y que transcurre en España, en 2012. Un programa de televisión sobre desapariciones se propone reabrir el caso del actor desaparecido, transcurridos 22 años. Ello, implica que todas aquellas personas que compartían la vida de Julio Arenas tienen que volver a recordar y narrar cómo vivieron lo sucedido. Será la psicóloga de un asilo de monjas quien, tras la emisión del programa, confirme que un paciente con amnesia, ingresado desde hace varios años en la residencia, encaja con el perfil de aquel actor.

La información empuja al director de cine a salir en busca de su amigo para ayudarle a recordar y, por ende, a recuperar su identidad. La ilusión le anima a salir de una reclusión autoimpuesta y una profunda melancolía por la muerte de su hijo y distintos fracasos profesionales que le habían llevado a no seguir dirigiendo películas. También se moviliza Max Roca (Mario Pardo), responsable del montaje de los filmes de Garay, que guarda con esmero y afecto en cajas metálicas los rollos de las películas de 35mm (un hábito llamado a desaparecer por el soporte digital de los filmes), y Ana, la hija, que trabaja en el Museo del Prado. Pero, al acudir al asilo encuentran a Julio Arenas, perdido en una mirada que no le permite ni reconocer al otro, ni a sí mismo.

La última tentativa de Miguel Garay porque su amigo vuelva a recordar es organizar un pase privado de la última secuencia de “la mirada del adiós”, antes de la desaparición. El director trata de que aflore en el actor un atisbo de conciencia de sí mismo y de quienes formaron su núcleo afectivo. La escena resulta conmovedora porque Víctor Erice ambienta la toma en un antiguo cine-teatro, con butacas de madera forradas de tela aterciopelada roja, y el ruido de un viejo proyector. “¡Adelante, Max!”. Miguel Garay da la orden para que comience la proyección y, en ese instante, se unen las dos tramas. Si “Cerrar los ojos” se inicia con la primera secuencia de “La mirada del adiós”, la película acabará, en una vieja sala de cine de pueblo, con la proyección de la última escena de aquel film previa a la desaparición. Max, el experto montador, confiesa a Garay que una tarea así sólo puede ser realizada “con la fe de un prácticamente y no sólo con la de un creyente”.

Si Julio Arenas recupera o no su identidad, sus recuerdos y, sobre todo, su red de afectos, es algo abierto a la imaginación del espectador. Para Víctor Erice no es importante porque su película no es un thriller de acción, ni pone ante nuestros ojos un enigma que hay que resolver. El cineasta vasco sitúa al espectador ante el misterio de la vida humana, lo incognoscible de la existencia y la importancia de ser reconocido y amado, como condición de posibilidad para trascender nuestra finitud, ser seres “para la muerte”, en expresión de Martin Heidegger.

Erice conmueve con su homenaje al cine, cuya materia está hecha de la propia vida humana y vive de contar historias que entrelazan vidas. El director de “Cerrar los ojos” traza un paralelismo entre la narración fílmica, la narratividad propia de la vida humana y la reflexión ética, es decir, hacernos inteligibles a nosotros mismos y a otros, la responsabilidad con la fragilidad y dotar de auténtico sentido nuestra existencia. Víctor Erice nos sacude por dentro tanto como nos enternece cuando la actriz Ana Torrent afirma ante su padre: ¡Soy Ana! La mujer adulta ahora, la misma que aquella niña de ojos oscuros y profundos que repetía ese nombre, con idéntica fuerza e ilusión, en su debut como actriz de la mano de Erice en “El espíritu de la Colmena”. Otra clave del film es que Ana trabaja en la ficción en el Museo del Prado, la segunda escuela para Erice cuando se mudó a Madrid para estudiar cine. El productor defiende que las películas beben más de la pintura que ningún otro arte y que el óleo es el soporte que mejor soporta el paso del tiempo. Y, un tercer trasunto importante, tiene que ver con la película inacabada “La mirada del adiós” que parece remitir biográficamente al proyecto frustrado del propio Erice de rodar en 1999 “El embrujo de Shanghái” por discrepancias con el productor. Los proyectos inacabados o las ilusiones frustradas a lo largo de la vida tienen enfoques penetrantes en los diálogos de la película que remiten al propio misterio de la vida y a la imposibilidad de conocer el sentido completo hasta el final de nuestra trama vital. En muchas ocasiones, las frustraciones vitales nos enfurecen y, con el paso del tiempo, agradecemos que algunos de nuestros deseos no se cumplan.

