Las vacaciones de Jesús

Las vacaciones son prolongación de nuestra personalidad y de nuestro estilo de vida

© Museo de El Prado
© Museo de El Prado

Recogen los Evangelios momentos de la vida de Jesús en los que se retira a la montaña a orar, para vivir la comunión con el Padre desde la soledad – Lc.5,16-, o cuando llama aparte a los discípulos – Mc 3, 7-12- para descansar y, como no, las visitas y estancias en casa de sus amigos Marta, María y Lázaro. Las vacaciones, término moderno, vendrían a ser los espacios diferenciados de la vida cotidiana que nos permiten un reencuentro con nosotros mismos y con los demás. Jesús no tomaba vacaciones, pero sí rompía el ajetreo con momentos de reposo.

Poco o mucho, todos hacemos vacaciones, tanto los que disfrutamos en casa de un ritmo más pausado, como quienes tienen la suerte de hacer viajes, de visitar familiares, de reponer energías en climas más benignos o de desplazarse a países lejanos.

La vuelta, sin embargo, puede ser un disfrutar con más serenidad de lo que hemos vivido o un vacío ansioso provocado por lo que hemos dejado atrás. El vacío es más frecuente en nuestra cultura que vive captando, almacenando, intentando poseer paisajes, momentos festivos, personas o animales.

Las cámaras digitales de nuestros aparatos celulares se saturan de fotografías, que se multiplican enviándolas a todo ser viviente que se nos ponga al alcance. De alguna manera se sustituye la mirada por la fotografía, de modo que una mala fotografía anula lo vivido ya que no se puede exhibir. A veces parece una competición de imágenes y posados alegres.

El regreso de las vacaciones cuando hemos ido a la caza de sensaciones o de imágenes deslumbrantes puede ser depresivo al comprobar que todo se acaba y que volvemos a la cotidianidad gris.

Para Jesús las “vacaciones” eran el receso para llenar el alma, reforzar las relaciones con los suyos y disfrutar de la compañía de los amigos… El síndrome post vacacional no tenía cabida. Al contrario, era un volver con fuerza renovada a la misión.

La clave para pasar de unas vacaciones de consumo, donde hemos ido acumulando imágenes fotográficas en las redes sociales, objetos de souvenirs especiales para turistas o fiestas y aventuras espectaculares, a unas vacaciones más contemplativas, está en usar la cámara fotográfica del corazón o del alma.


Recuerdo que visité el monasterio de Yuste cuando todavía había una pequeña comunidad monástica y el hermano que nos hacía de guía nos hizo prestar atención a los turistas que fotografiaban con ansia el claustro y las dependencias. En aquel tiempo todavía no teníamos las cámaras de los móviles. Nos dijo “fotografían para llevarse el monasterio a su casa, pero lo más importante no se lo pueden llevar”. Todos esperábamos que nos mostraía alguna reliquia del emperador Carlos I, que eligió tan beatífico lugar para morir. Y nos dijo, ante nuestra expectación: “el silencio”, que les pasa desapercibido.

No pretendo desarrollar una guía de vacaciones saludables. En cierta medida, las vacaciones son prolongación de nuestra personalidad y de nuestro estilo de vida.  Disfrutar no tiene por qué estar supeditado a las posibilidades económicas, ni familiares o sociales.

Hace años, que nos toca guardar la parroquia supliendo a los ayudantes que se ausentan durante el período estival. Vivo los días más tranquilos como una oportunidad para la oración más reposada y para profundizar en algún tema que durante el año no se puede, visitar o recibir a amigos.

Llegado el momento que finaliza el espacio vacacional se continúa la vida. Es momento de recorrer lo que hemos vivido durante las vacaciones, no ya con las fotos digitales hechas, ni con los recuerdos que hemos comprado, sino con la huella que han dejado en nosotros. Se trata de integrar lo vivido en la vida de cada día. Una lectura contemplativa de las vacaciones hechas nos ayudará a crecer humana y espiritualmente.

Por eso más que mirar las imágenes que distraen la atención, hay que entrar en nosotros mismos. Las personas con las que hemos convivido o nos hemos encontrado, la naturaleza sin contaminar, o los espacios de sosiego, todo es don de Dios.  Jesús nos es modelo de vacaciones y de post vacaciones – Lc. 6,12- somos enviados, la tarea continúa.