Miedo a perder

Tengo miedo a perder tantas cosas… Miedo a dejarme perder. Parece un trabalenguas, pero ahí va la realidad misma, mi humanidad más patente y tangible

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Tengo que confesar algo. Tengo miedo a perder. ¿A perder qué?

Si dijera esto en voz alta, ¡la que se formaría! Los cuchicheos, las miradas de reojo, las risitas por lo bajini… Como si lo estuviera viendo. Pero me parece que no soy tan valiente. Parece que con tinta las cosas se dicen más fácilmente.

Tengo miedo a perder tantas cosas…

Miedo a perder el tiempo, que se me va entre las manos, que hoy es un día y mañana otro, y me encuentro en medio de los días que pasan cada vez más rápidos, sin preguntar. Ya toca cambiar de calendario, sacando las chinchetas para quitar uno y poner otro. Aunque tal vez me decida por no poner ninguno de repuesto, porque creo que no me está sirviendo de nada tachar los días si descubro que la mayoría han pasado sin pena ni gloria, sin que me diera cuenta.

Me he quedado muchas veces mirando los números, los meses y los días, y en realidad nada ha cambiado, ahí están, días y días en los que no he hecho otra cosa que perder el tiempo. Luego trato de recuperarlo, como si se me fuera la vida en ellos, y créeme que se me va, para nada, ninguno de esos días perdidos vuelven. Efectivamente, el tren pasa y no hay marcha atrás. Por eso tengo miedo, porque los días se me han escapado en cosas que podía haber dejado a un lado, para ocuparlo en cosas que de verdad eran importantes.

Frente a los diez segundos que cuesta sacar una sonrisa para el otro, yo he gastado horas en las “cosas serias”, sin productividad alguna. Si los cálculos no me fallan, creo que hubiera generado más alegría y comunión con un par de sonrisas antes que con miles de horas gastadas en cumplir mis tareas a la perfección.

No sé si hay un precio fijo para una buena conversación, que nunca se iguala a los mensajes del móvil o del ordenador, por más que lo queramos intentar, el precio siempre parece más alto de lo normal. “El tiempo es oro”, nos gusta decir, pero si te fijas bien, muchas veces cambiamos el oro por las baratijas de la inmediatez, como digo, el internet, la conexión más rápida, la banda ancha de nuestra red, jamás se podrá comparar con el tesoro de una mirada, un abrazo y si se tercia un “te quiero”, real y verdadero.

Tengo miedo a perder el tiempo en cosas inútiles que no llevan a nada, que ocupan el espacio y vacían el alma. Me gustaría abrazar el tiempo, pedirle perdón por no hacerle caso y prometerle más amor y cuidado. Pero ¡ay fragilidad la mía! Que soy incapaz de cambiar el rumbo, frenar y dejar de intentar administrar algo tan preciado, dejar lo mío para vivir el tiempo de Dios.


A veces saco el cronómetro para medir cada segundo, que no se me olvide nada de lo que tengo que hacer, ahora esto, ahora aquello…de repente llega Dios y trastoca los planes, todo se vuelve y queda patas arriba hasta el plan más perfecto. ¿Oportunidad o problema? Depende del corazón que lo viva.

Tengo miedo a perder la batalla. Tantas veces la vida se convierte en un combate, que nos deja exhaustos, sin fuerzas para continuar, y yo tengo miedo a perder o tal vez a dejarme ganar. Si el mundo supiera por un momento lo que pasa por mi mente y mi corazón, creo que no se atreverían a acercarse a mí, porque en verdad, las palabras que digo no concuerdan muchas veces con lo que vivo en mi interior. Qué fácil es pronunciar sentencias, dar consejos, hablar de más…es realmente fácil, pero dentro de mi se libera una batalla constante, el mal hace su entrada triunfal y me encuentro sin darme cuenta, juzgando, opinando, mostrando lo bien que hago las cosas…palabrería vana y sin sentido.

Tengo miedo a perder mi seguridad, a que mis proyectos fracasen, a que los cuatro andamios que he puesto para sostener mis argumentos, se derrumben por descubrir que los planes de Dios son otros. Queda muy bonito eso de decir “mi voluntad para Dios, que Él haga y deshaga como quiera”. Sí, queda precioso, pero basta rascar un poco el alma para ver que en el fondo tenemos miles y miles de planes que nos encantaría que salieran según lo previsto. Tengo miedo a perder los papeles donde he ido añadiendo las instrucciones más precisas para guardar las formas, quedar más o menos bien y no espantar demasiado con tanta apertura y espontaneidad.

En definitiva, creo que detrás de todos estos miedos, hay uno que engloba todo y supongo que es el miedo a dejarme perder. Parece un trabalenguas, pero ahí va la realidad misma, mi humanidad más patente y tangible. Dejarse perder significa bajar las defensas, elevar la mirada hacia lo alto, perder un poco la cordura para vivir en la locura de Dios que es un continuo derroche de amor.

Dejarse perder significa amar a fondo perdido sin cobrar intereses, ni pedir préstamos, amar incluso si en vez de amor lo que recibimos es desprecio. Dejarse perder también significa perdonar sin garantías ni devoluciones de otro perdón por parte de aquellas personas que nos han causado heridas, perdonar con la decisión de cicatrizar aun cuando todavía nos encontremos en la brecha del dolor. Al fin y al cabo, dejarse perder uno mismo para dejarse ganar por Cristo. Perder para ganar, porque perdiendo lo que no somos, ganamos lo que en realidad siempre fuimos y todavía no nos hemos enterado muy bien: hijos amados y resucitados, rescatados de toda esclavitud por Aquél que es el verdadero Amor, principio y fundamento, comienzo y meta de nuestra carrera.

Sor Mihaela María Rodríguez Vera – Orden de Predicadores – O.P. (Dominicas) – Monasterio de Santa Ana de Murcia

De Clausura

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