La propuesta de Víctor Erice es contundente y se sustancia en una profundidad que exige lentitud en los diálogos entre los personajes sobre el paso del tiempo, saber envejecer, dar sentido a la vida, y el deseo de cerrar los ojos acompañados amorosamente. La fuerza simbólica de ser reconocidos y amados, primera necesidad humana, concentra la experiencia estética del film. El cineasta gana la partida al escepticismo y nihilismo más laminadores y refuta con contundencia el mito de la conciencia solitaria y del individuo desanclado, en pro de una poética que reivindica la interrelacionalidad en la construcción de la identidad y la memoria, sea individual o colectiva. Erice no se resigna y en una de las entrevistas promocionales del filme lo deja claro: “Lo que me preocupa es la pérdida de conciencia del otro. Se habla mucho de memoria y muy poco de conciencia. En las tareas que Julio Arenas hace en el asilo, jamás ayuda a otro anciano o anciana y eso es premeditado por mi parte. La pérdida de conciencia del otro es lo que me importa”.

La obra de Erice toca todos los palos de la existencia humana y nos pone ante reflexiones filosóficas y bioéticas de completa actualidad. Autores como Singer y Engelhardt, entre otros, tratan de revisar el concepto de persona, negando esta consideración a aquellos seres humanos que no tengan o hayan perdido la capacidad de autorreflexión y la conciencia (embriones, bebés, personas en coma, en fase terminal, enfermos de alzheimer, amnésicos, etc.,). Esto implica consecuencias éticas de gran calado con respecto a la centralidad, el carácter sagrado de la vida humana y la responsabilidad por lo frágil y vulnerable.


Es en la obra del filósofo inglés, John Locke, en la que tiene su origen la relación de la identidad y la memoria con la consideración del ser personal [1]. Locke anula cualquier apertura que contemple la identidad. Sin embargo, autores como Paul Ricoeur, denuncian las aporías de las tesis de Locke y defienden la importancia de la memoria afectiva, más próxima a los sentimientos que la memoria voluntaria vinculada a la fría razón [2]. Charles Taylor en su obra Las fuentes del yo vincula la identidad y la memoria con horizontes de sentido y marcos de referencia adquiridos mediante el lenguaje y el proceso de socialización, que permiten que podamos responder a preguntas vitales como ¿quién soy? o ¿cómo he llegado hasta aquí?, y que evocan el valor de la alteridad. Taylor remite a la dimensión temporal, la necesidad de comprender el transcurso de la vida como una historia que va desplegándose. Se trata de una tesis en la que abunda Ricoeur en su concepto de identidad narrativa y también Alasdair MacIntyre en su idea de unidad narrativa [3]. Enfocar la identidad de manera narrativa evita caer en un solipsismo que nos reduce a la esfera de la autoconciencia, para proyectarnos, como intuye Ricoeur, en el abrazo a la relacionalidad. También evita la soberbia de creer que podemos saber y controlarlo todo sin necesidad de nadie más. El escritor, Milán Kundera, afirma de manera clarificadora: “La amistad le es indispensable al hombre para el buen funcionamiento de su memoria” [4].

Por lo que atañe a la memoria colectiva de los pueblos, resulta de vital importancia que toda sociedad posea un grado de cohesión frente a las tesis de que lo único que nos une es el egoísmo. Así lo sostiene Ricoeur [5] al mostrar cómo se cimienta la identidad colectiva y los riesgos de manipular la memoria con una ideología al servicio del poder, que recurre a narrativas que posibilitan esta perversión. “Cerrar los ojos” nos pone en alerta frente a los espejismos individualistas que debilitan los lazos afectivos y estas estratagemas falsarias.

Amparo Aygües – Ex alumna Master Universitario en Bioética – Colaboradora del Observatorio de Bioética

Spotify

___ 

[1] Locke, J. (1956). Ensayo sobre el entendimiento humano. Méjico: FCE.

[2] Ricoeur, P. (1999). La lectura del tiempo pasado: memoria y olvido. Madrid: Arrecife.

[3] MacIntyre, A. (2001). Tras la virtud. Barcelona: Crítica.

[4] Kundera, M. (2009). La identidad. Barcelona: Tusquets.

[5] Ricoeur, P. (2000). La memoria, la historia, el olvido. Buenos Aires: FCE.