El Papa: María, un corazón “lleno de asombro”

Homilía del Santo Padre en las vísperas de la Solemnidad de María Santísima Madre de Dios

Papa Francisco en las vísperas del 31 dic 2021 © Vatican Media

El corazón de María “está lleno de asombro”. Así lo ha descrito  el Papa Francisco en la homilía que ha pronunciado esta tarde en la Basílica Vaticana, donde ha presidido las primeras Vísperas de la Solemnidad de María Santísima Madre de Dios, seguidas de la exposición del Santísimo, del himno tradicional Te Deum, al final del año civil, y de la Bendición Eucarística. 

“Ella es la primera testigo, la primera y la más grande, y al mismo tiempo la más humilde”. Y ha añadido: “Su corazón está lleno de asombro, pero sin un rastro de romanticismo, sensiblería o espiritualismo. No. La Madre nos devuelve a la realidad, a la verdad de la Navidad, que está contenida en esas tres palabras de San Pablo: ‘nacido de mujer’ (Gal 4,4).”

El asombro cristiano

La predicación del Santo Padre, al hilo de la Liturgia de estos días, ha invitado a despertar en nosotros el asombro por el misterio de la Encarnación. La fiesta de Navidad es quizá la que más despierta esta actitud interior: asombro, maravilla, contemplación… Como los pastores de Belén, que primero recibieron el luminoso anuncio angélico y luego se apresuraron a encontrar la señal que se les había indicado, el Niño envuelto en pañales en un pesebre. Con lágrimas en los ojos, se arrodillan ante el Salvador recién nacido. Pero no sólo ellos, María y José también se llenan de santo asombro ante lo que los pastores dicen haber oído del ángel sobre el Niño. La Navidad no puede celebrase sin asombro.”

Pero este estupor, como ha recordado, no se limita a una emoción superficial y mucho menos a un frenesí consumista, sino que nace del misterio de la Encarnación. “El asombro cristiano no procede de los efectos especiales, de los mundos fantásticos, sino del misterio de la realidad: ¡no hay nada más maravilloso y sorprendente que la realidad! (…) Una madre sostiene a su hijo en brazos y lo amamanta. El misterio brilla ahí.

vísperas solemnidad maría madre dios“Hermanos, hermanas”, ha proseguido, “el asombro de María, el asombro de la Iglesia está lleno de gratitud. La gratitud de la Madre que, contemplando a su Hijo, siente la cercanía de Dios, siente que Dios no ha abandonado a su pueblo, ha venido, está cerca, es Dios-con-nosotros. Los problemas no han desaparecido, las dificultades y las preocupaciones no faltan, pero no estamos solos: el Padre ‘envió a su Hijo’ (Gal 4,4) para redimirnos de la esclavitud del pecado y devolvernos la dignidad de hijos.”

Sentirnos hermanos unos de otros

No ha faltado una referencia a este tiempo de pandemia, que ha aumentado la sensación de desconcierto en todo el mundo”, pero al mismo tiempo nos ha dado un sentido de la responsabilidad solidaria.

Después el Papa ha dedicado unas palabras a la ciudad de Roma, sede del primado petrino, asegurando que es “una ciudad universal”: “viene de su historia, de su cultura; viene sobre todo del Evangelio de Cristo, que ha echado aquí profundas raíces, fecundadas por la sangre de los mártires, comenzando por Pedro y Pablo.” Y ha expresado su deseo para la ciudad en el nuevo año: que sea acogedora y fraternal con todos en las necesidades de la atención diaria, “que todos, los que viven aquí y los que se quedan por trabajo, peregrinación o turismo, todos, puedan apreciarla cada vez más por su cuidado en la acogida de los más frágiles y vulnerables, de la dignidad de la vida, de la casa común.”

La esperanza que no defrauda

vísperas solemnidad maría madre diosFrancisco ha concluido mirando de nuevo a Santa María: “hoy la Madre -la Madre María y la Madre Iglesia- nos muestra al Niño. Nos sonríe y dice: ‘Él es el Camino. Seguidle, tened confianza. Él no defrauda’. Sigámosle, en el camino cotidiano: él da plenitud al tiempo, da sentido a las acciones y a los días. Tengamos confianza, en los momentos felices y en los dolorosos: la esperanza que Él nos da es la que nunca defrauda.”

Publicamos a continuación la homilía completa que el Papa pronunció durante la celebración de las Vísperas.

***

Homilía del Santo Padre

En estos días la Liturgia nos invita a despertar en nosotros el asombro por el misterio de la Encarnación. La fiesta de Navidad es quizá la que más despierta esta actitud interior: asombro, maravilla, contemplación… Como los pastores de Belén, que primero recibieron el luminoso anuncio angélico y luego se apresuraron a encontrar la señal que se les había indicado, el Niño envuelto en pañales en un pesebre. Con lágrimas en los ojos, se arrodillan ante el Salvador recién nacido. Pero no sólo ellos, María y José también se llenan de santo asombro ante lo que los pastores dicen haber oído del ángel sobre el Niño.

