Reflexión de Mons. Enrique Díaz: “Que te adoren, Señor, todos los pueblos”

Epifanía del Señor

Mons. Enrique Díaz Díaz comparte con los lectores de Exaudi su reflexión sobre el Evangelio de este Domingo 7 de enero de 2024, titulado: “Que te adoren, Señor, todos los pueblos”

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Isaías 60, 1-6: “La gloria del Señor alborea sobre ti”

Salmo 71: “Que te adoren, Señor, todos los pueblos”

Efesios 3, 2-3, 5-6: “También los paganos participan de la misma herencia de nosotros”

San Mateo 2, 1-12: “Hemos venido de Oriente para adorar al rey de los judíos”


¿Quién no se ha sentido fascinado al contemplar una noche estrellada?  Las estrellas al alcance de la mano, miles y miles, rodeándote por todas partes, titilando, haciendo guiños y asombrando en carreras locas cuando una u otra se desprende y parece caer del cielo. Esta noche de Santos Reyes me pregunto cuál sería la estrella que logró impactar a aquellos sabios del Oriente. Son todas tan bellas, tan parecidas y a la vez tan distintas, que cada una pose un encanto especial. ¿Qué tiene de especial una estrella que ha sacudido a miles de hombres que, dejando patria, casa, negocios, se han lanzado a la aventura? Cada una es capaz de suscitar una pasión y un deseo de mover y transformar el mundo… pero, ahí están, silenciosas, esperando cada una de ellas que alguien la descubra y la mire con profundidad. Y el hombre encerrado en su caparazón, oculto en sus propias luces, metido en su negra oscuridad, se muere de hastío e indiferencia. ¿Serás capaz de descubrir tu estrella?

Es impresionante la soledad en que vive el hombre moderno: encerrado en sí mismo, aislado y protegido por medios tecnológicos, ahogado por sus mismos programas y miedos. Nunca el hombre había estado con tanta posibilidad de comunicación, pero nunca tampoco se había sentido tan solo. Epifanía es la manifestación del Señor, el Dios niño que sale al encuentro de los hombres. La primera condición para encontrarse con Jesús es salir de uno mismo, soltar las seguridades y dar el primer paso, al estilo de los niños, quizás con inseguridad y con miedo, tentaleando y tambaleándose, pero arriesgarse a encontrarse con Jesús. Salir de nuestra oscuridad para dejarse iluminar por la luz. Es superar los miedos y dejarse cautivar y enamorar por una estrella, para lanzarse a la más loca aventura: vivir al estilo de Jesús, vivir plenamente el amor y la verdad. Herodes y Jerusalén se sienten perturbados, tienen miedo de que se vean trastocados sus planes, su situación de privilegio, en fin, toda su vida. Por eso se cierran a la alegre noticia que ofrecen los visitantes y, aunque ellos tienen las respuestas, optan por destruir la Buena Nueva.

El punto central de esta fiesta cristiana de los Santos Reyes o Epifanía, es la Manifestación del Señor. Cristo se presenta y se ofrece como un amor y una luz con capacidad para atraer a los lejanos; como una llamada amiga, audible, que convoca, moviliza y vincula más allá de las barreras levantadas por los hombres; como un don universal, no sujeto a las mezquindades y particularismos de un pueblo o una cultura, sino abierto a todas las personas, a todos los lugares y a todos los tiempos. Jesús es el gran paso de Dios que salva la trascendencia, la lejanía, el silencio, y llega a nosotros, después de un largo recorrido de amor, temblando, mendigo de amores. Jesús es la aventura del encuentro entre Dios y los hombres que supera las distancias, las diferencias y hace a todos los hombres hermanos. Y sin embargo ahí está, como una estrella, esperando ese encuentro en profundidad que logre movilizar al ser humano. Ahí está dispuesto a iluminar, guiar y transformar. Pero el hombre necesita abrir su caparazón de seguridad y dejarse iluminar. El riesgo es la transformación, el inicio de la aventura, el amor y el dolor. Pero ciertamente vale la pena una vida vivida así, al estilo de Jesús. Es mejor sufrir en el dolor del amor y en el seguimiento de una estrella que permanecer estéril en el sinsentido de una vida vacía.

Estos hombres venidos de Oriente, al postrarse ante el Niño Jesús, “le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra”. ¿Qué significan estos regalos? Se habla de que le ofrecen oro como a rey, incienso como a Dios y mirra como a hombre, pero a mí me parece más profundo el significado de estos regalos: son muestra de una entrega completa y personal de cada uno de ellos a quien han estado buscando con tantas peripecias. Sólo así tiene sentido el regalo. De otra forma se convierte en un intercambio mercantilista que busca disimular el vacío y evita el encuentro profundo entre personas. Parecería que el regalo lleva un gancho utilitarista que ata a las personas para nuestros propios deseos y esto no debe ser el verdadero sentido del regalo. Sólo es verdadero regalo cuando es un símbolo expresivo de la estima que tenemos de las personas, cuando expresa la vinculación gratuita que queremos mantener y afianzar con ellas, cuando es muestra de nuestra disposición de darles tiempo, apoyo, compañía y verdadero afecto; cuando demuestra nuestro agradecimiento por lo que ellas son y valen para nosotros y todo esto sin hacer cuentas, sin esperar retribuciones, ni dar lugar a segundas intenciones. Este es el verdadero regalo tanto para Dios como para con los que nos rodean. ¿Damos este sentido a nuestros “regalos” en estos días de Navidad, Año Nuevo y Reyes? ¿Con quién y por qué compartimos un regalo? ¿Qué le ofrecemos al Niño Dios?

Finalmente, sólo una palabra que cierra el relato: regresaron a su tierra por otro camino. Se regresan a su misma patria, pero con otro corazón, por otro camino. Quien encuentra la Verdadera Estrella siempre tendrá conversión y cambio. Las cosas parecerán igual, pero él ya es diferente. Quien encuentra a Jesús no puede seguir por “sus mismos caminos”. Continuará en sus mismos lugares, pero con un corazón y una mirada nueva, porque una Estrella ha iluminado su vida. ¿Qué significa para ti esta fiesta de la Epifanía o de los Reyes? ¿Cómo ha transformado tu vida?

Señor, Dios nuestro, que por medio de una estrella diste a conocer en este día, a todos los pueblos, el nacimiento de tu Hijo, concede a los que ya te conocemos por la fe, llegar a contemplar, cara a cara, la hermosura de tu inmensa gloria. Amén.