Es cierto: la Navidad no puede celebrarse sin asombro. Pero un asombro que no se limita a una emoción superficial, ligada a la exterioridad de la fiesta, o peor aún a un frenesí consumista. No. Si la Navidad se reduce a esto, nada cambiará: mañana será igual que ayer, el próximo año será igual que el anterior, y así sucesivamente. Significaría calentarnos por unos instantes a un fuego de paja, y no exponernos con todo nuestro ser a la fuerza del Acontecimiento, no captar el centro del misterio del nacimiento de Cristo.

Y el centro es éste: “El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn 1,14). Lo oímos repetir varias veces en esta liturgia vespertina, que abre la solemnidad de María Santísima, Madre de Dios. Ella es la primera testigo, la primera y la más grande, y al mismo tiempo la más humilde. La más grande porque es la más humilde. Su corazón está lleno de asombro, pero sin un rastro de romanticismo, sensiblería o espiritualismo. No. La Madre nos devuelve a la realidad, a la verdad de la Navidad, que está contenida en esas tres palabras de San Pablo: “nacido de mujer” (Gal 4,4). El asombro cristiano no procede de los efectos especiales, de los mundos fantásticos, sino del misterio de la realidad: ¡no hay nada más maravilloso y sorprendente que la realidad! Una flor, un trozo de tierra, una historia de vida, un encuentro… El rostro arrugado de un anciano y la cara recién florecida de un niño. Una madre sostiene a su hijo en brazos y lo amamanta. El misterio brilla ahí.

Hermanos, hermanas, el asombro de María, el asombro de la Iglesia está lleno de gratitud. La gratitud de la Madre que, contemplando a su Hijo, siente la cercanía de Dios, siente que Dios no ha abandonado a su pueblo, ha venido, está cerca, es Dios-con-nosotros. Los problemas no han desaparecido, las dificultades y las preocupaciones no faltan, pero no estamos solos: el Padre “envió a su Hijo” (Gal 4,4) para redimirnos de la esclavitud del pecado y devolvernos la dignidad de hijos. Él, el Unigénito, se convirtió en el primogénito entre muchos hermanos, para conducirnos a todos, perdidos y dispersos, de vuelta a la casa del Padre.

Esta época de pandemia ha aumentado la sensación de desconcierto en todo el mundo. Tras una primera fase de reacción, en la que nos sentimos solidarios en el mismo barco, se ha extendido la tentación del “sálvese quien pueda”. Pero gracias a Dios hemos reaccionado de nuevo, con sentido de la responsabilidad. En efecto, podemos y debemos decir “gracias a Dios”, porque la elección de la responsabilidad solidaria no viene del mundo: viene de Dios; en efecto, viene de Jesucristo, que ha impreso de una vez por todas en nuestra historia el “rumbo” de su vocación original: ser todos hermanos y hermanas, hijos del único Padre.

Roma lleva esta vocación escrita en su corazón. En cierto sentido, todo el mundo se siente hermano, como en casa, porque esta ciudad contiene en sí misma una apertura universal, es una ciudad universal. Viene de su historia, de su cultura; viene sobre todo del Evangelio de Cristo, que ha echado aquí profundas raíces, fecundadas por la sangre de los mártires, comenzando por Pedro y Pablo.

Pero incluso en este caso, tengamos cuidado: una ciudad acogedora y fraternal no se reconoce por su “fachada”, por los buenos discursos, por los actos altisonantes. No. Se puede reconocer por la atención diaria, “entre semana”, a los que más lo están pasando mal, a las familias que sienten el peso de la crisis, a las personas con discapacidades graves y sus familias, a los que necesitan transporte público para ir a trabajar todos los días, a los que viven en los suburbios, a los que se han visto desbordados por algún fracaso en sus vidas y necesitan servicios sociales, etc. Es la ciudad que mira a cada uno de sus hijos, de sus habitantes, de sus huéspedes.

Roma es una ciudad maravillosa, que no deja de encantar; pero para quienes la habitan, es también una ciudad agotadora, desgraciadamente no siempre digna para sus ciudadanos y huéspedes, una ciudad que a veces desecha. La esperanza, pues, es que todos, los que viven aquí y los que se quedan por trabajo, peregrinación o turismo, todos, puedan apreciarla cada vez más por su cuidado en la acogida de los más frágiles y vulnerables, de la dignidad de la vida, de la casa común. Que todo el mundo se sorprenda al descubrir en esta ciudad una belleza que yo diría que es “consistente”, y que inspira gratitud. Este es mi deseo para este año.

Hermanas y hermanos, hoy la Madre -la Madre María y la Madre Iglesia- nos muestra al Niño. Nos sonríe y dice: “Él es el Camino. Seguidle, tened confianza. Él no defrauda”. Sigámosle, en el camino cotidiano: él da plenitud al tiempo, da sentido a las acciones y a los días. Tengamos confianza, en los momentos felices y en los dolorosos: la esperanza que Él nos da es la que nunca defrauda.

© Librería Editora Vaticana